Chapter 14
Durante las horas siguientes, Malena permaneció encerrada en su habitación intentando ordenar todo lo que había descubierto.
La historia que había construido durante los últimos días se había derrumbado de nuevo, pero esta vez no podía reconstruirla simplemente sustituyendo una mentira por otra.
Había demasiadas contradicciones. Emilia había sido golpeada, pero la persona que la golpeó también la había ayudado a escapar.
Beatriz había sabido que estaba viva durante años y había mantenido el secreto incluso después de que el peligro inicial pareciera haber desaparecido.
Julieta había estado allí. Ricardo había visto a Malena caminar junto a Emilia.
Marcelo había participado en la discusión, pero quizá no había sido responsable de la agresión.
Y, por encima de todo, existía una pregunta que nadie había conseguido responder: ¿por qué Emilia había aceptado desaparecer si todavía tenía la posibilidad de regresar y contar la verdad?
Malena volvió a escuchar las cintas una por una.
Tomó notas en un cuaderno y comenzó a establecer fechas, nombres y lugares.
Había aprendido que los recuerdos podían engañarla, pero los documentos no tenían emociones.
La desaparición había ocurrido veinticinco años atrás, durante el invierno.
La primera declaración de Ricardo había sido modificada dos días después.
Marcelo había abandonado el pueblo meses más tarde.
Julieta se había marchado poco después. Beatriz había mantenido contacto con Emilia durante años y la última conversación entre ambas había ocurrido once años atrás.
Aquella última fecha llamó especialmente su atención.
Once años. No era una cifra casual. Beatriz había dicho que no sabía dónde estaba Emilia, pero si habían hablado once años atrás, alguien debía haber conocido el lugar desde el que Emilia la llamó.
A media tarde, Malena volvió a llamar a Valentina. Le contó lo que Beatriz había confesado, aunque no le reveló todavía la identidad de la mujer que había atacado a Emilia. Valentina escuchó atentamente y después le hizo una pregunta que cambió la dirección de la investigación.
—¿Cómo sabes que Emilia utilizaba todavía ese nombre?
Malena guardó silencio.
No lo sabía.
—No lo sé —respondió.
—Entonces quizá deberíamos buscarla sin buscar a Emilia.
Aquella frase parecía absurda al principio, pero después adquirió todo su sentido.
Si una mujer había desaparecido voluntariamente y había pasado veinticinco años evitando que la encontraran, era lógico pensar que había utilizado otro nombre.
Tal vez había cambiado de ciudad, de profesión, incluso de apariencia.
Quizá había formado una nueva familia. Quizá había construido una vida completa en otro lugar mientras el pueblo seguía hablando de ella como si hubiera muerto la misma noche en que desapareció.
—¿Cómo podemos encontrar a alguien que no sabemos cómo se llama? —preguntó Malena.
—Buscando lo que no cambió.
—¿Qué cosa?
—Su pasado.
Valentina comenzó a revisar los archivos digitales del periódico mientras Malena buscaba en las fotografías antiguas.
Había una imagen de Emilia tomada pocos meses antes de su desaparición, otra perteneciente a una fiesta familiar y una tercera que Valentina había conseguido del archivo municipal.
En todas aparecía la misma mujer: cabello oscuro, rostro delgado, ojos grandes y una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda.
Malena recordaba aquella cicatriz porque, cuando era niña, Emilia le había contado que se la había hecho de joven al caer de una bicicleta.
—Esto puede servir —dijo Valentina.
En la pantalla apareció un artículo publicado doce años atrás en un periódico de una localidad situada a más de trescientos kilómetros del pueblo. Era una noticia pequeña sobre la inauguración de un taller de restauración de muebles. La propietaria aparecía mencionada como Elena Borda.
Malena leyó el nombre.
—¿Por qué pensás que es ella?
—No lo sé todavía.
Valentina amplió la fotografía que acompañaba el artículo. Malena sintió que el cuerpo se le paralizaba. La mujer era mayor que en las fotografías de Emilia, pero los ojos eran los mismos. La forma de la boca también. Y junto a la ceja izquierda aparecía una pequeña marca apenas visible.
—Es ella.
Valentina no respondió.
—Es Emilia.
—Puede ser.
—No. Es ella.
Malena tomó el teléfono y fotografió la pantalla.
—¿Dónde queda ese lugar?
Valentina le mostró la dirección.
