Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 48
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CAPÍTULO 48

El Hombre Malo se detiene en la puerta. Retrocedo lentamente, poniendo tanta distancia como puedo entre nosotros, valiéndome de la mesa de preparación.

La habitación se está llenando de vapor, tal y como esperaba; el lavavajillas funciona a toda máquina, la bandeja vacía pasa por el chorro de agua hirviendo antes de llegar al final de la cinta, luego da la vuelta y vuelve a empezar.

Él mira el lavavajillas y luego a mí.

—¿Esperas escapar en una nube de humo?

Vuelve a sonreír. No puedo responderle y él lo sabe.

—¿Lo echas de menos? ¿Poder hablar? ¿Contarle cosas a la gente? ¿Incluyendo lo que le hice a tu estúpida madre hace tantos años?

No me muevo, solo lo observo mientras se adentra en la cocina.

He tenido años para estudiarlo, para verlo en acción.

Sé que es tan poderoso como parece. Sé que puede alcanzar a las chicas cuando huyen con un solo salto.

Sé que sonríe tanto cuando usa ese cuchillo que puede mancharse de sangre los dientes.

—Tu madre era una puta. ¿Te lo dijo alguna vez?

Tres pasos dentro de la habitación. Ahora está junto al borde de la mesa de preparación. Pronto, mi espalda estará presionada contra la enorme cocina. Intento pensar, pese a los latidos ensordecedores de mi corazón, si hay alguna forma de usar eso a mi favor.

—Servicio de limpieza, decía, y una mierda. Nunca podría haber ganado suficiente dinero para mantenerte limpiando sábanas. Bailando entre ellas, sin embargo... Lo hizo por ti. Para que su hija pudiera comer algo más que arroz y frijoles para cenar.

Decido que la cocina es una mala idea. Si da un paso adelante y me aplasta contra ella, utilizará los quemadores de gas contra mí.

Tengo que llegar al lavavajillas. Pero, para que yo me pueda desplazar hacia la izquierda, él debe moverse hacia la derecha. Tendré que acercarme a él antes de poder alejarme.

No hay mejor momento que el presente.

Levanto la fregona empapada. Es pesada y los brazos me tiemblan por el esfuerzo.

Él se ríe.

—¿Vas a defenderte de mí con una fregona ?

La blando en el aire delante de él. Escupe un chorro de lejía. Quizá mi madre me echa una mano, porque algunas gotas le dan justo en los ojos. Él grita, da un salto hacia atrás y yo me deslizo rápidamente hacia el vapor del lavavajillas mientras tengo la oportunidad.

—¡Pequeña zorra! No solo voy a matarte; me voy a tomar mi tiempo para hacerlo.

Las policías están muertas, ya lo sabes.

Ninguna estuvo a la altura. Tu madre, en cambio, era más interesante.

Esa cabrona empezó a interceptar a las chicas que iban a mi oficina y les decía que se marcharan.

A veces incluso les daba dinero para que cogieran otro autobús y se largaran.

Creía que podía salvarlas de su destino.

«No podía permitir que eso continuara. Me desafió. Causó estragos en mi inventario. En mi trabajo, la mercancía fresca es importante.

Se seca los ojos con la mano libre. Los tiene rojos e hinchados, pero no parece que le molesten. Un hombre que ha infligido tanto dolor..., quizá le guste sentirlo. Quizá, después de todo este tiempo, ya ni siquiera lo sienta.

La sala comienza a agitarse. Él no lo percibe, pero yo sí. Sus palabras, su voz, su presencia... los está enfadando. Les recuerda lo fácil que fue para él destruirlos.

La niebla se arremolina alrededor del lavavajillas, buscando un cuerpo al que aferrarse.

Siento una presencia plateada a mi lado.

Mi mamita. Está triste. ¿Porque él me ha dicho la verdad?

No era nada que yo no hubiera descubierto ya en los últimos años.

Este hombre, su forma de ganarse la vida, los días en los que teníamos carne en la mesa.

Ella es mi mamita. Yo soy su chiquita. No me importa el resto. El Hombre Malo es un demonio. Y los demás hemos sufrido por ello.

Como si escuchara, la habitación se vuelve pesada. La casa también tiene opiniones. Pero el Hombre Malo no lo entiende. Como muchos otros, ignora lo que no puede comprender.

—Dispararte fue una de las mejores cosas que he hecho nunca —se regodea ahora—.

Me dio la excusa perfecta para largarme de ese desierto abandonado y volver a casa de una vez por todas.

Necesitaba que el médico te curara. Las chicas jóvenes dan mucho dinero, ya sabes.

