Capítulo 3 Entre dos mundos
Estaba, para siempre, entre dos mundos.
Nunca fue uno solo.
Gustavo no recordaba cuándo empezó.
No había una fecha.
No había una noche específica.
No había un momento claro que pudiera señalar y decir: aquí.
Simplemente, un día ya no fue igual.
Desde hacía días el mundo no se sentía completo.
No era distinto a simple vista:
las calles, las personas, los sonidos,
todo seguía ahí.
Pero algo no encajaba.
Era como si la realidad tuviera capas superpuestas,
mal ajustadas.
Una superficie delgada,
sosteniéndose apenas,
estirada al límite,
como si en cualquier momento fuera a ceder.
Y debajo,
algo más.
Siempre ahí.
Esperando.
A veces lo sentía.
No todo el tiempo.
No cuando estaba atento.
Ocurría en descuidos,
en pausas,
en esos momentos donde la mente se relaja y deja de defenderse.
Entonces la sensación regresaba,
como si pudiera tocarlo,
como si al extender la mano la realidad se rasgara.
No como tela.
Como papel húmedo.
Frágil.
Inestable.
No era algo que controlara.
Era algo que lo encontraba.
Como una enfermedad silenciosa que no llega de afuera,
que ya está dentro,
esperando.
Y cuando se manifiesta,
no avisa.
Caminando por la calle,
por ejemplo.
Todo parecía normal,
hasta que dejaba de serlo.
El aire comenzaba a ondular.
No como calor,
no como humo.
Era más sutil.
Más incorrecto.
Como si el espacio no estuviera bien alineado.
Algunas personas lo distorsionaban:
a su alrededor el aire vibraba,
ligero.
Otras no.
Otras eran... planas.
Gustavo las miraba y algo no respondía.
No había profundidad.
No había eco.
Era como ver un cuerpo sin presencia,
como si detrás no hubiera nada.
El estómago se le contraía,
no de golpe,
de adentro hacia afuera:
una náusea leve,
persistente,
como si su cuerpo rechazara algo.
No comida.
No enfermedad.
Información.
Algo que su mente aún no sabía acomodar.
Y aun así,
ya estaba entrando.
En ocasiones,
al recargarse en una pared,
lo sentía.
El concreto no era solo concreto.
Estaba frío,
sí,
pero no vacío.
Había algo más.
No era una idea,
no era imaginación:
era memoria.
La superficie contra su espalda pulsaba,
apenas,
como si guardara algo.
Historias.
Fragmentos.
Restos de algo que había pasado ahí.
No veía imágenes claras,
pero lo sentía:
emociones ajenas,
viejas,
deslizándose por su mente sin permiso,
sin orden.
Un peso real,
como si por un instante su cuerpo recordara algo que nunca vivió.
El concreto vibraba.
Muy poco.
Casi nada.
O tal vez era su pulso,
amplificado,
confundido.
Ya no podía distinguir.
Y eso era lo peor.
Los reflejos tampoco eran confiables.
En los cristales algo no encajaba:
a veces su movimiento no coincidía,
un gesto apenas desfasado;
otras,
el rostro —el suyo,
pero no del todo—
llegaba tarde en una sonrisa,
o parpadeaba fuera de ritmo.
Un segundo de diferencia.
Nada evidente,
nada que alguien más notaría.
Pero él sí.
Siempre él.
Y eso era lo que más lo perturbaba:
no lo que veía,
sino lo que no coincidía.
La sensación persistente de que el mundo no estaba sincronizado.
Ni consigo mismo.
Ni con él.
Lo más inquietante no era el aire.
No eran los reflejos.
Era la gente.
Cuando hablaba con alguien,
algo no coincidía:
escuchaba dos voces.
La que salía por la boca.
Y otra,
más baja,
más cercana —no en sus oídos,
en su mente—,
desordenada,
hecha de fragmentos superpuestos:
susurros,
miedos que no se decían,
deseos que no encajaban con lo que mostraban,
intenciones envueltas en cortesía.
Y todo llegaba al mismo tiempo.
Sin filtro.
