CAPÍTULO 13 — El día que volvió a elegirlo #2
Le llegó un mensaje de Mariana preguntando si había terminado el cuento para el taller. Laura abrió la conversación y escribió: «Hoy no he podido concentrarme». Borró la frase. No quería que su amiga preguntara por qué. Mariana la conocía lo suficiente para distinguir el cansancio de la evasión.
En la guantera encontró una servilleta donde Sofía había dibujado una estrella.
Se la había entregado días atrás, orgullosa de que su padre le enseñara a hacer cinco puntas iguales.
Laura la alisó sobre la rodilla. No sintió que la estrella la juzgara.
Fue peor: le recordó que sus hijos continuaban viviendo su infancia sin saber nada de los riesgos que sus padres podían introducir en ella.
Arrancó el coche. Decidió que esa noche no respondería a Alejandro. La decisión le ofreció un alivio breve, como si posponer el siguiente mensaje corrigiera lo ocurrido.
• • •
En el trayecto a casa, Laura condujo con el limpiaparabrisas al máximo.
Ensayó explicaciones que nadie le había pedido.
Que se había encontrado con Alejandro por casualidad.
Que la lluvia los había obligado a esperar.
Que un beso no significaba nada. Las frases se deshacían antes de completarse porque ninguna era cierta del todo.
Se detuvo en un semáforo y observó sus manos sobre el volante.
No eran distintas de las manos con las que esa mañana había peinado a Sofía y abrochado la camisa de Mateo.
La misma persona que cuidaba a sus hijos había elegido besar a otro hombre.
Comprenderlo no la hizo menos madre ni borró el cariño que sentía por su familia; le impidió, en cambio, esconder su responsabilidad detrás de una versión cómoda de sí misma.
Al llegar, encontró a Daniel en el cuarto de Mateo, ayudándolo a ponerse el pijama. Sofía estaba sentada en la cama con un libro abierto.
—¡Mamá! —gritó Mateo—. Papá dice que mañana quizá no llueva.
—Ojalá —respondió Laura, agachándose para abrazarlo.
Sofía le mostró una página y le pidió que leyera el siguiente capítulo del cuento. Laura aceptó. Su voz salió un poco ronca, pero los niños no lo notaron. Daniel se quedó en la puerta, escuchando con una sonrisa cansada.
Cuando terminaron, él la acompañó al pasillo.
—Estás empapada —dijo—. ¿Te agarró fuerte la lluvia?
—Sí. No llevaba paraguas.
Mientras Laura guardaba el libro de Sofía, Daniel se acercó a la ventana del pasillo. Había dejado unas toallas sobre una silla para secar el agua que entraba por una rendija.
—Mañana llamaré a alguien —dijo Daniel—. No quiero que se estropee el piso.
Laura asintió. Pensó en la facilidad con que ambos habían convertido el cuidado de la casa en un idioma común.
Podían hablar durante veinte minutos de una gotera y no encontrar cinco para decir lo que sentían.
Pero esa limitación no justificaba lo que ella acababa de hacer.
Daniel le había preguntado más de una vez si estaba bien.
Había buscado espacios para conversar. La parte que faltaba era la que ella se negaba a entregar.
—¿Te gustaría que saliéramos el viernes? —preguntó él—. Sin niños, sin teléfonos en la mesa.
La propuesta llegó cuando Laura menos podía recibirla. Su primera reacción fue imaginar una excusa. Luego se escuchó decir que sí. Daniel sonrió, sorprendido y esperanzado, y ella comprendió que todavía podía hacerle daño incluso cuando aceptaba una invitación sincera.
—Voy a prepararte algo caliente.
Laura lo miró alejarse hacia la cocina. Tuvo el impulso de llamarlo, de decir su nombre y obligarse a hablar antes de que el valor se evaporara. No lo hizo.
Daniel regresó con una taza. Ella la sostuvo entre las manos.
—Gracias.
—¿Todo bien?
Era la misma pregunta que él había hecho tantas veces. Laura comprendió que ya no bastaba responderla como antes.
—Estoy cansada —dijo, y dejó la frase allí.
Daniel le rozó el hombro y se fue a cerrar las ventanas. Laura permaneció junto a la mesa hasta que el té perdió el calor.
• • •
Esa noche, Daniel se durmió antes que ella. Laura permaneció boca arriba, escuchando el zumbido del ventilador. El beso volvía a su memoria con una precisión que la avergonzaba. Podía recordar la cercanía de Alejandro, el ruido de la lluvia y la manera en que ella misma había reducido la distancia.
Pensó en despertarlo y contárselo todo. Imaginó el rostro de Daniel al escucharla, las preguntas, el silencio que seguiría. Quiso protegerlo de ese dolor. Pero supo que también quería protegerse de las consecuencias.
Tomó el teléfono. Había un mensaje de Alejandro: «¿Llegaste bien?».
Escribió «Sí». Se quedó mirando la palabra y añadió: «Necesito pensar».
Él respondió: «Lo entiendo».
Laura dejó el aparato boca abajo. El límite que había cruzado no podía borrarse, pero todavía podía decidir qué hacer a partir de él. Esa era la parte más difícil: admitir que las decisiones siguientes también serían suyas.
Daniel se movió dormido y buscó su mano entre las sábanas. Laura se la dio. Permaneció inmóvil mientras él volvía a respirar con calma.
El beso no había sido un accidente. Había tenido tiempo de detenerse y no lo hizo. Ahora, frente a la verdad que debía decir, volvió a escoger el silencio.