Cuando la marea diga tu nombre Capítulo 29. La casa que queda
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Capítulo 29. La casa que queda

La noticia de la suspensión no unió a Moural.

Durante el lunes, el pueblo se dividió en conversaciones pequeñas: en la cola de la panadería, en el muelle, detrás de las persianas del bar de la marina.

Algunas personas hablaban de Lucía con una delicadeza nueva.

Otras hablaban de contratos perdidos, de la temporada de temporales y de todo lo que una obra detenida podía arrastrar consigo.

Clara escuchó versiones de ambas cosas sin saber dónde colocar las manos.

Al caer la tarde, Andrés convocó una reunión abierta en la sala de la cofradía. No era un juicio ni una presentación para la prensa. Era, según él, una forma de explicar qué se sabía y qué no antes de que los rumores decidieran hacerlo por cuenta propia.

Clara no quería ir. Había pasado la mañana frente al mural, restaurando una esquina que no necesitaba tanta atención.

Cada vez que el pincel se detenía, veía la carta de Lucía en su cabeza: la letra apretada, la frase sobre no crecer creyendo que se había ido porque quiso.

Le parecía imposible salir de la casa y explicar algo que todavía no podía abarcar sin romperse.

Vera llegó después de comer con una bolsa de naranjas y una expresión que Clara ya sabía leer.

—No tienes que hablar si no quieres —dijo—. Andrés ha dicho que él puede explicar la parte administrativa.

—¿Y tú?

—Yo puedo quedarme a tu lado. O no ir. Lo que necesites.

Clara dejó el pincel en la mesa.

—Necesito ir porque la gente tiene derecho a escucharme decir que no sé algunas cosas.

Vera se acercó, pero no tocó su mano hasta que Clara la extendió.

—Entonces iremos.

La sala de la cofradía estaba más llena de lo que Clara esperaba.

Nando ocupaba una silla junto a la puerta.

Irene preparaba una grabadora para la asociación, no para publicar titulares.

Mateo había colocado copias del informe en una mesa lateral.

Mauro Fabeiro estaba al fondo, con los brazos cruzados.

Sergio no había ido; su abogado asistía en su lugar, con el mismo gesto de quien no pertenece a una habitación pero debe recordarles a todos que está allí.

Tomás estaba sentado en la primera fila.

Vera lo vio antes de entrar. No se detuvo. Tampoco aceleró el paso. Clara apretó su mano una vez, y Vera agradeció el gesto sin convertirlo en una conversación.

Andrés explicó primero la suspensión de la obra.

Dijo que era provisional, que no constituía una sentencia y que los informes ambientales y patrimoniales continuarían.

Señaló que la documentación hallada en el conducto había reabierto preguntas sobre la desaparición de Lucía y sobre los vertidos de la antigua empresa Varela, pero dejó claro que la investigación correspondía a las autoridades.

—No podemos llenar los huecos con lo que deseamos que haya ocurrido —dijo—. Eso sería repetir la forma en que este pueblo ha vivido durante años: eligiendo una versión cómoda cuando la verdad era incómoda.

Nadie aplaudió. Clara agradeció que no lo hicieran.

Mauro levantó la mano.

—Mi hijo sigue sin saber si tendrá trabajo —dijo—. No culpo a Clara por eso. Pero tampoco quiero que aquí se hable de la obra como si fuera una maldad sin personas detrás.

El abogado de Varela Costa asintió con rapidez, casi agradecido.

—La empresa comparte esa preocupación —dijo—. Ha solicitado revisar la suspensión y colaborará con los requerimientos oficiales.

—¿Colaborará de verdad? —preguntó alguien desde el fondo.

—Dentro de la ley, sí.

La respuesta no convenció a nadie del todo. Tampoco era una mentira demostrable. Clara miró a Mauro.

—Tienes razón —dijo—. La obra no es una sola cosa. Yo tampoco quiero que quienes necesitaban ese trabajo paguen por decisiones que no tomaron. Pero si mi madre investigaba vertidos y si el desagüe sigue ahí, no puedo pedir que todos miremos hacia otro lado para que las cosas sean más sencillas.

Su voz tembló al final. No se disculpó por ello.

—No sé qué pasará con la obra. No sé si vamos a encontrar todas las respuestas sobre mi madre. Pero sé que la casa no va a venderse mientras esto siga abierto. Y sé que el mural no va a ser trasladado para que parezca que ya hemos arreglado algo.

Hubo un murmullo, no de aprobación ni de rechazo, sino de gente tratando de imaginar las consecuencias de una decisión dicha en voz alta.

Nando levantó la mano.

—¿Y qué piensas hacer con la casa?

Clara no había preparado una respuesta. Durante días, había pensado que decidir no vender no era lo mismo que saber qué hacer después. Miró a Vera. Vera no le ofreció una idea. Solo esperó.

