Cuando despierta el silencio 30 — Josu
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30 — Josu

El cuatro de marzo, en aquella habitación aséptica del hospital, vi por última vez a mi amona.

En ese momento ni me lo imaginé, pero cuando más tarde pensé en ello, tenía claro que nos había hecho abandonar la habitación para que no tuviéramos que presenciar cómo se marchaba.

Ella había decidido que fuese la anciana que tenía sentada frente a mí la que compartiese aquellos últimos instantes junto a ella.

—Este guiso está delicioso, Eugenia —le dije—. Como siempre.

—Sí, algún día tendrás que darnos la receta —añadió mi madre.

—No hay receta —me susurró Zuriñe, que estaba sentada a mi lado.

—¿Cómo que no hay receta? Lleva un poco de agua, un chorrito de vino tinto, un buen pedazo de ternera…

—Y todas las verduras de la comarca —la cortó entre risas su hijo.

—No exageres, Gorka. Hoy no he puesto nabo.

—Entonces es un guiso ligero —sentenció Miguel.

Zuriñe soltó una carcajada a mi lado. Me sorprendió escucharla. No porque no hubiese reído desde que regresó, sino porque aquella fue la primera vez que me pareció una risa de verdad, de las que empiezan antes de que uno pueda decidir si quiere reírse.

—Por cierto —dijo ella—, a partir de hoy queda prohibido preguntarme cada cinco minutos cómo estoy.

Miguel dejó la cuchara sobre el plato.

—¿Y cómo estás?

Su hermana extendió el brazo por detrás de mí y le dio un golpe en la cabeza.

—Eres idiota.

—Eso significa que está mejor —intervino Gorka—. Hace una semana ni siquiera tenía fuerzas para pegarte.

—No le des ideas —protestó Miguel.

Sonia negó mientras sonreía. Mi ama, sentada junto a ella, llevaba un rato riéndose con aquella familia como si fuese la suya. En realidad, después de tantos años, ya lo era.

Argi dormitaba a los pies de Zuriñe. Durante los primeros días después de su regreso había rehuido su contacto como lo había hecho con Miguel cuando salíamos a pasear: la olisqueaba con recelo y se alejaba cuando intentaba acariciarla.

Ahora, en cambio, no se separaba de ella y levantaba la cabeza cada vez que movía la cuchara.

Durante unas horas nadie habló de hospitales, policías, desapariciones ni funerales. Zuriñe protestó porque Eugenia intentó servirle por tercera vez.

—Estás escuálida, tienes que alimentarte.

Me limité a escucharlos.

Amona habría disfrutado de aquello.

Era domingo, dieciséis de marzo, y mi ama y yo nos habíamos juntado con nuestro otro pedazo de familia para comer.

Era una comida de celebración por la vuelta a casa de la hermana de mi amigo, pero también una despedida: la de mi amona.

A ella le hubiese gustado que la despidiéramos así: todos juntos, riendo y festejando.

—Cuando uno se va, se le ha de despedir correctamente. Recuerda que lloramos por los que nos quedamos para apagar nuestras penas, pero una vez hemos terminado, no hay nada que pueda hacer más feliz a un muerto que ver a su familia y amigos felices.

Fue ella la que me dijo esas palabras unas semanas después de haber muerto mi aita.

Todos los presentes habíamos derramado ya suficientes lágrimas durante las últimas semanas como para habernos deshidratado.

El día del funeral acompañé a mi madre a la primera fila de la iglesia.

Y ahí la había dejado junto a Eugenia. Las dos lloraban sin siquiera poder abrir los ojos.

Yo salí a la entrada a esperar el coche fúnebre.

Junto a Gorka y Miguel portaría el féretro de mi amona.

Busqué con la mirada a quien sería el cuarto integrante de esa comitiva.

No me costó encontrarle apoyado contra la pared junto a la entrada. Me acerqué a él.

—Necesitamos un cuarto hombro que nos ayude a llevarla —le pedí conteniendo las lágrimas.

—¿Y crees que ella lo hubiese aprobado?

—Te pidió que te quedaras para escuchar su historia. Seguro que estaría encantada.

