Capítulo 3 Entre dos mundos #2
La voz soltó una pequeña risa.
—Porque todavía no.
Gustavo permaneció inmóvil.
—¿Todavía no qué?
—Todavía no es momento de que sepan que pueden encontrarte.
La respuesta dejó a Gustavo en silencio.
—¿Y tú? —la pregunta salió antes de pensarlo—.
¿Eso fue lo que hiciste,
encontrarme?
El silencio duró apenas un instante.
—Yo te vi primero.
La respuesta llegó tranquila.
Casi amable.
Y precisamente por eso resultó inquietante.
Gustavo tragó saliva.
—Eso no responde mi pregunta.
La voz dejó escapar una risa.
—No.
Pero es la respuesta que vas a tener.
Durante unos días todo pareció seguir igual.
Pero las apariencias suelen durar poco.
Cuando Gustavo salió de la oficina,
algo en el mundo se había ajustado,
como si alguien hubiera girado una perilla invisible:
las voces un poco más agudas,
las sombras un poco más densas.
Fue apenas un instante —el tiempo suficiente para notar que ya no caminaba solo por esa calle—
antes de que todo volviera a su cauce habitual.
Gustavo comenzó a tomar calles que nunca recorría.
No lo decidió.
No como decisión consciente:
simplemente sus pasos cambiaron,
antes que su mente.
Giraba sin pensarlo.
Elegía rutas que no reconocía como propias,
como si algo en él supiera a dónde ir
y él solo siguiera.
Atravesaba barrios que siempre había evitado,
zonas donde la luz no iluminaba.
Solo revelaba.
Las lámparas de los negocios parpadeaban.
No por falla.
Como si dudaran en mantenerse encendidas.
El olor era pesado:
aceite quemado,
humedad atrapada,
basura vieja acumulándose en las esquinas.
Todo mezclado.
Todo estancado.
Cada paso incómodo,
fuera de lugar.
Y aun así,
inevitable,
como si el camino ya hubiera sido trazado mucho antes de que él siquiera pensara en caminarlo.
Hasta que llegó.
No hubo transición.
No hubo aviso.
Solo el lugar.
Un edificio bajo,
ancho,
aplastado contra el suelo,
encajado entre construcciones viejas,
como si estuviera ahí desde antes que todo lo demás.
No tenía ventanas visibles.
Nada que permitiera ver hacia dentro.
Nada que permitiera salir.
Las paredes manchadas,
oscuras,
no recientes,
no accidentales,
como si el tiempo hubiera intentado borrarlas
y no hubiera podido.
En la entrada,
veladoras.
Demasiadas.
Las llamas inestables,
temblando sin apagarse,
como si resistieran algo.
La cera derretida se había acumulado en capas sobre el concreto,
formando relieves irregulares,
como si el lugar hubiera sido alimentado con eso durante mucho tiempo.
El viento pasaba,
pero no dominaba.
No apagaba.
Solo hacía vibrar las llamas,
y con ellas las sombras,
que no se comportaban del todo bien.
Que no seguían del todo a la luz.
Como si se movieran por su cuenta.
En el suelo,
símbolos.
Pintados.
Marcados.
Con algo oscuro,
no claramente pintura.
El aire,
diferente.
Más denso,
más cerrado.
Cada respiración raspaba la garganta,
el pecho,
como si el aire no estuviera hecho para ser respirado.
Como si estuviera ocupado.
Y aun así,
Gustavo no retrocedió.
No todavía.
—Aquí no... —susurró—.
No pienso entrar.
La voz respondió.
Calma.
Ligera.
Casi divertida.
—Claro que sí.
Has visto ángeles caídos,
Gus —sonrió—.
Esto es solo... una consecuencia.
Gustavo permaneció inmóvil.
Quería darse la vuelta,
olvidar aquel lugar,
fingir que nunca había estado ahí.
Pero la curiosidad llevaba demasiado tiempo ganándole al miedo.
