9 REBECCA BEAUMONT
Llevo a Frannie al cine, a merendar y a comprar libros. Siento que finalmente puedo volver a respirar. La veo a mi lado, tomada de mi mano con una amplia sonrisa, y se me llena el pecho y el alma de una sensación desconocida. Si algo le pasara, yo no podría seguir viviendo.
La aprieto con más fuerza; de forma automática me aferro a ella.
Está bien. Estamos bien.
Un rato después, volviendo a casa, aprovecho para charlar sobre la importancia de no salir corriendo hacia la calle y de los peligros que implican ese tipo de comportamientos.
Quizás esta sea la decimonovena vez en el mes que tenemos una charla similar, pero nunca antes había hecho algo tan peligroso e imprudente.
Sí, yo podría haber sido más cuidadosa, pero necesito que ella sepa protegerse a sí misma. No tendré siempre mis ojos sobre ella. Ya tiene siete años y no es una bebé.
Al volver a casa y antes de ingresar, me encuentro mirando hacia la plaza. No está ahí.
¿Habrá podido llegar bien al refugio?
¿Dormirá allí esta noche?
¿Tendrá algo para comer?
¿Volverá a la plaza?
—Vamos, mami, quiero ir a leer el nuevo libro que me compraste.
Bajo la mirada y los enormes ojos verdes de Frannie me observan ansiosos.
¡Mierda! Me quedé parada en la entrada sin moverme.
—Sí, bebé, lo siento. Vamos.
—¿Buscabas a Jack?
¿Cómo es posible que los niños sean incluso más detallistas que los adultos? Nosotros pensamos que ellos no se dan cuenta, pero se enteran de todo.
—No, qué dices… Solo estaba observando lo lindo que está el atardecer —miento.
—Tranquila, mamá, Jack estará bien. Recuerda que tiene poderes.
A pesar de que la noche anterior no pude dormir, sigo sin poder pegar un ojo.
El sueño me está matando, pero por más ovejas que cuente, no logro quedarme dormida.
Maldito insomnio.
Me asomo discretamente por la ventana de mi habitación, que da directo a la plaza de enfrente. El corazón me da un vuelco al verlo. La culpa se vuelve a apoderar de mí y me atraviesa el cuerpo como electricidad.
¡Volvió!
En esa plaza no suele haber mendigos. Es más, no los hay; el único que a veces se escabulle para dormir allí, oculto entre las sombras, es él. Beacon Hill es una zona muy exclusiva de Boston, y ese tipo de gente no se suele juntar aquí.
Luego de pensarlo, me doy cuenta de lo horrible que suena referirme a ellos como «ese tipo de gente».
Jack aún tiene la valija, y lleva la misma ropa de Mason que se puso en mi casa. Está junto a un banco, acostado sobre el piso duro, sucio y frío. La noche está helada y él no tiene mucho más para abrigarse que una manta.
¿Cómo es posible que la impresión que uno tiene de alguien cambie tan drásticamente luego de compartir algunas palabras?
Antes de hoy, nunca me había puesto a pensar en todo lo malo que ha tenido que vivir para llegar a dormir en la calle.
Jamás me había preocupado por si tenía hambre o frío.
Es más; cuando llamé a la policía para que lo desalojaran, no se me cruzó por la mente que no tenía ningún lugar en el mundo al cual ir.
Solo estaba pendiente de que no quería cruzarme con un mendigo a metros de mi casa.
Aún no sé en detalle qué lo llevó a terminar así, pero me muero por saberlo. Podría tratar de averiguar su identidad, pero por algún motivo no quiere ir ni a la policía ni al hospital. Fue muy insistente con el tema de no llamar a una ambulancia.
Mañana tengo una reunión importante, y ya perdí la cuenta de cuántas horas hace que no duermo. La frustración gana terreno, porque mi cerebro no para de funcionar en bucle y parece bastante reacio a apagarse por un rato.
Jack no parece un hombre que creció en la calle. Lo noto por cómo habla y se comporta. Tiene una confianza en sí mismo que no coincide con su… situación. Algo no encaja.
¿Y yo qué voy a hacer? ¿Me quedaré de brazos cruzados mientras el hombre que le salvó la vida a mi hija y me defendió frente a Mason duerme a la intemperie por el resto de su vida? ¿Qué clase de persona soy?
Pero ¿qué otra opción tengo?
No puedo salvar a todos los mendigos de la ciudad.
Pero no todos los mendigos de la ciudad nos salvaron.
¡Por Dios! Me quedan pocas horas para dormir y no puedo pegar un ojo .
Tengo un cuarto de invitados. Puedo alojar a Jack algunas noches y hasta ayudarlo a encontrar trabajo. Quizás puedo convencerlo de ir a la policía. Tengo que poder hacer algo por él.
