CAPÍTULO 11 — La promesa de una noche diferente #2
—Daniel sabe que estoy contigo.
—¿Le dijiste que venías a verme?
—Sí. Me preguntó si había algo que debiera saber.
Alejandro no abrió la carta.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no tenía nada de qué preocuparse.
Él dejó escapar el aire lentamente.
—Laura…
—Ya sé. No fue honesto.
Durante un rato se concentraron en pedir la cena. Laura eligió un plato que apenas probó. La conversación comenzó con cautela, como si ambos caminaran por una habitación oscura.
—No quiero que lo nuestro se convierta en una cadena de mentiras —dijo Alejandro.
Laura levantó la mirada.
—Ya lo es.
La frase los sorprendió a los dos por su sencillez.
—No nos hemos besado —añadió ella—. Pero le escondo a Daniel lo que hablamos, lo que espero de tus mensajes y cómo me siento cuando estoy contigo. No puedo seguir fingiendo que eso no significa nada.
Alejandro se pasó una mano por el rostro.
—Tienes razón.
—Entonces dime qué quieres.
Él tardó en responder.
—Quiero estar cerca de ti. Quiero conocerte como eres ahora, no solo como te recuerdo. Pero sé que desearlo no me da derecho a pedirte que destruyas tu vida.
—No te estoy pidiendo que decidas por mí.
—Lo sé. Y tampoco quiero que mañana sientas que te empujé a hacer algo que no querías.
Laura miró las manos de Alejandro. Eran manos conocidas y desconocidas al mismo tiempo. Recordaba haberlas tomado en la juventud, cuando ninguna decisión parecía tener consecuencias irreversibles. Ahora cada gesto pertenecía a una vida mucho más amplia.
—A veces pienso que me enamoré de un recuerdo —confesó—. Y otras veces me pregunto si lo que siento ahora es real.
—Puede ser real y seguir siendo algo que no debamos hacer.
Laura guardó silencio. Había buscado en Alejandro una respuesta que la absolviera. Él no se la ofrecía. Eso lo volvía más atractivo y, a la vez, más difícil de justificar.
El restaurante estaba lleno de conversaciones que llegaban hasta su mesa en fragmentos.
Una pareja mayor discutía sobre el destino de unas vacaciones; dos amigas reían frente a una carta de postres.
Laura observó esas escenas con una sensación incómoda de normalidad.
Desde afuera, ella y Alejandro también parecían dos personas que cenaban y hablaban de sus vidas.
La diferencia estaba en las explicaciones que habían dado para estar allí.
—¿Te acuerdas del verano en que quisimos viajar sin dinero? —preguntó Alejandro, buscando un terreno menos doloroso.
Laura sonrió antes de poder evitarlo. Habían calculado el costo de un autobús, inventado un itinerario imposible y terminado comiendo empanadas en una estación.
Durante mucho tiempo había conservado aquel recuerdo como prueba de que juntos podían convertir cualquier dificultad en una aventura.
Ahora recordó también el final: Alejandro se enfadó cuando ella pidió regresar a casa antes de lo previsto, y estuvieron dos días sin hablarse.
—Me acuerdo de que no teníamos para el hotel —dijo.
—Yo pensaba que podíamos improvisar.
—Siempre pensabas eso. Y yo era la que tenía que llamar para arreglarlo.
Alejandro bajó la vista a su vaso. No discutió. Por primera vez aquella noche, la memoria dejó de ofrecerles únicamente imágenes favorables. Laura sintió que lo conocía un poco mejor precisamente porque podía recordar algo que no le gustaba.
—No quiero que vuelvas a verme como si yo fuera la misma muchacha —añadió—. Tengo una vida completa. Y hay personas dentro de esa vida que no eligieron participar en esto.
—Lo sé —respondió él.
La cena avanzó entre recuerdos y confesiones.
Hablaron de los años que no compartieron, de las decisiones que tomaron después de separarse, de los caminos que los habían llevado hasta allí.
Alejandro le preguntó por su escritura y Laura le contó de la mujer de su historia, una mujer que regresaba a una ciudad buscando una explicación a su propia vida.
—Quizá no necesite volver para encontrarla —dijo él.
Laura sonrió con tristeza.
—Quizá.
La camarera retiró los platos y preguntó si deseaban postre.
Laura negó con la cabeza; Alejandro pidió café.
Mientras esperaban, ella observó a una pareja que trataba de recordar una dirección.
Uno buscaba algo en su cartera y el otro corregía las indicaciones sin perder la paciencia.
No había nada extraordinario en ellos. Precisamente por eso le costó apartar la mirada.
Imaginó las décadas de acuerdos, desencuentros y conversaciones que debían sostener aquel gesto insignificante.
—¿Te arrepientes de haber venido? —preguntó Alejandro.
Laura tardó en responder.
—Me arrepiento de no haber sido clara en casa.
—No te pregunté eso.
—Es la única respuesta que puedo darte sin mentirme.
Alejandro rodeó la taza con ambas manos.
Le dijo que no pretendía convertirse en un problema para su familia.
Laura sintió ganas de agradecerle la delicadeza, pero se contuvo.
Aquella afirmación sonaba responsable y, sin embargo, ambos seguían sentados allí, alimentando una intimidad que ocultaban a Daniel.
Las palabras correctas no borraban el significado de sus actos.
—No quiero que me ayudes a justificar esto —dijo ella—. Si alguna vez decido cambiar mi vida, tendrá que ser porque yo lo haya pensado de verdad, no porque una cena me haga sentir joven durante dos horas.
Alejandro asintió. No intentó acercarle la mano por encima del mantel. Esa distancia, que habría debido tranquilizarla, hizo más evidente cuánto deseaba que él la acortara.
La conversación no había resuelto nada. Permanecieron unos minutos más, conscientes de que comprender el problema no equivalía a resolverlo.
Al salir, el aire nocturno era fresco. Caminaron despacio hasta donde Laura había estacionado. A lo lejos se escuchaba el motor de un autobús y la música de un local cercano. Ninguno parecía dispuesto a despedirse.
—Deberíamos dejar de vernos así —dijo Laura.
—Probablemente.
—Y, sin embargo, no quiero irme.
Alejandro se acercó apenas. Laura notó el movimiento y no retrocedió. Durante un instante sus rostros quedaron tan cerca que el siguiente gesto parecía inevitable.