Por desgracia, la bala te causó demasiado daño en la cara y bajó tu valor.

Sin embargo, una vez que se confirmó que eras muda, convencí a Martha para que te acogiera.

¿Qué podría ser mejor que una sirvienta que no puede contestarte?

Trasladé mi operación a las montañas y el negocio explotó, sobre todo después de encontrar a otros proveedores «especializados» que estaban encantados de ayudarme.

Llevamos más de una década viviendo como reyes.

Si ese maldito excursionista no se hubiera salido del camino...

Inclino la cabeza y escucho aunque no quiero hacerlo. No conozco esta historia, la historia completa. Solo conozco los fragmentos que las demás chicas y yo hemos vivido. Mi curiosidad le permite acortar la distancia que nos separa sin que me dé cuenta.

Su fugaz sonrisa en mitad del vapor es la única advertencia que recibo.

Se abalanza sobre mí. Instintivamente, levanto la fregona. No veo dónde lo golpeo, pero es suficiente para provocar un grito de sorpresa; luego, vuelve a ponerse en movimiento.

Lanzo otro golpe al aire con la fregona.

La hago girar para rociar más lejía. Apunto a su ingle, a sus rodillas, a cualquier punto débil, mientras el vapor del lavavajillas se espesa y la casa gime de angustia, y siento que el espíritu de mi madre me envuelve de repente, como si me abrazara con fuerza.

Él agarra el mango de madera. Intento recuperarlo. Él tira de la fregona. No tengo más remedio que soltar mi única arma, de lo contrario me atraería hacia él.

Atraviesa el vapor y adopta una expresión triunfal. Levanta el cuchillo ensangrentado, moviéndolo casi con pereza. Un clic suena en algún lugar, a un lado. Me suena familiar, pero no consigo identificarlo.

¡Zas!

Algo lo golpea por detrás. No puedo ver qué es entre tanto vapor. Pero él salta hacia la izquierda y gira con rapidez hacia atrás.

¡Zas!

El mango de la fregona lo golpea en el hombro, movido por unas manos que no son las mías.

—¿Qué cojones? —gruñe—. ¿Qué estás haciendo?

No puedo responder, claro. No puedo decirle que su ira y su maldad lo han atrapado aquí.

Murieron odiándolo. Murieron gritando y suplicando clemencia.

Hasta que sus almas quedaron condenadas a atormentarlo.

O tal vez sea su presencia la que las atormenta a ellas.

Nunca he estado segura. Pero él ha hecho daño, ha matado y ha creado odio.

Y ahora se ha reunido con ellas, con todas sus víctimas, que llevan mucho tiempo esperando este momento.

Al otro lado de la estancia, la cocina de gas se enciende. Los seis quemadores arden con furia. Una sombra diminuta se mueve con rapidez a través de la niebla, sorprendentemente cerca.

El Hombre Malo salta hacia atrás, alejándose de la cocina y acercándose al lavavajillas.

Entiendo lo que debo hacer a continuación.

Siento poder. Siento paz. Ya no soy un infierno ardiente de rabia y venganza.

Soy una hija, una hermana, una amiga.

Soy una chica que no quiere que nadie más sufra.

Los armarios tiemblan. Las ollas traquetean. Un vaso se cae de repente desde una estantería y estalla contra el suelo. La niebla parece cobrar vida. Sombras, formas negras, agazapadas por aquí, por allá, por todas partes.

El Hombre Malo retrocede de nuevo, adentrándose más en la niebla hirviente. Se ha olvidado de su cuchillo. No sabe cómo luchar contra lo que no puede ver. Pero ahora siente la amenaza. Puedo verlo en la creciente mueca de rabia y horror de su rostro.

Pensaba que podía destruirnos. Pensaba que podía acabar con nuestras vidas, pensaba que su crueldad y su indiferencia no tendrían consecuencias. Pensaba que podía salirse con la suya, porque ¿quién iba a detener a un hombre tan malvado como él?

Se equivocó.

Mi madre me acaricia la mejilla. Me tranquiliza. Me anima.

La sombra vuelve a pasar. Un grito ahogado cuando algo azota las piernas del Hombre Malo. Él grita frustrado.

Entonces todo se vuelve muy sencillo.

Me acerco al Hombre Malo y recojo la fregona, que está tirada a sus pies.

La parte posterior de sus piernas está pegada contra la cinta transportadora en movimiento mientras apuñala la niebla con su cuchillo, lanzando cuchilladas contra el espeso vapor.

—Ahora —oigo la voz tan clara como el agua.

Y sigo su orden: levanto la pesada fregona hasta que el cabezal queda a la altura de su pecho.

