Cualquier destino menos contigo Epílogo
100%

Epílogo

Dahlia

U N AÑO DESPUÉS

DAHLIA HARRIS E ETHAN ADAMS, DESAPARECIDOS DEL MAPA

Desde la fiesta en la que algunos testigos los vieron irse juntos (hace mucho tiempo) no se ha vuelto a ver a nuestra pareja favorita del momento.

Espera, ¿son pareja? ¿Acaso es otra estratagema?

El caso es que… ¡¡nos encanta el misterio y nos encantan ellos!

! Pero la pregunta del millón es: ¿tendrán su final feliz?

Corro de un lado a otro sin saber adónde voy.

Hoy es el día más importante de mi vida. Todo tiene que salir bien.

Me permito mirarme en el espejo para observar el hermoso vestido blanco que se ajusta perfectamente a mi cuerpo. Es hecho a medida, diseñado por mí. Puede que sea mi mejor creación hasta la fecha. Y la más especial.

A Ethan le gusta decorar sus brazos y su pecho con tinta, a mí también me gusta la idea de expresar una historia. Este vestido cuenta la mía.

—Diez minutos. —La cabeza de Maia se asoma por la puerta del camerino sin ni siquiera molestarse en llamar. Yo asiento con la cabeza, incapaz de articular palabra—. Estás preciosa, Dahlia. Estoy muy feliz por ti.

No me resisto a ir hacia ella y darle un abrazo, sin importarme que el vestido pueda arrugarse. Ahora solo quiero abrazar a mi mejor amiga.

Hace un año le conté el rumbo que quería tomar con mi carrera y con mi vida, porque eso también supondría un gran cambio en la suya. Recibió la noticia con los brazos abiertos y la celebró como si también fuera su sueño. Como aquella primera vez cuando nos conocimos.

La obligué a abandonar el pequeño despacho de la empresa en la que estaba e independizarse profesionalmente, puesto que con los ingresos que genero y siendo mi única agente puede permitírselo.

Además, le pedí que dejara su diminuto estudio y se mudara conmigo al apartamento que he comprado a las afueras de Nueva York.

Es un barrio tranquilo y reservado y nuestras noches se han convertido en una mezcla de vino, palomitas y un catálogo de comedias románticas muy extenso —no sabía que hubiera tantas.

Acabo adorando la mayoría y ahora entiendo por qué a Maia le gustan tanto.

Ella me cuenta qué tal sus citas y si está más cerca de encontrar el mejor cóctel sex on the beach de la ciudad.

Yo le hablo de mis viajes y de cómo quiero decorar las habitaciones vacías.

También le pido consejos y busco consuelo en sus brazos cuando todo se vuelve difícil.

Nunca había tenido una amiga de verdad, pero, si durante todo este tiempo había estado esperando a Maia, la espera ha valido la pena.

—No llores. Si tú lloras, yo lloro y tú acabas llorando más. A mí se me va a disparar la alergia y a ti se te va a correr el maquillaje. No llores, por favor.

—Gracias, Maia.

—Yo no he hecho nada.

Nuestro momento se ve interrumpido por unos golpes en la puerta de mi camerino. Maia se separa de mí y sale disparada hacia la puerta.

—Envío especial para la señorita Harris —lee en la pequeña tarjeta que le entrega el repartidor, cuya cara está completamente oculta por un enorme ramo de flores.

Son dalias.

—Voy a hablar con algunos invitados y a asegurarme de que la bandeja de dulces no se acabe antes de que empiece.

Maia lleva desde que llegamos diciéndole a todo el mundo qué debe hacer. Nadie se ha atrevido todavía a llevarle la contraria. Sale por la puerta esquivando al repartidor, que todavía está quieto en la entrada.

—¿Puede dejarlas encima de esa mesa?

—Es que yo soy parte del envío especial.

Reconozco su voz al instante. Antes de que le dé tiempo a poner a salvo el ramo de flores, me lanzo a sus brazos.

—¿Qué haces aquí?

—No podía perderme esto. —Me da un beso en los labios—. Estoy muy orgulloso de ti, flor.

—¿Qué tal por Cancún?

—Menos divertido sin ti —responde él, encogiéndose de hombros—. La próxima vez espero que me acompañes.

Nuestro viaje había generado mucho interés, no solo por nuestra enrevesada historia de amor.

Los planes fuera del itinerario, las locuras de Ethan y los rincones que había descubierto se habían convertido en los destinos más demandados.

La gente buscaba esa sorpresa en su viaje, querían visitar ciudades más allá de las postales turísticas y las típicas búsquedas tipo «Diez lugares que no te puedes perder».

La forma de viajar de Ethan había creado mucha expectación, cada vez tenía más seguidores en sus redes sociales en busca de nuevos destinos que añadir a sus listas.

Por eso, Zhou Bowen, el dueño de Travelator, contactó con él hace unos meses para ofrecerle un trabajo como «viajero profesional» (nombre totalmente inventado por Ethan) para que recorriera el globo en busca de esos sitios especiales que diferenciasen a la empresa de la competencia.

Las reservas de los viajes sorpresa se han disparado desde que lo contrataron.

