Cuando Javi ghosteó a Mari EpílogoMariJavi
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EpílogoMariJavi

EPÍLOGO

Mari

Dos años después de la boda (cancelada)

Un dedo que se desliza por mis caderas me despierta de un sueño reparador. El sol acaba de salir, pero ya oigo que Manhattan se despereza afuera de nuestro apartamento en Soho.

Espío debajo del cobertor y descubro a Javi entre mis piernas; el ancho de sus hombros ocupa gran parte de la escena.

–¿Lo ayudo en algo?

Alza la cabeza para mirarme, sube y baja las cejas despeinadas y se pasa la lengua por los labios.

–Sí. Una mesa para uno, por favor.

Me cubro los ojos con el brazo y lanzo una risita.

–Por supuesto, señor. Tenemos un lugar especialmente reservado para usted. –Con un gesto, señalo la extensión de mi cuerpo–. Sígame.

–Excelente –responde, la boca se curva en una sonrisa descarada, las pupilas se expanden–. Estoy famélico.

–Puedo ofrecerle, entonces, la opción de bufé libre.

–Claro. –Hace una mueca con la boca.

Javi dibuja un sendero de besos a través de mi estómago; luego mordisquea la piel en la unión de mis muslos.

Emito un gemido suave y levanto los brazos por encima de la cabeza.

Mi estómago se contrae con cada roce de sus labios, con cada mordisco.

Me muero de calor, el latido constante en las orejas se iguala al de mi corazón.

Esto es lo que provoca en mí. Cada vez. Siento fiebre de lujuria en segundos; me desespero por sentir sus manos sobre mí, por mecernos juntos.

Se desliza un poco más hacia atrás en la cama; abro las piernas y envuelvo su torso con ellas. Sus dedos me acarician mientras succiona la parte interna de mis muslos.

–No me haga ilusionar –gimo, retorciéndome en la cama, con las manos aferradas a las sábanas.

–¿Qué puedo ofrecerle? –me provoca, juguetón.

Lo tomo con fuerza de la nuca, con los pulgares apretados contra sus sienes, para que comprenda lo acuciante de mi requerimiento.

–Que me penetre con los dedos y lleve su boca a mi clítoris. Por ahora, eso.

Los ojos de Javi refulgen.

–Qué coincidencia. Era justo lo que iba a proponerle. –Y lo hace. Sus dedos me abren aún más mientras él inhala mi aroma y murmura aprobándolo.

Me curvo como un arco; el calor irradia de mis miembros cuando su lengua choca contra mi clítoris y un solo dedo se desliza en mi interior para deleitarse con mi humedad.

Javi gruñe contra mí cuando lo tomo de los hombros; cuando clavo los dedos en la piel de su espalda, los músculos ceden con mi presión urgente.

–Ay, Dios, ven –le imploro–. Te necesito dentro.

No perdemos tiempo alineando nuestros cuerpos y el cobertor cae al suelo.

Javi se cierne sobre mí, su pene rígido queda al alcance de la mano y puedo ver su pecho agitado.

Me nubla los sentidos, tengo la mente adormecida por la sobrecarga de sensaciones que barre mi cuerpo.

Es la anticipación, la euforia, la certeza de que me llenará por completo y me conducirá al límite para luego retroceder y volver a la carga una y otra vez.

En el tiempo que estamos juntos, aprendimos qué nos provoca placer, qué nos enloquece.

Javi sabe que una respiración en la oreja me inflama.

Yo sé que le encanta que me aferre a su trasero cuando me está penetrando.

Aprendimos el lenguaje del amor del otro y agregamos alguna que otra palabra propia.

Javi se ubica en el centro y empuja hacia adentro.

–Ay, Dios, esto es genial –me deleito.

Cubre mi cuerpo con el suyo a la vez que se frota contra mí, su mirada siempre en la mía.

–Siempre es genial.

Es cierto. Porque finalmente descubrimos que el amor no tiene que ver con estar en el lugar correcto en el momento apropiado. Tiene que ver con establecer una conexión con la persona adecuada. Una vez que eso ocurre, todo lo demás se acomoda.

***

Chocolito lloriquea del otro lado de la puerta del dormitorio, haciendo estallar nuestra burbuja postsexo.

Javi lanza un soplido pesado.

–Voy a pasearlo. Me viene bien un poco de aire fresco.

Comienza a incorporarse, pero lo jalo de vuelta debajo de las sábanas.

–Espera. Oí ese suspiro. ¿Por qué no me cuentas qué es lo que de veras te pasa?

–Estoy nervioso por lo de esta noche –responde después de un momento, la voz apenas más que un susurro.

Me acurruco contra él y dibujo círculos en su pecho.

–Ay, mi amor. Yo estaría nerviosa si tú no estuvieras nervioso.