Me tomó del hombro y se nos unió.

Cuando llegó el coche, los cuatro ocupamos nuestros lugares alrededor del féretro. Gorka y Patxi se colocaron delante; Miguel y yo, detrás. Durante unos segundos ninguno supo exactamente qué hacer hasta que uno de los empleados nos indicó cómo levantarlo.

Pesaba. Mucho más de lo que esperaba.

Noté enseguida la mano de Miguel sujetándome el brazo para ayudarme a colocarlo bien sobre el hombro. No dijo nada. Tampoco hacía falta.

Caminamos despacio hacia la iglesia. Yo mantuve los ojos clavados en la espalda de Gorka porque sabía que, si miraba hacia los bancos, acabaría encontrándome con mi ama y no estaba seguro de poder continuar andando.

Patxi tampoco levantó la cabeza en todo el recorrido.

No había vuelto a ver al ertzaina desde ese día. Eugenia lo había invitado a la comida, pero se había tomado unos días de vacaciones en Galicia.

Cuando apenas quedaba comida en los platos, Eugenia volvió a levantarse para comprobar la cazuela.

—Ni se te ocurra —le advirtió Zuriñe—. Como intentes servirme otra vez, me vuelvo al hospital.

—Allí comías peor.

—Eso no significa que tenga que recuperar en dos semanas todo lo que no comí en un mes.

Hubo unos segundos de silencio. Muy pocos, pero suficientes para que todos recordáramos de qué mes estaba hablando.

Miguel fue quien lo rompió.

—Yo puedo ayudarte.

—Tú no necesitas ayuda para comer.

Las risas regresaron enseguida.

Eugenia levantó su vaso.

—Bueno. Ya que estáis todos aquí …

Nadie necesitó preguntarle qué quería decir.

—Por Nekane —dijo.

Levanté el mío.

—Por amona.

Zuriñe alzó también su vaso.

—Y por estar aquí —añadió.

—Por estar aquí —repetimos todos.

Bebimos. No hubo discursos ni silencios incómodos después. Gorka volvió a meterse con el guiso, Sonia empezó a recoger los platos y Miguel intentó desaparecer en cuanto vio que alguien iba a necesitar ayuda.

—Ni se te ocurra —le dijo su hermana, señalándole su plato.

—Tengo una lesión.

—¿Dónde?

—En la voluntad.

Zuriñe puso los ojos en blanco, recogió varios platos y se levantó.

Yo cogí los que quedaban frente a mí y la seguí hasta la cocina. Nos afanamos en la tarea de fregar platos y cazuelas.

Desde que había vuelto, no habíamos tenido oportunidad de hablar a solas. Me aseguré de que no hubiera nadie más en la estancia.

—Zuri, quería hablar sobre lo que te pasó.

—Ya lo has leído. Y si no, seguro que te lo ha contado Miguel.

—Me refiero a lo que de verdad te pasó.

Sus facciones se ensombrecieron, pero insistió.

—Lo que has leído…

—Mi amona pasó por lo mismo. Ella me lo contó todo: la oscuridad, el silencio, el trato …

Juraría que estuvo a punto de echarse a llorar, pero aun así siguió con la versión oficial.

—No sé de qué hablas, enano.

—No es necesario que hablemos ahora. Simplemente quiero que sepas que, dentro de diez, once, doce o quince años, cuando esa cosa vuelva, si necesitas hablar con alguien, aquí estaré. Yo te creeré.

Se quedó mirando el plato que tenía entre las manos. Durante unos segundos solo se escuchó el agua cayendo sobre el fregadero.

—Puede que para entonces seas un viejo insoportable —murmuró.

—Tendré veinticinco o treinta años.

—Lo dicho. Un viejo.

Sonreí, pero ella no lo hizo.

—No quiero que tengas que pasar por lo mismo que mi amona —añadí—. Ella estuvo toda su vida esperando que alguien la creyera sin tener que demostrar nada.

No volvió a protestar. Dejó lo que estaba haciendo. Me abrazó, aún con las manos chorreando, y me besó en la mejilla.

—Gracias, hermanito.

Se marchó dejándome a solas.

—Gracias a ti —susurré.