En el último momento, el Hombre Malo gira la hoja hacia mí.

Entonces la puerta de la cocina se abre de golpe y la agente del FBI entra corriendo, seguida por D. D., cubierta de sangre.

—¡Bonita, agáchate!

Entiendo que quieren abrir fuego contra él, pero yo estoy en medio. Debería apartarme y dejarles hacer su trabajo. Pero esto no tiene que ver con ellas. Tiene que ver conmigo, con mis hermanas y con mi madre.

Porque yo puedo sentirlas, aunque nadie más lo haga. Puedo verlas, aunque nadie más quiera hacerlo. Y las conozco, a mis hermanas en el dolor.

Juntas, empujamos la fregona contra el pecho del Hombre Malo. Juntas, lo hacemos retroceder con una fuerza sobrehumana hasta que cae sobre la cinta transportadora y el ciclo de desinfección vuelve a ponerse en marcha.

—¡No, no, no! —intenta gritar.

Pero nosotras sujetamos la fregona con firmeza. Lo inmovilizamos contra el escurridor de platos mientras otras le levantan los pies, empujándolo hacia dentro. Su cara desaparece bajo el chorro de agua hirviendo. Lo escuchamos gritar y gritar. No lo soltamos.

Sigo empujando hasta que llega a tal profundidad que la fregona ya no puede alcanzarlo bajo el chorro abrasador.

Entonces la dejo caer al suelo.

Las chicas suspiran, agradecidas.

La casa vuelve a quedarse en silencio.

Kimberly da un paso adelante. Apaga la máquina y me mira con preocupación mientras el vapor se disipa.

D. D. me pregunta:

—¿Estás bien? Bonita, ¡asiente, haz algo!

—¡Bien hecho! —dice Flora desde la entrada lateral.

El clic que he oído antes ha sido el sonido de la puerta al abrirse. ¿Y la sombra en la niebla? No era Flora, pues apenas parece capaz de mantenerse en pie. Por otro lado, Keith está cubierto de sudor y se muestra satisfecho consigo mismo.

—¿Cómo demonios habéis llegado aquí antes que nosotras? —quiere saber Kimberly.

—Tomamos un atajo. ¿Quién lo hubiera imaginado?

—Lo siento —me dice Keith—. No sé usar cuchillos ni pistolas. Pero sabía que la agente especial Quincy y el sheriff estaban de camino. He pensado que si podía distraer al monstruo, ganar algo de tiempo... Pero entonces tú te has encargado de todo. Y de forma brillante, debo añadir.

No le niego su momento de gloria. Keith puede llevarse el mérito, pero yo sé que no ha sido el único que ha distraído al Hombre Malo.

Del mismo modo que sé que no he sido la única que lo ha empujado hacia el agua hirviendo.

Hay más personas aquí que necesitaban vengarse.

Y todas estamos felices de haberlo conseguido al fin.

D. D. se acerca. Yo sigo sin moverme. Utiliza la mano izquierda para apartarme el pelo y mirarme a la cara.

Finalmente la miro a los ojos y esbozo una sonrisa tímida. D. D. tiene un aspecto terrible, con sangre en la cara, el hombro y las manos. Luego está Flora, que apenas puede mantenerse en pie y parece que tiene el cráneo fracturado. Pero son mujeres fuertes. Ambas están satisfechas.

—Lo has hecho muy bien, Bonita. Lo has hecho muy bien —me dice D. D.

—Con la ayuda de mi chico —dice Flora con orgullo, señalando a Keith, que se sonroja.

Vuelvo a sonreír. Dejo que piensen lo que quieran pensar.

A mi alrededor, siento la suave caricia del espíritu de mi madre envolviéndome en un último abrazo.

Su sombra plateada se condensa en la esquina superior izquierda de la cocina, acompañada ahora de púrpura, luego verde, luego naranja.

Montones de colores. Montones de almas perdidas que por fin pueden avanzar.

Me esperarán y me cuidarán. Y yo siempre las esperaré y las cuidaré a ellas.

Un último beso en mi mejilla. Lo siento como el roce de las alas de una mariposa. Mamita y chiquita. Juntas de nuevo.

Entonces, el brazo de D. D. me rodea los hombros, en un gesto que es mitad abrazo, mitad necesidad de sostenerse. Lo recibo con gusto mientras escucho las quejas y las risas de mi nueva familia, relajándome tras lo sucedido.

Cierro los ojos.

Le envío mi amor a mi madre. Le prometo que viviré, que amaré, que encontraré la manera de ser feliz.

Luego, dejo que se vaya.