Cuando la sanación llega a través de la conexión (La casa segura nº 2) NATE – Capítulo 12
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NATE – Capítulo 12

—Buenas tardes, Dr. Harrison —saludo a mi terapeuta, aunque hoy hablamos por videollamada por primera vez.

—Buenas tardes, Nate. ¿Cómo estás hoy? —pregunta con su voz tranquila y serena.

Sonrío levemente, aunque mis emociones son un torbellino.

—Muy bien... y completamente confundido a la vez. Besé a David. Sin más. Pasó antes de que pudiera siquiera pensarlo, y fue maravilloso. No, no solo maravilloso... fue precioso. Confuso, intenso, tierno. Apenas sé cómo describirlo.

El Dr. Harrison sonríe con complicidad.

—Parece algo muy especial. Un beso siempre está bien cuando ambas personas lo desean. ¿Y qué sentiste, física y emocionalmente?

Respiro hondo.

—Muchísimo. Sentía un hormigueo por todo el cuerpo. Me sentí seguro, aceptado, deseado. Y... después pasaron más cosas, pero no sé si está bien contártelo.

Se le escapa una risita cálida.

—Nate, puedes contarme lo que sea. No estoy aquí para juzgarte. Puede que te haga preguntas si necesito aclarar algo, pero nunca juzgo, y nunca lo haré.

Sus palabras me dan ánimos y reúno valor.

—David admitió que estaba... bueno... constantemente excitado y que no había tenido muchas oportunidades de desahogarse. Pasamos casi todo nuestro tiempo libre juntos, incluso fuera del trabajo.

La expresión del Dr. Harrison se vuelve más atenta.

—¿Te presionó de alguna manera?

Niego de inmediato con la cabeza.

—No. En absoluto. De hecho, le costó decírmelo. Prácticamente tuve que sacárselo. Pero me alegro de que fuera honesto conmigo. Y lo toqué porque quise. No porque sintiera que tenía que hacerlo.

—¿Y cómo fue eso para ti? —pregunta con suavidad.

—Emocionante. Fascinante. Y... sanador, en cierto modo. Por desgracia, mi primera exploración no duró mucho porque David acabó bastante rápido. Dijo que era porque llevaba mucho tiempo acumulando esa tensión.

El Dr. Harrison sonríe comprensivo.

—¿Y cómo te hizo sentir eso?

No puedo evitar sonreír yo también.

—Nervioso. Pero curioso. Curioso por todo. Quería sentir, ver, oler, oír, saborear... todo a la vez. Y David me dio espacio para descubrir las cosas a mi ritmo. Era algo nuevo para mí, pero hermoso. Y luego... yo también me excité. Y él me tocó. Y no me aparté. No me quedé paralizado. Dejé que pasara, y me sentí bien.

El Dr. Harrison se toma un momento para asimilar mis palabras antes de responder.

—Me alegro mucho por ti, Nate. Es maravilloso oír lo cuidadoso, cariñoso y respetuoso que es David contigo, y la comunicación tan abierta que tenéis. ¿Tuviste algún flashback durante todo esto?

Lo pienso un momento.

—Durante, no. Pero esa noche tuve una pesadilla terrible. Soñé con las manos de mis padres de acogida. Su olor. Fue horrible. Empecé a revolverme en sueños y acabé dándole un golpe a David en plena cara. Me asusté muchísimo.

—¿Cómo reaccionó David? —pregunta el Dr. Harrison con suavidad.

—Mantuvo la calma. Me abrazó y me ayudó a tranquilizarme. Al día siguiente, dijo que apenas lo había notado, aunque todavía se le veía la marca. Alguien en el trabajo se dio cuenta, y antes de que pudiera contenerme, solté que había tenido una pesadilla y que le había dado un golpe mientras dormía.

El Dr. Harrison asiente despacio.