—No lo sé todavía —dijo Clara—. Pero quiero que tenga un uso.

No quiero conservarla como un santuario ni convertir el dolor de mi familia en una atracción.

Quizá pueda ser un lugar para el archivo de la costa, para talleres de restauración o para que la asociación tenga un espacio cuando esto termine.

Tendré que aprender qué es posible y qué necesita el pueblo.

Irene dejó de mirar la grabadora.

—La asociación necesita un espacio desde hace años —dijo—. Pero no queremos que decidas eso hoy por presión.

—No lo decidiré hoy —respondió Clara—. Solo digo que no quiero que la casa vuelva a quedarse cerrada.

La reunión continuó casi una hora. Hubo preguntas que nadie pudo responder y reproches que merecían ser escuchados aunque no fueran justos del todo.

Cuando acabó, la gente salió en grupos pequeños.

Nadie parecía aliviado. Clara pensó que quizá el alivio era una expectativa demasiado generosa para un pueblo que acababa de descubrir lo mucho que había preferido no saber.

Tomás se acercó cuando la sala ya estaba medio vacía.

Vera se puso rígida. Clara no soltó su mano.

—No vengo a pedirte que me perdones —dijo él.

—Bien —respondió Vera.

Tomás aceptó la respuesta sin defenderse.

—He hablado con la agente. He confirmado el nombre de Elena. También he pedido que revisen los registros de la cofradía. Puede que haya más cosas que debí haber visto.

—Puede que las haya —dijo Vera.

Él asintió.

—No espero que esto arregle nada.

—No lo arregla.

Tomás miró a Clara.

—Lo siento por tu madre.

Clara sostuvo la mirada. No quería decir que no importaba. Tampoco quería usar la pena de Tomás como un atajo hacia la paz.

—Yo también lo siento —dijo—. Pero ahora tienes que seguir hablando.

Tomás bajó la cabeza. Luego se fue.

Al salir de la cofradía, Vera encontró a Clara junto al muro que daba al puerto. El cielo se había oscurecido y las primeras gotas golpeaban el agua con círculos pequeños.

—Has sido muy valiente —dijo Vera.

Clara soltó una risa breve.

—He temblado toda la reunión.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

Se quedaron mirando el mar. Más abajo, la rampa oeste seguía vacía. La maquinaria de Varela Costa estaba estacionada detrás de la valla, cubierta con lonas. La suspensión no era victoria. Era tiempo. Y el tiempo, pensó Clara, era una cosa que podía usarse o desperdiciarse.

—He estado pensando en San Miguel —dijo.

Vera esperó.

—No me arrepiento de haber dicho que no. Pero me da miedo que la decisión solo tenga sentido porque tú estás aquí.

—No quiero ser la razón de una renuncia que algún día me reproches.

—No lo eres. Eres una razón para no mentirme sobre lo que quiero. No es lo mismo.

Vera respiró hondo.

—¿Y qué quieres?

Clara miró hacia la casa de Eulalia, apenas visible entre las calles.

—Quiero terminar el mural. Quiero ayudar a que el archivo de Lucía no quede en una caja. Quiero averiguar si puedo hacer de esa casa un lugar que sirva a alguien más. Y quiero saber qué podemos ser tú y yo cuando no estemos corriendo detrás de una marea.

Vera sonrió con una tristeza suave.

—Eso es una lista bastante seria.

—Soy restauradora. Las listas me tranquilizan.

—Entonces añade una cosa más.

—¿Cuál?

—Que quiero intentarlo contigo. No porque Moural nos haya puesto aquí ni porque necesitemos convertir la historia de nuestras familias en una promesa.

Porque me gustas. Porque confío en ti cada vez que me dices una verdad que no te deja bien.

Porque quiero ver cómo es estar a tu lado cuando no hay una emergencia.

Clara sintió que la lluvia le enfriaba la cara. No buscó una respuesta perfecta. Durante demasiados años había pensado que las decisiones importantes debían tener una forma impecable antes de decirse.

—Yo también quiero intentarlo —dijo.

Vera la besó entonces. No fue un beso para celebrar que todo había terminado. Fue un beso breve, firme y elegido, con el sabor de la lluvia y la certeza de que todavía quedaban cosas difíciles por hacer.

Cuando se separaron, Clara apoyó la frente contra la de Vera.

—No vendas esa frase como final de cuento —murmuró.

—No se me ocurriría.

—Bien. Porque mañana hay que volver a trabajar.

—Mañana volvemos a trabajar.

Caminaron hacia la casa de Eulalia bajo la lluvia. No más ligeras, no salvadas por el amor, pero acompañadas de una forma que ninguna de las dos habría sabido pedir al principio.

* * *