Epílogo — Patxi
—Una de calamares a la romana y otra de pulpo.
—¿Unas tapas? —preguntó el camarero.
—No te rías de mí, por favor. Unas buenas raciones.
Hice un gesto como si agarrara un plato grande. El camarero me miró como habría mirado a un extraterrestre que acabara de entrar por la puerta.
—Están pensadas para compartir —insistió.
—Tienes razón, las compartiré con un tazón de albariño de la casa.
Esperé la comanda sentado en la terraza que se elevaba un metro y medio sobre el paseo marítimo. A pocos metros comenzaba la playa y al fondo veía el mar. Una rampa de cemento atravesaba la playa desde el paseo para poder botar las embarcaciones.
El pedido no me lo sirvió el camarero de la barra.
—Aquí tienes, Patxi. Has dejado al pobre Paco escandalizado. Ha entrado a la cocina hablando de un gigante loco que quería meterse dos raciones completas él solo.
Me levanté para saludar con un abrazo al dueño del establecimiento.
—¿Y has atado cabos, no? Al final me vas a quitar el puesto.
—Deja, deja. El otro día te vi por la tele .
—Espero que me sacasen por mi lado bueno.
Mi teléfono sonó. Era Pedro. Mi anfitrión se retiró discretamente al interior.
—Buenas tardes, Patxi —saludó alegre.
—Lo estaban siendo. Dime que me llamas para desearme unas tranquilas vacaciones o lanzo el teléfono al mar. Lo tengo tan cerca que creo que llego.
—Puedes estar tranquilo.
Miré las dos fuentes que acababan de dejar sobre la mesa. Los calamares humeaban y el pulpo sobre unas patatas cocidas brillaba bajo una cantidad de pimentón picante y aceite que habría hecho llorar a cualquier cardiólogo.
—Eso me dijiste la última vez que me llamaste estando de vacaciones.
—No es verdad.
—Tienes razón. La última vez ni siquiera me llamaste tú.
Pedro rio al otro lado del teléfono.
—¿Dónde estás? ¿En Galicia?
—En Galicia —confirmé—, sentado frente al mar y a punto de hacer algo que ningún nutricionista aprobaría.
—¿Comerte uno de tus famosos bocadillos de chorizo y mortadela?
Esta vez el que rio fui yo.
—Si cambiamos el pan por doble ración de patatas cocidas, la mortadela por unos calamares a la romana con limón y el chorizo por un pulpo, que me trata de usted…
—Entonces te pillo ocupado.
—Un poco. Así que habla rápido.
—Vale, vale. En los túneles, tal y como habías adelantado, no se encontró nada y por el momento parece que lo que inventaste funciona.
Aunque tenía mis dudas, si te soy sincero.
Eso de que lo único que recordaba Zuriñe era que la habían transportado en una furgoneta, tanto en la ida como en la vuelta, y que no tenía ni idea de dónde estaban los otros…
—Siempre te lo he dicho: cuanto más simple la explicación, más verosímil. Pero si prefieres, comparto los informes de Ernesto Muñoz y los míos propios con mi contacto de la prensa.
—Deja, deja. Los ciudadanos de a pie no están preparados para la verdad. Pero creo que está todo un poco cogido con pinzas, Patxi.
—Claro que está cogido con pinzas. Todas las historias lo están si empiezas a tirar de los hilos adecuados. El truco está en que nadie tenga motivos para hacerlo.
—Nueve chavales siguen desaparecidos. Motivos no faltan.
—Para buscarlos, sí. Para pensar que una especie de monstruo negro los encerró debajo de un pueblo y se alimentó de ellos, no.
Hubo unos segundos de silencio.
—Dicho así suena todavía peor —reconoció.
—Te lo advertí.
Cogí uno de los calamares y tuve que cambiar el teléfono de mano para no llenarlo de aceite.
—La gente buscará una furgoneta —continué—. Revisará cámaras, matrículas, carreteras y áreas de servicio. Algunos dirán que Zuriñe recuerda más de lo que cuenta. Otros que está traumatizada. Dentro de unas semanas aparecerá otra noticia y dejarán de hablar del asunto.
—Qué poca fe tienes en la humanidad.
—Trabajo en la policía. Como tú mismo me dijiste cuando entré en la unidad: «es deformación profesional». ¿Recuerdas el primer caso en el que trabajamos juntos ?
—¿El de la mujer que se dio a la fuga de su marido porque no soportaba seguir viviendo con él?
—¡Exacto! No sé si te da para ello la memoria, pero había quienes bromeaban con que se había esfumado por arte de magia. También revisamos uno por uno todos los barrotes de las ventanas para ver si habían sido cortados y soldados nuevamente.
—Sí, y resultó que se fue por la puerta y cerró con una llave nueva que había pedido hacer en la ferretería de la esquina.
—Más sencillo que el mecanismo de un chupete.
—Vale, vale, tu embuste es una genialidad —aceptó—. Y sobre el informe extraoficial… Confío en ti y en tu instinto. Creo que hasta la fecha hemos visto de todo, pero es la primera vez que damos por buenos los testimonios sin pruebas sólidas.
—¿Tú te has leído los informes del equipo canino? No confío en las personas, pero me jugaría la vida a que esos perros no se equivocan.
Mi superior se quedó en silencio por unos segundos.
—Disfruta de las vacaciones, Patxi.
—Esa era mi intención antes de que llamaras.
Colgué.
El dueño apareció en la puerta y señaló mi mesa.
—Como dejes enfriar esos calamares después del espectáculo que has montado, te echo del local.
Guardé el teléfono en el bolsillo y levanté el tazón de albariño.
—Tranquilo. Hoy no tengo intención de dejar que nada se enfríe.