—Eso fue valiente. Y demuestra cuánto has llegado a confiar en David. Sueños así son angustiantes, pero también son señal de que algo se está removiendo en tu interior, de que algo se está procesando. Y no lo estás afrontando solo, Nate. Estás avanzando mucho.

El Dr. Harrison toma aire.

—¿Y cómo reaccionaron tus compañeros de trabajo?

Me río.

—Bastante bien, la verdad. Hasta tenían una porra sobre cuánto tardaríamos David y yo en liarnos.

Se le dibuja una sonrisa en el rostro.

—¿Así que quizás no fuisteis tan discretos como pensabais?

—Al parecer, no —admito entre risas.

—¿Hay algo que te preocupe ahora mismo, Nate?

Mi expresión se vuelve más seria.

—No en lo que respecta a mi relación con David. Siento que siempre encontramos una solución juntos. Pero... me da miedo hacerle daño otra vez sin querer si tengo otra pesadilla.

—Por desgracia, las pesadillas no se pueden evitar del todo —responde con suavidad—. Pero hay formas de reducir su intensidad. Lo más importante es gestionar el estrés y buscar la calma antes de acostarte. Leer un rato, darte un baño caliente o hacer algo de yoga suave puede ayudar. Una conversación tranquila con David antes de dormir también puede venirte bien. También podrías probar a escribir tus pensamientos y miedos. A veces basta con plasmarlos en papel para calmar la mente.

Hace una breve pausa.

—No puedo prometerte que las pesadillas vayan a desaparecer. Pero esas estrategias suelen reducir tanto su frecuencia como su intensidad.

Asiento pensativo.

—Gracias. Creo que voy a probar lo del diario. Ya hablo con David todas las noches; se ha convertido en parte de mi rutina.

—Bien. Entonces quedamos en hablar en dos semanas y vemos cómo te ha ido. ¿Te parece?

Me tomo un momento antes de responder.

—Sí, la verdad es que suena muy bien. Tengo curiosidad por ver qué más me depara este viaje con David. Gracias por todo tu apoyo.

Nos despedimos, y en cuanto cuelgo, me descubro deseando que David llegue ya.

Un rato después, oigo su voz resonar por el piso.

—¡Hola, Nate, ya estoy en casa! ¿Qué tal la sesión con el Dr. Harrison?

Sonrío.

—Primero, quiero un beso —digo, y antes de que termine de decirlo, ya siento sus labios contra los míos.

—¿Y ahora? —pregunta con una sonrisa—. ¿Cómo fue realmente?

Le guiño un ojo.

—Lo que quieres es saber qué piensa el Dr. Harrison de que no pares de besarme y tocarme, ¿verdad?

David se ríe.

—Sí, y si está tan orgulloso de ti como yo.

Niego con la cabeza, aunque no puedo dejar de sonreír.

—Orgulloso probablemente no sea la palabra adecuada. Pero dijo que era bueno que hubiera tenido el valor de darnos una oportunidad. Y me dio algunas ideas para las noches, cosas que puedo hacer para mantener las pesadillas a raya.

David se queda callado un momento antes de preguntar en voz baja:

—Esa es tu mayor preocupación, ¿verdad?

—Sí —admito—. Pero quiero hacer algo al respecto. Voy a intentar escribir lo que pienso y hacer algo que me relaje antes de acostarme. A lo mejor ayuda.

De pronto, sonrío.

—Pero ahora mismo tengo otro problema: me muero de hambre.

David se ríe.

—Menos mal que he traído comida del tailandés. ¿No la hueles?

Respiro hondo.

—Vaya, sí. Ahora que lo dices.

Me río avergonzado.

—Pues comamos antes de que me dé algo.

Después de cenar, me acuerdo de la llamada de Brian de esa mañana.

—David, ha llamado Brian. Joey se queda en casa de un amigo en San Valentín, y Edi les ha organizado una noche romántica con hotel incluido. Brian dice que podemos quedarnos en su casa y usar el spa. ¿Qué te parece? —pregunto emocionado.

