CUANDO EL AMOR VUELVE A CASA CAPÍTULO 13 — El día que volvió a elegirlo
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CAPÍTULO 13 — El día que volvió a elegirlo

El día que volvió a elegirlo

Laura había ido a la cafetería para devolverle a Alejandro un libro que él le prestó semanas atrás, una novela que apenas había leído porque cada página le recordaba que tendría que verlo de nuevo.

La excusa del libro había sido suya. Podría haberlo dejado en recepción, haberlo enviado con alguien o haber dicho que se lo devolvería otro día. En cambio, se sentó frente a él y aceptó un café que no necesitaba.

Hablaron primero de cosas sencillas. Alejandro le contó que un proyecto de trabajo se había complicado; Laura mencionó una actividad escolar de Sofía. La normalidad de la conversación la tranquilizó durante unos minutos. Después él le preguntó cómo estaba de verdad.

—Cansada de pensar en todo esto —respondió.

—Yo también.

—Entonces quizá deberíamos dejarlo aquí.

Alejandro apoyó la taza sobre el plato.

El café se había enfriado sin que ninguno lo advirtiera.

Laura recordó otra mesa, muchos años atrás, donde Alejandro le había anunciado que aceptaría un trabajo en otra ciudad.

Él hablaba de oportunidades y de la necesidad de no dejar escapar la juventud; ella escuchaba tratando de encontrar un lugar para sí misma dentro de aquellos planes.

Cuando preguntó qué significaba la decisión para los dos, él respondió que todavía era pronto para preocuparse.

Entonces había confundido aquella ligereza con valentía.

Ahora reconocía el miedo de un muchacho que prefería marcharse antes que negociar un futuro compartido.

—Hay cosas de nosotros que recuerdo distintas —dijo Laura.

—Seguramente. Yo también he cambiado algunos recuerdos para soportarlos mejor.

Alejandro no sonrió. Le habló de la primera Navidad que pasó lejos, del orgullo absurdo que le impidió llamarla y de las veces que escribió mensajes que nunca envió.

Laura lo escuchó sin ofrecerle el consuelo que años antes habría deseado darle.

No estaba allí para reparar aquella ruptura.

Sin embargo, una parte de ella disfrutaba descubrir que había ocupado un lugar tan persistente en la memoria de alguien.

Fuera, una mujer cruzó la calle con un niño de la mano. Laura siguió su recorrido hasta que desaparecieron detrás de un autobús. Pensó en Mateo, que todavía se aferraba a sus dedos cuando estaba cansado. La imagen pertenecía a otra vida, pero esa otra vida era la suya.

—Si me dices que no quieres volver a verme, lo aceptaré.

Laura apartó la mirada hacia la ventana. Había imaginado muchas veces esa frase y siempre había supuesto que, al escucharla, sentiría libertad. En cambio, sintió el miedo antiguo de perder algo que ni siquiera sabía si quería tener.

—No es tan sencillo.

—No. Pero es tu decisión.

Ella quiso discutirle esa última palabra. Quiso decir que había sentimientos que no se elegían. Sabía, sin embargo, que una emoción podía aparecer sin permiso y que responder a ella era otra cosa.

La lluvia había dejado en las aceras un olor a tierra mojada y gasolina.

Laura miró a través del cristal de la cafetería los charcos que empezaban a formarse.

La conversación había terminado, pero la intimidad que habían construido parecía continuar sin palabras.

Pensó en separarse allí mismo, junto al semáforo.

Podía extender la mano, agradecerle la charla y marcharse.

La escena habría tenido un final comprensible.

En lugar de hacerlo, le preguntó si recordaba el cine donde habían visto una película francesa que ninguno entendió.

Alejandro rió y reconstruyó la noche con una precisión inesperada.

Laura también se rio. Durante un instante fue fácil imaginar que el tiempo no había pasado, que no existían las cuentas por pagar ni los niños que esperaban cuentos antes de dormir.

Pero el tiempo había pasado. Laura llevaba en el bolso una lista de compras escrita por Daniel y una autorización escolar que debía firmar.

Alejandro conocía esos hechos. No los mencionaron.

El silencio que siguió no era falta de información; era la decisión de no colocarla entre ellos en el momento en que más habría importado.

El teléfono vibró dentro del bolso. Era un mensaje de Daniel: «¿Todo bien? Voy a pasar por los niños y preparar algo para cenar. No te preocupes por llegar corriendo».

Laura leyó la frase y sintió una punzada de vergüenza. Daniel estaba haciendo espacio para ella, como tantas veces. Le respondió que había empezado a llover y que volvería pronto. No mencionó con quién estaba.

—Es Daniel —dijo, aunque Alejandro no había preguntado.

—Lo imaginé.

—Va a recoger a los niños —aclaró Laura.

Alejandro miró hacia la calle.

—Puedes irte, Laura.

Ella alzó la vista.

—¿Y si no quiero?

Él respiró hondo.

—Entonces tendrás que ser honesta contigo misma sobre lo que significa quedarte.

Por primera vez, Laura no pudo refugiarse en la idea de que las cosas simplemente estaban sucediendo. Había salido de casa, había aceptado el café, había buscado prolongar el encuentro. Ahora tenía delante una elección tan pequeña como definitiva: dar un paso hacia la calle o uno hacia Alejandro.