Era una pequeña ciudad situada hacia el oeste, suficientemente lejos para que nadie del pueblo hubiera tenido razones para buscar allí, pero no tanto como para resultar inaccesible.
—El artículo es de hace doce años —dijo Valentina—. Tenemos que averiguar si sigue allí.
Malena asintió. Pero antes de que pudiera responder, Valentina abrió otro documento.
—Esperá.
Había encontrado una segunda referencia. Elena Borda había aparecido como colaboradora en una asociación cultural local. Había participado en varias exposiciones y talleres durante los años siguientes. En una de las fotografías aparecía junto a otras mujeres.
Malena acercó el rostro a la pantalla. La reconoció. No por el rostro, sino por la forma de mirar.
Era la misma expresión que había visto en Emilia cuando tenía catorce años: una mezcla de tristeza y serenidad que parecía no haber desaparecido con el tiempo.
—¿Sigue viva? —preguntó.
Valentina comenzó a buscar. Después de unos minutos encontró una referencia reciente.
—No.
Malena sintió un vacío.
—¿Qué significa no?
—Elena Borda murió hace ocho meses.
Malena permaneció inmóvil. La había encontrado demasiado tarde.
—¿De qué murió?
—Una enfermedad.
—¿Dónde?
—En la misma ciudad.
Malena bajó la mirada.
Durante unos segundos sintió que todos aquellos años de búsqueda habían terminado antes de comenzar.
Emilia había sobrevivido, había construido una nueva vida y había muerto sin que Malena pudiera verla.
Pero entonces recordó las palabras de Beatriz.
Había hablado con ella once años atrás. Y si la mujer de la fotografía era realmente Emilia, entonces aquella conversación había ocurrido mucho después de que todos en el pueblo la dieran por desaparecida.
—Necesitamos encontrar a alguien que la conociera —dijo Malena.
Valentina asintió.
—Ya estoy buscando.
El contacto apareció casi una hora después. Era una mujer llamada Clara Montalvo, antigua compañera de trabajo de Elena Borda. Vivía todavía en la misma ciudad. Valentina consiguió su dirección a través de una asociación cultural y Malena decidió viajar esa misma tarde.
El trayecto se hizo bajo una lluvia fina y persistente.
El paisaje fue cambiando poco a poco mientras Malena abandonaba el pueblo y tomaba la carretera.
Durante el viaje pensó en la mujer que había sido Emilia y en la mujer que había llegado a ser Elena Borda.
Veinticinco años podían transformar una vida hasta hacerla irreconocible, pero no podían borrar completamente los gestos, la forma de mirar ni ciertas pequeñas marcas del rostro.
Malena se preguntó cuántas veces habría pasado frente a un espejo sin reconocerse a sí misma en la mujer que había sido antes.
También se preguntó si Emilia había pensado alguna vez en ella, si había conservado fotografías, si había querido regresar y, sobre todo, qué había sentido cuando supo que Beatriz había conseguido mantenerla alejada durante tanto tiempo.
Clara Montalvo vivía en una casa pequeña con un jardín lleno de plantas. Era una mujer de unos sesenta años, de cabello blanco y voz pausada. Cuando Malena le mostró la fotografía de Elena, Clara no pareció sorprendida.
—Sabía que algún día alguien iba a venir —dijo.
Malena sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿La conocía?
—Durante casi veinte años.
—¿Era realmente Elena Borda?
Clara la observó durante unos segundos.
—No.
Malena contuvo la respiración.
—Su nombre era Emilia.
Aquella confirmación produjo una sensación extraña. Había pasado días buscando pruebas y finalmente una desconocida acababa de pronunciar el nombre que había perseguido durante veinticinco años.
—¿Ella sabía quién era yo?
—Sí.
—¿Habló de mí?
Clara asintió.
—Muchísimas veces.
Malena tuvo que sentarse.
—¿Qué decía?
Clara permaneció unos segundos en silencio.
—Decía que había una niña a la que le debía la vida.
Malena sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¿Por qué?
—Porque aquella noche vos intentaste ayudarla.
La memoria apareció inmediatamente. Malena corriendo por el camino. Emilia cayendo. Su propia voz llamándola. Una mano ensangrentada.
—No fue culpa tuya —había dicho Emilia.
Malena comprendió que aquella frase no se refería únicamente al golpe.
—¿Qué ocurrió realmente? —preguntó.
Clara se acercó a una estantería y sacó una caja de madera.
—Emilia me pidió que te entregara esto si alguna vez venías.