Ya había llegado hasta ese punto.
Retroceder dejó de ser una opción.
Al cruzar,
el olor lo golpeó directo.
Cera quemada,
pegada al aire.
Humedad vieja,
atrapada en muros que no respiraban.
Y algo más.
Más profundo.
Más difícil de nombrar.
Rancio,
como materia que lleva demasiado tiempo sin moverse.
El tipo de olor que no desaparece aunque abras puertas,
aunque entre el aire,
porque no está en el ambiente.
Está impregnado en el lugar.
En las cosas.
En lo que ocurrió ahí.
Las figuras humanas,
dentro,
se movían lento.
No arrastrándose,
no caminando:
deslizándose,
como si el tiempo para ellos fuera distinto.
Algunos murmuraban oraciones,
o algo parecido.
Palabras que Gustavo no entendía,
no porque fueran otro idioma,
sino porque no estaban hechas para ser entendidas.
Se mezclaban,
superpuestas,
formando un zumbido bajo,
constante,
vibrando en las paredes,
en el piso,
en su pecho.
Nadie lo miraba directamente.
Pero todos sabían que estaba ahí.
Se sentía en la forma en que se movían,
en la forma en que evitaban cruzar su camino,
como si su presencia no fuera casual.
Al fondo,
la figura.
Dominando el espacio.
No decorando.
Imponiéndose.
La representación de la muerte,
pero no como símbolo.
Como algo más cercano.
El esqueleto enorme no era limpio,
no era blanco:
el hueso opaco,
manchado,
como si hubiera absorbido todo lo que lo rodeaba.
Las cavidades profundas,
vacías,
pero no huecas.
Había algo ahí.
No visible.
Pero presente.
Como si la oscuridad dentro mirara de regreso.
Las flores,
marchitas,
quebradizas,
colgaban aferradas,
como si no quisieran soltarse.
Las veladoras,
consumidas hacía tiempo.
Las ofrendas se habían acumulado sin orden:
monedas,
fotografías con rostros detenidos en el tiempo,
miradas que ya no estaban,
botellas abiertas,
algunas a medio terminar,
otras vacías,
como si alguien aún viniera a dejar algo.
A pedir algo.
A negociar algo.
La figura no se movía.
Y aun así,
pesaba más que cualquier cosa en ese lugar.
Gustavo no podía apartar la mirada.
No porque quisiera.
Porque algo lo sostenía ahí.
Observando.
Sintiendo.
La sensación no era miedo inmediato.
Era algo más lento,
más profundo,
como si esa cosa no fuera amenaza.
Fuera certeza.
Como si no viniera a hacer daño.
Viniera a recordar que todo termina ahí.
Y por un instante Gustavo lo sintió.
No como pensamiento.
Como experiencia.
El cuerpo más pesado.
La respiración más corta,
como si el aire no alcanzara para alguien que ya había sido visto.
La mirada vacía no apuntaba a un punto.
Atravesaba el cuarto,
las personas,
las paredes.
Y a él.
Como si no importara dónde se colocara.
Siempre iba a encontrarlo.
La marca en su hombro ardió.
No como antes.
Más profundo.
El calor no estaba en la piel.
Estaba debajo,
extendiéndose,
abriéndose paso por su espalda,
como si algo lo estuviera marcando desde adentro,
como si la carne recordara algo que él no.
El dolor subió,
rápido,
brusco,
como un hierro al rojo vivo presionado contra él.
Gustavo retrocedió,
el cuerpo reaccionando.
—No soy como ellos... —la voz tensa—.
No quiero esto.
La respuesta llegó sin prisa,
sin presión.
—No quieres respuestas.
Pero las necesitas.
Gustavo levantó la mirada.
La figura seguía ahí.
Inmóvil.
—No me arrodillaré ante ti... —dijo,
más firme—.
Si es lo que buscas.