Sin permiso.
Cuando pasaba,
el cuerpo reaccionaba.
El pecho oprimido,
la respiración cortándose,
el aire pesado,
como si ya no fuera suficiente.
No ocurría con todos,
pero cuando pasaba no había duda:
la diferencia era brutal.
Demasiado clara.
Respiraba profundo,
parpadeaba,
y entonces todo volvía —el ruido de la ciudad,
las voces,
el movimiento,
el mundo reacomodándose—,
pero no igual.
Porque algo ya se había filtrado.
Y ahora no podía ignorarlo.
—No estoy imaginándolo... —murmuró.
No como afirmación.
Como súplica.
El día que pasó frente a la casa abandonada,
era un lugar conocido.
Siempre había estado ahí,
encajado entre construcciones más nuevas,
más limpias,
más vivas.
Ventanas rotas.
Cristales ausentes.
Puertas selladas.
Grafitis acumulados sobre capas de pintura vieja.
Nada especial.
Nada que obligara a detenerse.
Hasta ese día.
El aire frente a la entrada no era igual.
No más oscuro,
no más frío:
distinto.
Más denso,
como si algo invisible ocupara ese espacio,
como si el aire no estuviera vacío,
como si algo respirara ahí.
Más lento.
Más pesado.
Respirar requería esfuerzo.
Un frío húmedo se deslizó bajo su camisa,
pegándose a la piel.
No superficial.
Adentro.
Como si el cuerpo lo reconociera antes que la mente.
Y entonces la sensación:
clara,
inmediata,
innegable.
Alguien estaba ahí.
No dentro.
No al fondo.
Justo detrás de algo que no podía ver.
Gustavo se detuvo.
Sin decidirlo.
El cuerpo lo hizo.
Un escalofrío subió por la nuca,
descendió lento,
recorriendo la columna hasta quedarse en la base de la espalda.
—No te acerques... —susurró,
más para sí mismo,
retrocediendo un paso.
La risa no se escuchó.
Se sintió.
Rozando su mente.
Desde adentro.
—Curioso... —la voz,
calma,
demasiado—.
Pensaste lo mismo la primera vez que soñaste conmigo.
La mandíbula se tensó.
El sabor metálico llegó,
instantáneo,
como si la sangre recordara algo antes que él.
—No te he llamado.
—Nunca lo haces... —respondió,
sin prisa—.
Y aun así,
aquí estoy.
El edificio no se movió,
pero algo no encajaba:
la perspectiva,
las líneas,
como si estuviera ligeramente inclinado,
como si la realidad alrededor no terminara de sostenerlo bien.
—¿Qué hay en ese lugar?
La pregunta salió antes de poder detenerla.
La respuesta no.
Llegó envuelta,
pesada,
con una sonrisa que no veía pero sentía.
—Sabes perfectamente qué hay en ese lugar... Libera tu mente.
El aire se cerró un poco más.
Solo un instante.
Desde ese día dejó de ser una sensación aislada.
Las presencias comenzaron a aparecer.
No de golpe,
no todas,
pero sí cada vez más claras,
más cercanas,
más conscientes.
No eran como las sombras de su casa:
aquellas pequeñas,
ágiles,
desordenadas,
casi juguetonas en su movimiento.
Estas no.
Eran más definidas.
Tenían forma humana.
Lo suficiente.
Pero algo no encajaba:
los brazos demasiado largos,
desproporcionados,
colgando más de lo que deberían.
Las articulaciones incorrectas —a veces demasiado fluidas,
como si no tuvieran fricción;
otras rígidas,
forzadas,
como si el cuerpo no supiera cómo moverse—.
El equilibrio no correspondía.
Se sostenían,
pero no de forma natural,
como si imitaran algo que no terminaban de entender.
Eran eso.
Imitaciones.
Mal hechas.
Peligrosas por eso.
Una noche,
de regreso a casa,
lo vio.
Al final de la calle,
bajo una lámpara que fallaba,
encendiéndose,
apagándose,
sin ritmo.
La figura,
de espaldas,
inmóvil.