Malena miró la caja.
—¿Cuándo?
—Antes de morir.
—¿Sabía que yo iba a encontrarla?
—No. Sabía que algún día ibas a buscarla.
Clara colocó la caja sobre la mesa. Dentro había fotografías, cartas, recortes de periódicos y un sobre cerrado. Malena reconoció inmediatamente la letra. Era la de Emilia. En el frente del sobre aparecía escrito su nombre completo.
Para Malena Ferreyra.
Durante unos segundos no se atrevió a tocarlo.
—¿Por qué no me lo envió?
Clara la miró.
—Porque Emilia tenía miedo de que abrir esa carta demasiado pronto pusiera tu vida en peligro.
—¿Demasiado pronto?
—Ella pensaba que algunas verdades solo pueden ser soportadas cuando uno ha vivido lo suficiente para comprenderlas.
Malena tomó el sobre. Era más pesado de lo que esperaba.
—¿Está muerta desde hace ocho meses?
—Sí.
—¿Sufrió?
Clara negó lentamente con la cabeza.
—No al final.
Malena cerró los ojos.
Durante unos segundos se permitió llorar.
No lloraba únicamente por Emilia. Lloraba por la adolescente que había sido, por los años que había pasado sin comprender su propia historia y por la mujer que había sobrevivido durante décadas cargando con un secreto que probablemente nunca había dejado de dolerle.
—¿Quién la ayudó? —preguntó finalmente.
Clara la observó.
—¿A escapar?
Malena asintió.
—Una mujer.
—¿Sabés quién era?
Clara tardó en responder.
—Sí.
Malena sintió que el corazón volvía a acelerarse.
—¿Quién?
Clara negó con la cabeza.
—Eso está en la carta.
Malena miró el sobre.
—¿Y por qué Emilia no quiso decírmelo en vida?
—Porque no quería que la buscaras.
—¿Por qué?
Clara la miró directamente.
—Porque la mujer que la ayudó también fue la persona que, aquella noche, la hirió.
Malena sintió que todas las piezas comenzaban a girar dentro de su cabeza.
—Entonces era verdad.
—¿Qué cosa?
—Que la misma persona la atacó y después la ayudó a escapar.
Clara asintió.
—Emilia nunca la consideró su enemiga.
Malena miró nuevamente el sobre.
—Entonces ¿por qué desapareció?
Clara permaneció en silencio unos segundos.
—Porque había comprendido que si se quedaba, vos ibas a terminar pagando por algo que no habías hecho.
Malena sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué no había hecho?
Clara no respondió.
—Necesito saberlo.
—La carta te lo explica.
Malena acarició lentamente el sobre con los dedos.
—¿Hay algo más?
Clara señaló la caja.
—Hay una fotografía debajo de las cartas.
Malena la sacó.
Era una imagen reciente de Emilia, muchos años después de la desaparición.
Aparecía sentada en el mismo jardín donde ahora se encontraban, con el cabello completamente canoso y una expresión serena.
Pero detrás de ella, sobre una mesa, había una fotografía antigua.
Malena acercó la imagen. Era una fotografía de cuatro personas.
Emilia, Beatriz, Julieta y una cuarta mujer.
Malena sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
Reconoció aquel rostro. No era una desconocida.
No era una vecina. No era alguien relacionado con Marcelo.
Era una persona que había formado parte de su infancia, alguien a quien había visto cientos de veces, alguien cuya presencia nunca había considerado sospechosa porque había aprendido desde niña a confiar en ella.
Malena levantó lentamente la mirada hacia Clara.
—¿Ella sigue viva?
Clara asintió.
—Sí.
—¿Dónde está?
Clara bajó la voz.
—Mucho más cerca de lo que imaginás.
Malena volvió a mirar la fotografía. Por primera vez comprendió que Emilia no había desaparecido para escapar de una mujer peligrosa.
Había desaparecido para protegerla de una verdad que todavía podía alcanzarla.
Y mientras sostenía entre las manos la carta que llevaba años esperando ser leída, comprendió que la mujer que podía explicar toda la historia seguía viva, que probablemente había permanecido cerca de su familia durante décadas y que, si Emilia había elegido confiar en ella después de aquella noche, quizá el verdadero secreto no fuera quién había golpeado a Emilia, sino por qué aquella mujer había tenido una razón para hacerlo y, al mismo tiempo, una razón todavía más poderosa para salvarle la vida.