—De rodillas... —más bajo—
solo ante Dios.
La voz se deslizó,
fría,
cerca.
—No te pido devoción.
Solo reconocimiento.
El aire se cerró un poco más.
Más difícil de respirar.
—Debiste haber muerto hace mucho tiempo... —continuó—.
Y yo... lo he evitado.
Las palabras no pasaron.
Se hundieron directo en su mente.
Y entonces las imágenes.
No recuerdos.
No del todo.
Fragmentos desordenados:
un coche frenando a centímetros,
el sonido demasiado fuerte,
la cercanía demasiado real.
Una caída.
Escalones.
Golpes.
Y el final que no llegó.
Una bicicleta,
el asfalto,
la velocidad,
el impacto que debió ser distinto.
Momentos que siempre había llamado suerte.
Casualidad.
Coincidencia.
Ahora no.
—¿Fuiste tú...? —la voz quebrada—.
¿Tú lo evitaste?
El aire le faltó un instante.
—¿Qué quieres de mí?
El silencio cayó.
No natural.
Incluso el murmullo se apagó,
como si el lugar también escuchara.
Y entonces la respuesta.
Directa.
Peligrosa.
—Que sobrevivas.
No hubo eco.
No hizo falta.
El peso se instaló en su pecho.
—Y para eso... —continuó—
necesitas un aliado que no juegue a ser bueno.
Gustavo respiró.
Forzó el aire.
Quemando.
Los pulmones ardiendo.
—Tengo claro que no eres bueno... —respondió,
con una leve curva en la voz,
casi ironía—.
Tú buscas algo,
y tengo la extraña sensación —más bajo—
de que no es correcto.
La voz no se molestó.
Al contrario.
—¿Correcto...? —un eco leve,
casi una risa—.
Veo que tu ironía y tu sentido del humor siguen intactos.
Gustavo no respondió.
No de inmediato.
Algo se movía dentro de él.
No era fe.
No era miedo.
Era otra cosa.
Más silenciosa.
Más peligrosa.
Curiosidad.
La necesidad,
no de huir.
De entender.
Ese mundo ya no era ajeno.
Se estaba abriendo.
Frente a él.
Dentro de él.
—No me arrodillaré ante ti... —dijo al final,
la voz firme,
aun con el cuerpo tenso—.
Pero si este es tu mundo,
entonces explícame qué estoy viendo.
El silencio permaneció.
Expectante.
—Quiero entender —más bajo,
más honesto—.
Quiero saber qué hay detrás de todo esto.
Sus ojos no se apartaron de la oscuridad.
—Y si ese conocimiento tiene un precio,
dime cuál es.
La palabra quedó suspendida.
Precio.
No como una metáfora.
Como una condición.
—Pero no confundas interés con obediencia —añadió—.
Porque no son lo mismo.
El silencio no respondió.
Pero tampoco negó.
Cuando salió,
el mundo no era el mismo.
Más nítido.
Los sonidos,
más agudos,
cortando el aire.
Los colores,
demasiado definidos,
como si nada pudiera ocultarse.
El aire nocturno,
frío,
entraba en sus pulmones con una claridad incómoda.
Todo demasiado real.
Más cruel.
Y por primera vez no tuvo la sensación de estar observando.
Sintió que era observado,
desde algún punto no visible pero preciso.
Una presencia elegante —no por forma,
por intención—,
paciente,
sin prisa.
Sonriendo.
No ocultándose.
Esperando.
Gustavo aún no lo sabía,
pero algo ya había cambiado.
No hubo palabras.
No hubo firma.
No hubo acuerdo declarado.
Pero sí una decisión.
Y eso fue suficiente.
Había cruzado.
No un lugar.
Un límite.
Y ahora no pertenecía del todo.
Ni al mundo que caminaba bajo sus pies.
Ni al que respiraba debajo de todo.
Estaba—suspendido.
Para siempre.
Entre dos mundos.