CUANDO EL AMOR VUELVE A CASA CAPÍTULO 3 — Mensajes que ya no eran inocentes #3
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CAPÍTULO 3 — Mensajes que ya no eran inocentes #3

Laura miró por la ventanilla. La luz del atardecer convertía las fachadas en superficies anaranjadas.

Había pasado una buena tarde. Nadie la había excluido de ella.

Aun así, su mente regresaba a la pregunta que Alejandro le había hecho horas antes.

Le avergonzó la facilidad con que una frase escrita por alguien ausente competía con las voces de su familia.

En un semáforo, Daniel extendió la mano y la dejó sobre la rodilla de Laura.

—Me gustó el día —dijo.

—A mí también.

—Deberíamos hacerlo más seguido.

Ella cubrió la mano de él con la suya. Pensó en el castillo de arena deshecho por las olas y en la paciencia con que Daniel había ayudado a Mateo a levantarlo de nuevo. Se preguntó cuándo había empezado a mirar esos esfuerzos como parte del paisaje, en lugar de ver en ellos una elección diaria.

Más tarde, en casa, mientras guardaba las toallas, encontró arena en el bolsillo de un pantalón infantil.

Cayó sobre el suelo del baño como una pequeña constelación.

Laura estuvo a punto de llamar a Daniel para enseñársela, como habría hecho antes.

En cambio, oyó vibrar su teléfono y dejó el pantalón sobre la tapa de la lavadora.

No era la primera vez que interrumpía algo para responder a Alejandro.

Era la primera vez que reconocía la interrupción mientras ocurría.

✦ ✦ ✦

Esa noche, después de acostar a los niños, Daniel se quedó dormido en el sofá. Laura apagó la televisión, recogió dos vasos y se llevó el teléfono al baño.

Alejandro estaba conectado.

«¿Pensaste en mí hoy?», escribió él.

Laura leyó la pregunta varias veces. Era distinta de las anteriores. No pedía información sobre su vida ni compartía un recuerdo. Le preguntaba por el lugar que ocupaba en sus pensamientos.

Pudo contestar con una broma. Pudo ignorarlo. Pudo decir que prefería mantener cierta distancia.

Escribió: «Sí».

La respuesta llegó casi de inmediato.

«Yo también pensé en ti».

Laura se sentó sobre la tapa cerrada del inodoro. El baño estaba iluminado por una luz blanca que hacía parecer más frías las baldosas. Al otro lado de la puerta, su esposo dormía después de haber pasado el día jugando con sus hijos.

«No quiero complicarte la vida», respondió Alejandro.

Ella se quedó mirando esas palabras. Quería creer que los dos eran adultos capaces de reconocer una línea antes de cruzarla. Sin embargo, ya estaba eligiendo una conversación que no se atrevería a mostrarle a Daniel.

«No eres una complicación para mí», respondió.

Envió el mensaje y sintió alivio. Solo después comprendió que aquella frase había hecho algo más que tranquilizar a Alejandro: le había dado permiso para seguir acercándose.

Cuando salió del baño, Daniel había despertado.

—¿Todo bien? —preguntó, todavía adormilado.

—Sí. Me estaba lavando la cara.

Él sonrió y extendió una mano.

—Ven. Quédate un rato conmigo.

Laura se sentó a su lado. Daniel apoyó la cabeza en su hombro y volvió a cerrar los ojos.

El teléfono permanecía tibio en la palma de su mano.

No había dejado de amar a su esposo. Esa era la parte que más le costaba entender. Podía sentir ternura por Daniel, disfrutar de sus hijos, agradecer la vida que habían construido y, al mismo tiempo, reservarle a otro hombre pensamientos que se esforzaba por esconder.

La distancia no había aparecido de golpe. Se estaba formando en momentos diminutos: una pantalla bajo la mesa, una respuesta que demoraba, una verdad contada a medias.

Laura dejó el teléfono boca abajo en la mesa de noche.

Daniel respiraba tranquilo junto a ella.

Por primera vez se preguntó qué sentiría él si pudiera leer aquellos mensajes.

Imaginó por un instante que Daniel despertaba, tomaba el teléfono y le preguntaba por qué había ocultado aquellas palabras.

Ensayó mentalmente una respuesta: eran recuerdos, nada más.

Después pensó en otra: Alejandro estaba pasando por un momento complicado.

Las explicaciones parecían razonables mientras no pronunciaba la parte que faltaba, la expectativa que sentía cada vez que veía aparecer su nombre.

Se levantó para beber agua. Desde la cocina escuchó el ruido tenue del refrigerador y, a lo lejos, un automóvil que atravesaba la calle.

Recordó la primera vez que Daniel le había confesado un error en el trabajo, años atrás.

Había llegado preocupado, temiendo decepcionarla, y ella le había dicho que prefería una verdad difícil a una tranquilidad fabricada.

Esa frase regresó ahora con una precisión insoportable.

Podía borrar el chat y fingir que no había sucedido nada.

También podía escribirle a Alejandro para establecer una distancia real.

Ninguna opción requería una escena dramática.

Bastaba una decisión pequeña y sostenida.

Laura volvió al dormitorio sin hacer ninguna de las dos cosas.

Dejó el teléfono en silencio, no apagado.

La diferencia, invisible para Daniel, era enorme para ella.

La respuesta le dio miedo.

Pero todavía no el suficiente para detenerse.