—Vaya, eso suena genial... oh... espera. No. En realidad, es un desastre —dice David, haciendo una mueca.

—¿Qué pasa?

—El cumpleaños de mi tía Nancy cae en San Valentín. Y este año me toca a mí llevarla a cenar. Todos los demás de la familia están casados o tienen pareja, y mis padres se han encargado los últimos tres años. Mi Papá se ha negado en redondo esta vez. Por lo visto, ahora me toca a mí. Lo siento.

—Ah, claro. Me acuerdo. Tus padres lo mencionaron en Navidad. ¿Y no me invitó tu madre a ir? —ladeo la cabeza—. ¿Quieres que te acompañe?

David me mira fijamente.

—No tienes ni idea de dónde te estarías metiendo. Nancy es... bueno... escandalosa. Y ordinaria. Vergonzosamente ordinaria. Pero también es cariñosa, divertida y buena persona de verdad. Solo que... te hace pasar una vergüenza tremenda.

Me echo a reír.

—¿Y en serio quieres enfrentarte a eso tú solo?

—Querer no es la palabra. No me queda otra. Si me echo atrás, a mi Papá le da algo. Mi tío, el hermano de mi padre, lleva cuatro años negándose a llevar a Nancy a cenar. Por lo visto, en una cena de cumpleaños, entre el plato principal y el postre, anunció que tenía muchas ganas de probar el sexo anal.

Se frota la cara con la mano.

—Y Nancy no es precisamente discreta. Tiene tendencia a hablar a voces.

Ahora me río tan fuerte que me duele el estómago.

—Pues voy seguro. No me lo pierdo por nada del mundo.

David suelta un suspiro de alivio.

—Vale. Pero luego no te quejes. Quedas avisado.

* * *

Casi dos semanas después, David tiene que sujetarme mientras salimos del restaurante con Nancy.

Apenas puedo caminar.

Me duelen los costados de tanto reír, y las lágrimas me corren por la cara mientras se me escapa otra carcajada. A mi lado, Nancy se ríe igual de fuerte.

—¡Eres genial, Nate, cielo! —grita, echándome un brazo por los hombros.

Sonrío.

—¿Has visto cómo te miraba el camarero? Te juro que estaba a punto de llamar al psiquiátrico.

Nancy se ríe tan fuerte que casi se parte en dos.

—Vale, vale. Puede que demostrar cómo poner un condón en un plátano no fuera mi mejor idea. Y menos en un restaurante tan elegante. —Mueve las cejas—. Pero admítelo: bordé la demostración.

David resopla.

—Sí. Tu técnica con el condón fue impecable. Y ahora los dos a casa, que está claro que hay que meteros en la cama.

Nancy y yo nos echamos a reír otra vez sin poder parar.

Todavía riéndonos, nos subimos al coche obedientemente.

—El año que viene vuelvo a celebrarlo con vosotros —anuncia Nancy con firmeza—. El resto de la familia no es ni la mitad de divertido.

—Cuenta conmigo —prometo sin dudarlo.

David me lanza una larga mirada de incredulidad.

Me limito a sonreír.

Me cae bien Nancy.

Tiene algo refrescante su manera de decir exactamente lo que piensa, sin filtros ni disculpas. Quizá debería aprender un poco de ella.

Al llegar a casa, nos desplomamos en la cama, agotados pero todavía de muy buen humor.

—Ha sido una velada muy educativa. Gracias por dejarme venir —murmuro satisfecho contra el pecho de David.

—Oh, educativa es sin duda una forma de llamarlo —dice con sequedad—. Pero el año que viene no habrá ni una sola gota de alcohol ni para ti ni para Nancy. Solo para mí. No pienso pasar por ese caos dos veces.

Le dejo que se lo crea.

Nancy y yo ya nos encargaremos de los detalles el año que viene.

Con una sonrisa dibujándose en mi cara, me quedo dormido: despreocupado, feliz y con la reconfortante certeza de que estoy exactamente donde tengo que estar.