¿Y si es un mal hombre?
Pero no lo parece. Incluso dijo que compartiría la ropa que le regalé.
Si hubiese querido hacernos daño, lo habría hecho. Tuvo la oportunidad perfecta. Y después de todo lo que le dijo a Mason y cómo se comportó para protegerme de él, desde luego no parece un maltratador de mujeres y menores. Me sentí cómoda y segura.
Dormir en la calle no es higiénico, y Jack tiene la espalda destrozada por las heridas del accidente. Un accidente que fue mi culpa.
¿Y si se infectan y muere?
¿Podría vivir conmigo misma si ese hombre muere frente a mis narices?
No, definitivamente no podría vivir conmigo misma.
Me coloco una bata sobre el pijama, unas sandalias y salgo de mi casa sigilosamente, para no despertar a mi hija, que duerme como un bebé.
Abro la puerta de la entrada y la cierro a mis espaldas. Bajo los escalones hacia la plaza, pero me freno en seco.
Otra vez la misma sensación espantosa que he venido teniendo desde hace semanas. Como si alguien me estuviera observando. Giro la cabeza en todas las direcciones, pero no veo a nadie.
Avanzo con un nudo de nervios en el pecho, tratando de ignorar el escalofrío. Cruzo la plaza a oscuras. El frío se cuela por mi ropa y todos los vellos de todo mi cuerpo se erizan en respuesta. Miro sobre mis hombros varias veces más. No hay nadie. No hay ni un alma en la calle a esta hora.
Jack está dormido, recostado en el suelo sobre su espalda lastimada con apenas una cobija fina para abrigarse.
Aún no ha llegado el invierno, pero estamos en otoño y hace un frío de muerte.
—Jack, despierta —susurro despacio.
No se mueve.
—Jack, despierta —repito, y esta vez le toco sutilmente el hombro.
Abre los ojos de par en par, como si estuviera asustado, y me agarra el brazo demasiado fuerte, preparado para defenderse de un ataque. Pego un grito involuntario y me echo hacia atrás.
Me suelta abruptamente al reconocerme y sacude la cabeza como si tratara de espabilarse.
Me acaricio la muñeca. Me lastimó.
—Dios, lo siento —comenta afligido, al tiempo que se pone de pie—. ¿Qué haces aquí? —pregunta con el ceño fruncido. Se lo ve extrañado.
—Lamento asustarte, no era mi intención. —Sigo haciendo círculos sobre la muñeca. Dios, sí que es fuerte.
—Lo siento —dice nuevamente, y toma mi mano, esta vez con delicadeza.
Observa con preocupación la marca que comienza a aparecer en mi piel.
Su calor corporal contrasta con el frío nocturno y me recorre una sensación de electricidad—.
No fue mi intención. De verdad, no sabía que eras tú. No quería lastimarte.
—No te preocupes, no ha sido tu culpa.
—¿Qué haces aquí? —vuelve a preguntarme, y me suelta.
—No podía dormir —confieso. Él sigue con el ceño fruncido, tratando de entender qué rayos hago allí y cuál es la relación entre que yo no pudiera dormir y que apareciera de madrugada en la plaza.
—¿Y entonces? —insiste.
—No he podido dormir y he venido a ofrecerte un trato.
—Rebecca, no me debes nada por lo de tu hija. No sé qué me vas a ofrecer, pero no necesito tu lástima, te lo juro. Vuelve a tu casa.
—No es lástima, Jack. No puedo dormir tranquila, sabiendo que estás aquí y… No puedo. —Y es verdad. Físicamente, se me está haciendo imposible. Y lo intenté, pero ya no logro ignorarlo—. Escucha el trato que tengo para proponerte.
—No me debes nada, ya te lo dije. Estoy bien. Tranquila. Vuelve adentro, hace frío.
—No es una cuestión de si te debo algo o no. Es que ya no puedo ignorarte.
—¿Quieres que me vaya de la plaza y esta vez has venido tú en lugar de llamar a la policía? ¿Es eso?
—Oh, Dios, ¡no! No me refería a eso. Para nada.
—¿Entonces qué? —pregunta.
—Pensé en que quizás podrías… —En realidad, no pensé nada coherente, pero necesito dormir.
Y sigo siendo tan malditamente egoísta que no logro estar tranquila mientras él duerma en estas condiciones.
Es verdad lo que le dije: ya no puedo ignorarlo.
Un supuesto pacto está tomando forma en mi cabeza mientras hablo.
En una cabeza que hace muchas horas no descansa, lo que me genera más ansiedad y, por consiguiente, menos puedo dormir.
Solo puedo pensar en que necesito desesperadamente cerrar los ojos y no abrirlos por lo menos dentro de seis horas—.