Los dos hemos decidido perseguir nuestros sueños, pero siempre buscamos encontrarnos en el camino.

A veces me uno a sus viajes y otras él hace coincidir sus destinos con los míos cuando tengo reuniones o sesiones de fotos, aunque estas últimas son cada vez menos frecuentes.

Mi trabajo como modelo ahora es escaso, salvo cuando se trata de mi marca de ropa.

Fénix ha logrado posicionarse como una de las firmas de diseño más prometedoras de la temporada y hoy es la primera vez que la muestro al mundo en la Semana de la Moda de Nueva York.

Fénix.

Desde nuestra noche en París, tuve claro que ese sería el nombre con el que denominaría mi marca: el pájaro que siempre resurge de sus cenizas, como había hecho yo durante todos esos años.

Pero, además, el fénix se consume por las llamas sin miedo a quemarse.

Y ese fuego no tiene sombra, porque no impide el paso de la luz a través de él.

Era perfecto.

Recibo el último aviso, el desfile está a punto de comenzar. Reviso mi aspecto una vez más frente al espejo y mi mirada no es la única que está sobre mi cuerpo.

—¿Te gusta?

—Estás preciosa, flor. Ese vestido es... increíble.

Vendas de tela recorren de un lado a otro mi silueta, permitiendo que asomen partes de mi piel. El vestido muestra un patrón irregular, las bandas de tela se cruzan unas con otras dejando grietas.

El vestido no está completo, algunos podrían pensar que está roto. Por esa misma razón creo que es el vestido más bonito de la historia. Por eso soy yo quien lo luce y quien cerrará mi propio desfile. Porque por fin me he convertido en la narradora de mi propia historia.

La presentación de mi primera colección resulta ser un éxito, todas las modelos lucen increíbles con mis diseños en todas sus formas, tamaños y colores.

Estaba harta de los estúpidos estándares a los que yo me había sometido toda mi vida en la industria, incluso probablemente la había alimentado, pero ahora solo quiero crear un espacio seguro para todos los tipos de cuerpo.

Conforme camino a lo largo de la pasarela, veo a Ethan levantado y aplaudiendo, Taylor a su lado silba, Andrew se muere de vergüenza y Maia les manda sentarse mientras trata de aguantar la risa.

Veo a Brownie en las primeras filas entre el público, su atención puesta en mí y en el grupo de chicos con el que comparte un pasado... y puede que mucho más.

Ethan todavía no quiere hablar de ello.

Cuando todo termina, por fin me permito celebrarlo.

Nos reunimos todos y tomamos una copa de vino, nos reímos y bailamos al ritmo de la música.

Yo soy consciente de que es la primera vez que me encuentro rodeada de gente y siento algo que es lo más parecido a un hogar sin estar dentro de cuatro paredes.

—Necesito unas vacaciones —digo, inclinándome y posando mi cabeza sobre el hombro de Ethan, que rodea mi cintura con su brazo mientras caminamos. La fiesta ha concluido.

—¿Qué te parece un viaje sorpresa?

Es de madrugada, pero sonrío y él entiende mi respuesta. Pide un taxi y durante el trayecto juguetea con el trozo de papel que sigue guardando a presión en su cartera: una servilleta con nuestras reglas. O, más bien, nuestras nuevas reglas.

Cuando voló a Nueva York para encontrarme en la entrega de premios, plasmó en ese papel los cimientos de nuestra relación, tal y como hicimos en aquel casino. Solo que ahora, esas reglas eran de verdad, igual que nuestro amor.

Nota mental: puede que esté viendo demasiadas comedias románticas con Maia.

Estamos sentados en los asientos traseros del taxi y ni siquiera nos preocupa que aún vayamos vestidos de etiqueta.

Nunca me cansaré de ver a Ethan en traje, aunque sus camisas feas y yo hemos mejorado nuestra relación, incluso me las pongo cuando pasamos largos fines de semana metidos en casa —y en la cama—.

De eso creo que tampoco me cansaré jamás. De nosotros.

Cuando llegamos al aeropuerto, reina la calma; muy poca gente recorre los pasillos de la terminal a estas horas de la noche. Las miradas de los curiosos no me molestan, seguramente estén más interesados por la ropa que llevamos puesta.

Ni siquiera hemos traído equipaje de mano. Ethan se ha acostumbrado a vestir con ropa de turista y volver con camisetas en las que están impresas fotos emblemáticas de los monumentos de las ciudades que visita. Yo simplemente me he acostumbrado a sus locuras.

Los aeropuertos me siguen gustando y a él no le parecen tan malos.

Montar en un avión no me da tanto miedo si Ethan me coge de la mano y me recuerda que soy valiente.

Cuando llegamos al número de puerta y vemos el nombre de la ciudad a la que nos dirigimos, nos miramos el uno al otro con una mirada cómplice.

El destino es caprichoso.

—¿Estás listo para perder una vez más al póker?

—Si me quieres desnudo, solo tienes que decirlo, flor.

Miami. Un año después, volvemos al lugar donde empezó todo.

—Supongo que es el destino —dice.

—No se me ocurre un mejor destino que... contigo.