Hiciste todo lo posible para que La sala de correo sea un éxito.

Dejaste tu ego de lado y pediste ayuda. Escuchaste a aquellos que tenían más experiencia que tú, sin permitir que nadie alterara la esencia de la idea.

No soy experta en teatro, pero leí el guion, escuché las canciones.

Es una obra maravillosa. Todos van a pensar lo mismo.

–Si te gusta a ti, no me importa lo que los demás piensen.

–Bueno, no sobreestimes el valor de mi opinión –bromeo.

Lleva mi mentón hacia arriba para mirarme a los ojos.

–Hablo en serio. Pocas cosas me dieron más miedo que esto en la vida, y si va mal, va mal. Si a ti te conmueve, estoy satisfecho.

–Pero sería mejor que al resto también le encantara, ¿no?

–Por supuesto. –Sonríe, tímido–. Pero eres la única que importa. Tú misma lo dijiste.

–¿Qué? Jamás dije semejante cosa –reacciono, echándome hacia atrás.

–Claro que sí. Puedo comprobarlo. –Abre la cartera sobre la mesa de noche, saca lo que parece un papel autoadhesivo plastificado y me lo extiende.

Me incorporo en la cama y echo un vistazo a la nota: es mi letra. Abro grandes los ojos cuando termino de comprender el significado del mensaje.

–Esto es de la noche anterior a la graduación. –Lo miro incrédula, los ojos nublados por las lágrimas–. ¿Lo guardaste? ¿Todos estos años?

–Sí –me confirma, asintiendo con la cabeza, los ojos cálidos y resplandecientes–. Léelo en voz alta.

Carraspeo.

–«El musical aún sin título de Javier Báez es una obra maestra. Báez es el libretista de nuestra generación». –Doy vuelta el papel plastificado–. «Marisol Campos, la única crítica que importa».

Lo obligo a sentarse junto a mí y me siento a horcajadas sobre sus muslos, envolviéndolo en un abrazo tan feroz que me tiemblan los brazos.

–Y yo que creía que no podía amarte más…

Javi

Daniel Romero canta el verso final de Qué tal si ante la multitud apretujada de espectadores en el pequeñísimo pero renombrado teatro Public.

La personificación de Danny como Sid, un hombre que se reconcilia con las decisiones que tomó en la vida y no se arrepiente de nada, es tierna y a la vez triunfal.

Sid me recuerda a mí. Me recuerda a la persona que finalmente creyó en lo que valía y dejó de sabotearse. Junto a mí, Mari contiene las lágrimas y me aprieta la mano. Estamos tras bambalinas, tan ansiosos que no compartimos ni un segundo con el público de esta primera función.

Sid recoge la caja de cartón con sus objetos personales y se aleja, sin darse vuelta para mirar a sus compañeros de trabajo. Una vez en el elevador y de cara a los espectadores, canta el tema final:

Ya no tiene sentido preguntarse «¿Qué tal si?».

Quiero saber lo que me depara el futuro.

Quiero apresarlo entre mis manos.

Yo decido quién voy a ser.

La vida nunca más me humillará.

El escenario se oscurece, y las luces del teatro se encienden.

Después de un silencio para el infarto, el público estalla en un aplauso atronador, un sonido y una sensación que no olvidaré jamás.

A los pocos segundos, Mari me abraza, Jeremy me empuja feliz, Arnie, el jefe de escenario, me palmea la espalda.

La madre de Mari, quien vino de visita por segundo verano consecutivo, me estampa un beso en la frente.

Brittany me felicita, Chloe choca palmas conmigo, Sasha dice que me molería a palos por haber esperado tanto para terminar el guion.

Lo que sigue me resulta difuso: una aparición en el escenario con el elenco completo; una entrevista con un periodista del sitio Broadway.com que probablemente haya sido inútil; un discurso entre innumerables otros en el que agradezco a todos los que participaron, no solo por ayudar a que mi visión se hiciera realidad, sino para mejorarla de un modo incuantificable; un mensaje de texto de mi agente para contarme que está haciendo llamadas para llevar La sala de correo a Broadway; una conversación al pasar con Stephen Lautner, el director, para analizar los cambios necesarios en las funciones restantes.

Y en todo momento, Mari está cerca. La espío cuando habla con mis padres, aunque, como de costumbre, mi padre parece más interesado en los bocadillos que están sirviendo, y mi madre, en reacomodar la distribución de la mesa dulce.

Luego veo que Mari conversa con mis hermanos, que seguro siguen sin entender la diferencia entre el trabajo que hace su firma, como representante legal de los artistas, y una agencia que se ocupa de conseguirles empleos.

En todo momento la busco entre la multitud.

Su presencia me energiza. Me da paz. Me genera más felicidad genuina de la que creí posible.