Podrías venir a casa. Tengo la habitación de invitados, y no la estoy usando ahora.
—Las palabras se escapan de mí antes de que pueda detenerlas.
Jack me mira como si le estuviera hablando en mandarín—.
No digo para siempre, claro. Unos días. Te ayudaré a buscar trabajo y podrás reunir dinero para buscar tu propio lugar.
No le digo que mi plan maestro es convencerlo de ir a la policía y averiguar quién es. Estoy segura de que en un par de días todo estará solucionado, y Jack podrá volver con la familia que seguramente tiene.
Termino de hablar, pero él continúa con el ceño fruncido, como si no hubiese entendido una sola palabra de lo que le he dicho.
—¿No vas a decir nada?
—¿Dices que me estás ofreciendo...? —Se señala a sí mismo—. A mí, un mendigo al que no conoces de nada, y al que hasta hace muy poco tiempo le tenías mucho miedo… ¿Dices que vaya a vivir contigo y con tu hija pequeña? ¿A tu casa?
—Dicho así —replico—, suena un poco extraño, pero es solo hasta que consigas algo mejor. Algunos días.
—No voy a poder conseguir algo mejor —dice con total seguridad.
—Ya sé que uno cuando está en una mala racha siente que tiene todo perdido, pero estoy segura de que podrás conseguir un trabajo, y yo te ayudaré. Conozco a mucha gente. Gente con negocios, gente que puede...
—No es fácil para mí conseguir un trabajo. Y no, no es por el motivo que crees.
No tengo idea de qué quiere decir con eso, pero a esta altura ya poco me importa. Estoy temblando de frío, y solo puedo pensar en que necesito dormir .
—Hagamos algo, Jack, porque estoy a punto de morir de hipotermia y Frannie ha quedado sola en casa.
Acompáñame dentro y terminamos de definir los pormenores del acuerdo con un cafecito caliente, ¿qué dices?
Incluso es mejor que terminemos esta conversación mañana, porque tengo una reunión importante temprano.
Sus expresiones siguen siendo inescrutables. Serias. Los ángulos de su rostro son afilados, toscos. No puedo ni empezar a sospechar lo que pasa por su mente.
—Por favor, Rebecca, entra a tu casa y duerme. Es absurdo lo que estás diciendo.
Se da la vuelta con la intención de tomar sus cosas.
—No me hagas rogarte.
Gira su rostro hacia mí, y me observa fijamente.
—No quiero que me ruegues; quiero que vayas y duermas. No me debes nada. Mañana, cuando hayas dormido y estés cuerda, te vas a arrepentir de cada palabra que sale de tu boca.
No me importa mañana, porque si ese hombre no entra a mi casa, de igual forma no podré dormir, y parece que nunca más en mi vida estaré cuerda. Aunque suelo dudar bastante seguido de mi estabilidad emocional, y no precisamente por culpa de Jack.
—Por favor... —Hago un puchero. ¿¡Un maldito puchero!? Tengo treinta y dos años, ¿qué diablos pasa conmigo?—. Solo por hoy. Hace frío. Tengo una habitación libre. Mañana hablamos y lo resolvemos, ¿sí?
Me mira con desconcierto, pero noto en su mirada que comienza a dudar, a tambalear. Quizás es el primer signo que logro identificar en él que indica que es un humano y no un robot.
—¿Estás segura? —pregunta con los ojos entrecerrados, sin perder la expresión de desconcierto total y absoluto. —No tienes que hacer nada por mí, ya te lo he dicho.
No voy a continuar esta conversación. Agarro su mochila y la manta y comienzo a caminar hacia mi casa. Nunca en mi vida me hubiese imaginado que estaría en esta situación. Ni en mis más remotos sueños.
—Vamos —ordeno, y él finalmente me sigue sin decir nada más.
En la entrada, me tropiezo con algo. Abro la puerta, le indico que pase y dejo adentro algunas de las cosas que llevo en las manos.
Salgo nuevamente y bajo la mirada.
Hay una pequeña caja.
No estaba allí cuando salí, ¿o sí? Quizás estaba y no la vi. Me agacho para tomarla y vuelvo a mirar hacia la calle. Un escalofrío me recorre el cuerpo, y no precisamente por el frío. Vuelvo a sentir que alguien me observa, pero allí afuera no hay nadie.
Tomo la pequeña caja entre mis manos y la abro.
Me horrorizo. La sangre me abandona el cuerpo. El corazón me deja de latir. Los pulmones colapsan en un suspiro ahogado.
Una nota.
Escrita a computadora.
Ocho palabras que indican que mi peor pesadilla está a punto de volverse realidad.
Cada día más hermosa, Becky. Pronto estaremos juntos.
Temblando, ingreso a la casa como si hubiese visto a un fantasma.
Volvió .