Cuando la sanación llega a través de la conexión (La casa segura nº 2) NATE – Capítulo 4 #2
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NATE – Capítulo 4 #2

Pero, por supuesto, ya hay un cojín esperando en la silla más cercana a ella.

Y mi bebida favorita está justo al lado.

Cola con limón.

Y una pajita.

No puedo dejar de sonreír.

—He horneado pan de pita —anuncia Luigi con orgullo mientras lo coloca en el centro de la mesa.

—Y Santiago casi se comió la mitad antes de que estuviera listo.

—Solo fue un trocito —protesta Santiago.

Luego me guiña un ojo.

—Y esto —dice Maddox con ceremonia exagerada— es para darte oficialmente la bienvenida a las filas de la gente de éxito.

Me entrega una pequeña tarjeta.

Pone:

NATE – LEYENDA EXTRAORDINARIA DE LA OFICINA

Por primera vez, me río a carcajadas sin preguntarme si hago demasiado ruido.

O demasiado bajo.

O demasiado.

Sin más, sienta bien.

—¡Margot le ha dado galletas a Brian! —grita Marie de repente desde la cocina.

—Y las escondí para que Santiago no...

—¡DEMASIADO TARDE!

El grito llega desde el pasillo.

Todos se giran.

Santiago aparece con una lata de galletas en la mano.

Ya tiene la boca llena de chocolate.

—Estaban abiertas —dice con la boca llena.

—Supuse que era una invitación.

La habitación estalla en carcajadas.

Comemos.

Hablamos.

Contamos historias.

Y más tarde, cuando estoy acurrucado en el sofá entre Marie y Edi, algo abrumado por todo el amor que me rodea, Marie se acerca y me susurra al oído.

—Sabía que brillarías si alguien por fin te daba la oportunidad.

Creo que quizá tenga razón.

Porque sí que brillo un poco.

Desde dentro hacia fuera.

Y todo es gracias a mi familia elegida.

***

Nate:

Hola, David:

Gracias de nuevo por tu paciencia y por darme esta oportunidad. Estoy muy ilusionado con mi nuevo puesto.

Ayer llegamos a la oficina sobre las 7:45. ¿Sueles llegar a esa hora o prefieres que mañana llegue antes o después?

Gracias por todo. Que pases buena noche.

Un saludo,

Nate

David:

Hola, Nate:

El horario de presencia obligatoria es de 9:00 a 12:00 y de 13:30 a 16:30. El resto es flexible y depende de ti.

Mañana recogerás tu tarjeta de acceso en recepción.

Me alegro mucho de que hayas aceptado el puesto.

Descansa y nos vemos mañana.

David

El corazón me late con fuerza.

Estoy tan emocionado que apenas puedo estarme quieto.

Agotado pero feliz, me quedo dormido casi de inmediato.

* * *

A la mañana siguiente, estoy a punto de salir de casa para coger el autobús al centro cuando me encuentro a Santiago plantado frente a mi puerta.

—Hola, cariño —dice con una amplia sonrisa—. Llevo diez minutos esperándote. Solo quería desearte buena suerte una vez más. Y si las cosas no van bien al principio, sigue adelante hasta que vayan bien. Todos te queremos.

Sus palabras me llegan al alma más de lo que puedo admitir.

Logro esbozar una sonrisa tímida.

Me aprieta el hombro con suavidad.

Luego se dirige hacia la calle.

Un coche se detiene junto a él.

Frunzo el ceño.

¿Quién es?

No reconozco al conductor.

Santiago me lanza una mirada cómplice antes de subir.

Por lo visto, tiene algo interesante que contarnos.

Pero ahora no hay tiempo para eso.

Tengo que ponerme en marcha.

Poco después, entro en el edificio y me encuentro cara a cara con la recepcionista.

Aflojo el paso de inmediato.

El corazón empieza a martillearme.

—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarte? —pregunta amablemente.

—Me llamo Nate —logro decir.

Antes de que pueda decir nada más, sonríe.

—Hola, Nate. Soy Claire. Aquí tienes tu tarjeta.

Me entrega la tarjeta de plástico con una sonrisa radiante que casi es demasiado para mis nervios.

—Aquí todos nos llamamos por el nombre de pila, excepto al Gran Jefe, Hunter West. Es... especial. Ridículamente guapo, pero totalmente inaccesible. Ni siquiera su asistente, Cole, puede llamarlo por su nombre. ¿Te lo imaginas?

La miro fijamente, algo abrumado.

Claire hace una mueca enseguida.

—Oh, no. Lo siento, Nate. David me dijo que solo tenía que entregarte la documentación sin hablar. Si necesito algo de ti, tengo que llamarte.

Me dedica una sonrisa de disculpa.

—Ha sido culpa mía. A partir de ahora seguiré el plan. Que tengas un primer día estupendo. Lo vas a hacer genial.

—Gracias —susurro.

Primer obstáculo superado.

Dentro del ascensor, respiro hondo.

A medida que los números suben, me vuelven los nervios.

Pronto llegaré a la planta diecisiete.

Mi siguiente desafío.

Tendré que atravesar solo toda la oficina diáfana.

Pasando junto a docenas de rostros desconocidos.

Se me encoge el estómago.

Puedo hacerlo.

De verdad que puedo.

Pero cuando las puertas del ascensor se abren, David ya está allí esperándome.

Se le dibuja una sonrisa en el rostro.

Alentadora.

Firme.

Y, no sé cómo, verlo allí hace que todo resulte más fácil.

Sin decir palabra, caminamos juntos por la oficina hacia mi escritorio.

Cuando me siento, señala el teléfono con la cabeza.

Luego desaparece en su despacho, dejando la puerta abierta.

Solo unos segundos después, suena mi teléfono.

Miro hacia el despacho de David.

Luego contesto.

—Buenos días, soy Nate.

—Bienvenido, Nate —comienza David. Su voz es tranquila y amable—. Informática te ha configurado tus propias credenciales de acceso. También han transferido todos los archivos y carpetas de Nicole a tu unidad. Y una cosa más: a todos en el departamento de ventas, a los dieciocho, les han comunicado que prefieres las llamadas telefónicas y la comunicación escrita a las conversaciones cara a cara. Lo respetarán.

Estoy conmovido.

Tan conmovido que tardo varios segundos en encontrar las palabras.

—Gracias, David. Eso... significa mucho para mí. No creo que nadie haya sido tan considerado conmigo antes. Espero poder ganarme esa confianza y no decepcionarte.

—No tienes que preocuparte por eso —dice con suavidad—. Estoy seguro de que lo harás genial. Tengo una conferencia telefónica a las ocho y media y como con un cliente. Probablemente no volveré hasta sobre las dos y media. Tu contrato de trabajo está en el segundo cajón del escritorio. Léelo y lo repasamos todo cuando vuelva. ¿Te parece bien?

—Sí. Gracias.

Mi voz todavía suena un poco tensa.

Los nervios no se me han pasado del todo.

—Me alegro mucho de que estés aquí.

Solo dudo un momento antes de responder.

Luego las palabras se me escapan antes de que pueda detenerlas.

—Yo también me alegro. Cuando te vi por primera vez, nunca habría imaginado que fueras tan... atento.

Oh, no.

¿De verdad acabo de decir eso en voz alta?

David suelta una carcajada.

—¿Sabes lo que me dijo Edi cuando apenas nos conocíamos?

Niego con la cabeza.

—No.

—Me dijo: «David, eres un enorme corazón blando envuelto en un cuerpo enorme».

Su risa se suaviza hasta convertirse en una sonrisa.