Cuando por fin salieron de la cafetería, la lluvia caía con fuerza. Corrieron hasta el toldo de una tienda cerrada. El espacio era estrecho y el agua golpeaba la acera con un ruido continuo. Laura se recogió el cabello húmedo detrás de la oreja. Alejandro la miró y sonrió apenas.

—Sigues haciendo eso cuando estás nerviosa.

—Y tú sigues creyendo que me conoces mejor de lo que me conozco yo.

—No. Creo que a veces recuerdo cosas que tú has olvidado.

La frase la llevó a otra tarde lluviosa, muchos años atrás, cuando eran jóvenes y todavía pensaban que el amor bastaba para resolver cualquier diferencia.

Recordó también cómo terminó aquella historia: mensajes cada vez más breves, una conversación aplazada, el silencio de Alejandro.

La nostalgia solía detenerse antes de llegar a esa parte.

—No quiero repetir lo que fuimos —dijo Laura.

—Yo tampoco.

Laura tomó el teléfono y encontró un mensaje de Daniel: «Sofía quiere que veas lo que escribió para la escuela.

Dice que es una sorpresa». Debajo había una fotografía de una hoja con letras inclinadas y un dibujo de cuatro personas.

Daniel había añadido un corazón pequeño, sin más comentario.

Laura sintió una ternura tan inmediata que le molestó la facilidad con que su conciencia podía dividirse.

—¿Todo bien? —preguntó Alejandro.

—Los niños.

No explicó nada más. Respondió a Daniel que llegaría antes de la hora de dormir.

Durante unos segundos quiso contarle a Alejandro la historia completa de Sofía: cómo había aprendido a leer en voz alta, cómo insistía en corregir las frases de los adultos, cómo guardaba debajo de la almohada los cuentos que le gustaban.

Se detuvo porque comprendió que hablar de sus hijos en aquel contexto no era una manera de volver inocente el encuentro.

Alejandro miró el reloj y propuso despedirse. Laura asintió, aunque ninguno se apresuró a salir del resguardo. No había una barrera que les impidiera marcharse por separado, solo el deseo de prolongar aquellos minutos.

—No quiero seguir fingiendo que esto es una amistad —dijo Laura.

Alejandro no respondió de inmediato. Los coches avanzaban despacio por la calle encharcada. Una mujer pasó corriendo bajo un paraguas rojo.

—No quiero ser la razón por la que huyas de tu vida —dijo al fin—. Sé que tienes a Daniel, a Sofía, a Mateo. Lo he sabido desde el primer día. No voy a fingir que eso desaparece cuando estamos juntos.

—Entonces tenemos que decidir qué estamos haciendo.

—Sí.

La palabra quedó suspendida entre ambos.

Laura pensó en la cena con Daniel, en su mano sobre la mesa, en la facilidad con que él había dicho «quiero entenderte».

Pensó en Sofía contando los días para una actividad escolar y en Mateo pidiendo que le leyeran el mismo cuento por tercera noche consecutiva.

Nada de aquello era una prisión. Era su vida, una vida que había elegido y que todavía amaba.

También pensó en Alejandro, en lo que había sentido al escucharlo disculparse por el pasado, en el modo en que la miraba como si el tiempo pudiera retroceder.

—Debería irme —susurró.

Alejandro se hizo a un lado para dejarle paso.

Laura no se movió.

—¿Estás segura? —preguntó él cuando Laura dio un paso hacia él.

Laura sintió miedo. No el miedo romántico de una escena imaginada, sino uno concreto: miedo a lastimar a Daniel, a perder su casa, a mirarse después en el espejo. Ninguno de esos temores desapareció.

—Sí —respondió.

Se besaron.

Fue un beso breve al principio, casi una pregunta. Después Laura apoyó una mano en el pecho de Alejandro y lo besó otra vez. La lluvia seguía cayendo. Un autobús se detuvo frente a la tienda; alguien bajó y corrió hasta la esquina. La ciudad continuó su vida con absoluta indiferencia.

Cuando se separaron, Laura dio un paso atrás. Sentía el corazón acelerado, pero no una alegría limpia. Había deseo, ternura, vértigo. También había una certeza que no había sentido durante los mensajes ni durante las cenas: había cruzado un límite que ya no podría describir como ambiguo.

—Esto cambia las cosas —dijo Alejandro.

—Lo sé.

Él quiso tomarle la mano. Laura la retiró suavemente.

—Tengo que irme.

—Está bien.

Alejandro no intentó detenerla. La observó cruzar la calle bajo la lluvia, con el bolso sobre la cabeza. Antes de llegar al coche, Laura miró hacia atrás. Él seguía allí. No levantó la mano para despedirse. Ella tampoco.

Al entrar en el automóvil, Laura dejó las manos sobre el volante sin encender el motor.

Vio en el espejo a una mujer con el cabello húmedo y los labios apretados.

No se parecía a la muchacha de los recuerdos, ni tampoco a la esposa tranquila que había salido de casa aquella mañana.

Era una persona adulta que acababa de hacer algo que tendría que ocultar.