Pero no quieta.
Murmuraba un sonido bajo,
irregular.
No era una oración.
No era lenguaje.
No era algo humano.
Era otra cosa.
Como un lamento comprimido,
contenido.
El aire alrededor vibraba,
no fuerte,
pero constante.
Y el cuerpo de Gustavo reaccionó.
Antes que él.
El instinto gritó:
aléjate.
Intentó hacerlo.
Retroceder.
Girar.
Salir de ahí.
Pero el pie falló.
Golpeó una botella de vidrio.
El estallido fue seco,
brusco,
demasiado fuerte para ese momento,
para ese lugar.
La figura se detuvo.
Y giró.
Lento.
Incorrecto.
Sus ojos no tenían blanco.
No había contraste.
Eran opacos,
como vidrio empañado desde dentro.
Como si algo mirara pero no desde ahí.
El estómago se le vació de golpe.
Las piernas no esperaron.
Corrió.
Sin pensar.
Las luces comenzaron a apagarse.
Una.
Luego otra.
Luego otra.
No como falla.
Como decisión.
Como si alguien las apagara desde arriba.
El mundo se cerró.
Se estrechó,
hasta volverse un túnel oscuro,
sin salida clara.
Corrió hacia la única luz que seguía ahí.
Su respiración ardía,
rasgando la garganta.
El pecho dolía,
como si no fuera suficiente.
La sangre golpeaba en las sienes,
marcando cada paso,
cada latido.
Miró al suelo.
Y entonces lo vio:
su sombra no era suya.
No del todo.
Se alargaba,
deformándose.
Un brazo extendiéndose más de lo posible,
más de lo real.
No coincidía.
No debía estar ahí.
La sombra se movió por su cuenta.
Intentó tocarle el talón.
Gustavo corrió más rápido.
Sin mirar atrás.
Solo la luz.
Solo llegar.
Solo salir.
Cuando cruzó bajo la lámpara,
se giró de golpe.
No había nada.
La calle vacía.
Quieta.
Normal.
Pero algo lo atravesó.
No aire.
No viento.
Algo más.
No frío,
no calor:
tristeza.
Pesada.
Antigua.
Como si por un instante hubiera sentido el peso de algo roto desde hace mucho.
Se dobló apenas.
Sin caer.
—Eso... —jadeó,
la voz quebrada—.
Eso no era un demonio.
—Bien hecho... —respondió la voz—.
Aprendes rápido.
Gustavo tragó saliva.
—¿Qué era?
Silencio.
No largo.
Pero suficiente.
—Un ángel.
O lo que queda de uno.
El mundo no se movió.
Pero algo en él sí.
—Están...
No terminó.
No hacía falta.
—Aquí.
Siempre han estado —respondió la voz—.
Tú solo acabas de abrir los ojos.
Esa noche Gustavo entendió algo más.
No completamente.
Pero lo suficiente:
no estaba solo.
No como pensaba.
No como cualquiera lo entendería.
Había algo más.
Mucho más.
Y ahora ya no podía dejar de verlo.
Cada vez que una presencia oscura se acercaba demasiado,
algo la detenía.
No podía verlo.
Pero lo sentía:
una presión opuesta,
empujando,
conteniendo,
como si alguien reclamara aquel espacio antes que los demás.
Como si hubiera reglas que Gustavo desconocía.
Y él estuviera justo en medio.
—¿Eres tú...? —preguntó.
La habitación permaneció en silencio unos segundos.
Después llegó la respuesta.
—Sí.
Simple.
Sin orgullo.
Sin necesidad de ocultarlo.
Gustavo tragó saliva.
—¿Qué estás haciendo?
La risa apareció cerca.
Demasiado cerca.
—Evito que se acerquen.
Gustavo frunció el ceño.
—¿Quiénes?
El silencio volvió por un instante.
—Los que están mirando.
Gustavo sintió nuevamente aquella presión.
Esta vez,
más fuerte,
como si algo hubiera intentado acercarse y hubiera encontrado una barrera.
—¿Tú los estás alejando?
—Sí.
—¿Por qué?