CUANDO EL AMOR VUELVE A CASA CAPÍTULO 11 — La promesa de una noche diferente #3
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CAPÍTULO 11 — La promesa de una noche diferente #3

—No quiero que mañana sientas que hiciste algo que no querías —repitió él en voz baja.

—No creo que lo sintiera.

Él cerró los ojos un momento, como si aquella respuesta lo obligara a elegir. Después dio un paso atrás.

—Entonces es mejor que te vayas ahora.

Laura sintió alivio y una punzada de frustración. Se abrazaron. Ella apoyó la frente en su hombro y permaneció allí unos segundos, consciente de que el abrazo también era una decisión.

—Buenas noches, Alejandro.

—Buenas noches, Laura.

En el camino de regreso, la ciudad parecía distinta. Laura pasó frente a una farmacia abierta, un puesto de comida y una pareja que discutía junto a una motocicleta. El mundo continuaba con su vida, indiferente a la conversación que ella acababa de tener. Encendió la radio y la apagó enseguida.

Daniel pasó una página sin leerla. Había elegido un libro que le interesaba, pero las palabras se le deshacían en cuanto escuchaba algún ruido en la calle. No quería acostumbrarse a esperar el regreso de Laura con la inquietud de quien teme lo que no sabe.

En la mesa seguía el dibujo que Sofía le había mostrado antes de la cena: la casa de techo rojo y las cuatro figuras bajo un árbol.

Los trazos eran torpes y felices. Pensó que la familia seguía existiendo incluso en los días en que sus padres no sabían hablarse, y que por eso mismo cada decisión adulta tendría consecuencias más allá de la pareja.

Quería preguntarle a Laura dónde habían cenado, de qué habían hablado, si había sentido alguna vez la necesidad de ocultar un detalle.

Pero sabía que un interrogatorio podía producir respuestas, no necesariamente verdad.

Le parecía más importante que ella entendiera por qué necesitaba una conversación honesta.

Durante la espera, Daniel consideró dejar una nota sobre la mesa.

No una acusación: apenas tres preguntas que llevaba días repitiéndose.

¿Qué está cambiando entre nosotros? ¿Por qué parece que debo pedir permiso para acercarme?

¿Qué necesitas que no me estás diciendo?

Rompió la hoja. Se dio cuenta de que escribirlas lo ayudaba a ordenar sus pensamientos, pero entregárselas como un cuestionario podía convertir una conversación íntima en un interrogatorio.

Fue al cuarto de Mateo para comprobar que estuviera tapado.

El niño dormía atravesado sobre la almohada, con un dinosaurio de plástico entre los dedos.

Daniel le acomodó la manta y permaneció un instante junto a la cama.

No quería usar a sus hijos como argumento para retener a Laura.

Había visto a otras parejas hacerlo y conocía el resentimiento que dejaba esa estrategia.

Pero tampoco podía fingir que las decisiones de dos adultos terminaban en ellos mismos.

Al volver al salón escuchó el ascensor. Volvió a sentarse con el libro abierto, sin saber si podrían hablar sin miedo.

La llave giró en la cerradura. Durante un segundo recordó las noches en que ese sonido le anunciaba el regreso de alguien con quien podía compartir cualquier cosa.

Se preguntó desde cuándo había empezado a escucharlo con incertidumbre.

Cuando llegó a casa, Daniel estaba despierto en la sala. Había dejado una lámpara encendida y sostenía un libro abierto sobre las rodillas. Laura no supo si había estado leyendo o simplemente esperando.

Laura vio el dibujo sobre la mesa y, por un instante, imaginó contarle a Daniel lo cerca que había estado de besar a Alejandro. No encontró las palabras.

—¿Todo bien? —preguntó él.

—Sí.

—Los niños ya están dormidos. Sofía dejó su dibujo en la mesa para que lo veas mañana.

—Gracias.

Daniel cerró el libro.

—No quiero discutir esta noche —dijo—. Pero tampoco quiero que sigamos haciendo como si no pasara nada.

Laura dejó las llaves en el mueble de la entrada.

—Estoy cansada. ¿Podemos hablar mañana?

Él la miró con una tristeza que no intentó ocultar.

—Eso llevamos haciendo mucho tiempo.

No añadió nada. Subió a la habitación y Laura se quedó sola frente al dibujo de Sofía: cuatro figuras tomadas de la mano bajo un sol enorme. En la parte inferior, con letras torcidas, su hija había escrito: «Mi familia».

Laura tocó el borde de la hoja. Pensó en Daniel esperándola, en Alejandro alejándose junto al automóvil, en todas las versiones de sí misma que intentaba mantener separadas. Quiso creer que todavía podía detenerse antes de causar un daño irreparable.

Cuando entró en la habitación, Daniel estaba acostado de espaldas a su lado de la cama. Laura se deslizó bajo las sábanas sin tocarlo. La distancia entre los dos no ocupaba más de unos centímetros, pero aquella noche le pareció imposible atravesarla.

Su teléfono vibró una sola vez. No necesitó mirar para imaginar de quién era el mensaje. Lo dejó boca abajo.

No se habían besado. No habían hecho promesas. Sin embargo, Laura comprendió que había llegado a la puerta de una decisión y que, hasta entonces, había dedicado más esfuerzo a justificar su presencia allí que a buscar la manera de regresar.