Por eso es que, unos minutos después, aunque no veo su rostro, intuyo que se tensa. Los hombros adoptan una posición rígida, una mano alrededor de una copa de vino, la otra en un puño.

–Disculpe –le digo a uno de los inversionistas de la obra. Ni siquiera me molesto en ofrecer una explicación y aparezco al instante junto a Mari. Ahí es cuando caigo en la cuenta de que está frente a su padre por primera vez desde aquel fin de semana de la boda frustrada.

–¿Qué haces aquí? –pregunta. Le tiembla la voz.

–Compré mi entrada, como todo el mundo –explica Luiz Campos–. No te avisé porque sabía que no ibas a escuchar lo que tenía para decir.

El rostro de Mari se endurece.

–Elegiste una de las noches más importantes en la vida de Javier para aparecer de improviso. ¿Cuál creías que iba a ser mi respuesta?

Le envuelvo la cintura con el brazo y la atraigo hacia mí. Jamás le diría cómo manejar la situación. Lo que ella desee, lo que ella necesite en este momento, es lo que voy a ofrecerle.

–¿Podemos hablar en privado? –implora Luiz–. Dame cinco minutos, nada más.

Mari dirige la mirada hacia mí.

–¿Hay algún lugar…?

–Claro –asiento–. Vayan a la sala de ensayos.

–Gracias –responde, aunque actúa como una autómata, apenas consciente de lo que ocurre alrededor.

–¿Quieres que te acompañe? –Me inclino para interceptar su mirada.

Sonríe y me aprieta el brazo.

–No. Puedo sola.

No tengo ninguna duda de que es así.

Regresa unos minutos después y desliza su mano en la mía. La observo para buscar alguna señal de nerviosismo en su rostro, pero no la hay.

–¿Todo bien? –pregunto.

Me acaricia la zona del mentón con expresión serena.

–Estoy aquí, contigo, así que está todo bien.

–¿Qué fue eso? –digo, señalando con el pulgar hacia atrás.

–En pocas palabras, se disculpó. Dice que quiere que le dé la oportunidad de ser el padre que nunca fue. Que sabe que nuestra relación no puede recomponerse de la noche a la mañana, pero que quiere intentarlo.

–¿Estás dispuesta a hacer eso? ¿A intentarlo?

–Ya veremos –responde, levantando un hombro–. Presumo que tiene bastante trabajo por hacer si creyó que hoy era el día indicado para acercarse. Pero no tengo por qué decidir nada esta noche. Estamos aquí para homenajearte a ti.

–Y para homenajearnos a nosotros.

–Me gusta cómo suena eso: «nosotros».

–Siempre seremos nosotros, Mari.

–Siempre.

El aire que nos rodea está cargado de electricidad y entusiasmo, todos subidos a la cresta de una noche desenfrenadamente exitosa, pero es mi conexión con Mari lo que me hace sentir invencible, lo que me da ganas de enfrentar otro día y poner el pecho a cualquier desafío que se me presente.

Porque, en sus ojos, veo al hombre que quiero ser.

Porque nos impulsamos mutuamente a ser la mejor versión de nosotros mismos.

Porque cuando estoy en sus brazos, no hay otro lugar en el que quiera estar.

–¿Lista para escaparte de aquí?

–¿Contigo? –Los ojos le brillan con cariño y un toque de pasión–. Por supuesto.

Mientras el elenco sale por la puerta de atrás, nos escabullimos por otra lateral para evitar el caos. Un auto nos espera en frente y, por suerte, nadie nos presta atención. Antes de subir, Mari alza los ojos hacia la marquesina del teatro.

–Ese es tu nombre –dice, señalando el cartel–. Me muero por verlo en Broadway.

–Estaba pensando –la atraigo hacia mis brazos– que si la obra llega a Broadway…

–Que cuando la obra llegue a Broadway… –insiste.

–Está bien. Estaba pensando que cuando la obra llegue a Broadway, me gustaría que el nombre en la marquesina fuera Javier Campos-Báez. ¿Opiniones? ¿Sugerencias? ¿Contrapropuestas?

Abre los ojos grandes como platos, y la mandíbula se le desploma, pero se recupera enseguida y endereza los hombros.

–Estarías adoptando el nombre de mi padre. Te diste cuenta de eso, ¿no?

–Estaría adoptando parte de tu nombre, y eso es lo que importa.

–Bueno, entonces, lo que opino es que eres un hombre brillante. No más comentarios.

Sellamos nuestro próximo capítulo con un beso. Y es mágico. Como si la semilla plantada hace tanto tiempo se hubiera, finalmente, convertido en flor.

–Te amo, Marisol.

–Yo también te amo, Javier.

– Para siempre –digo.

Me contempla con ternura, los ojos luminosos, con el mismo amor que siento por ella.

– Para sempre .

FIN