Capítulo 74
OBSTÁCULOS
J ake irrumpió por las puertas del hospital con el móvil pegado a la oreja.
Estaba hablando con Stephanie, poniéndola al día de dónde se encontraba.
Ella le hacía preguntas, muchísimas. Preguntas para las que él no tenía respuesta.
Preguntas cuya solución no conocería hasta que estuviera allí mismo.
Lo único que sabía era que una emergencia médica requería su atención.
Que Lewis requería su atención.
—Está en el ala este. Pabellón Hemingway. Habitación 34E —le dijo al otro oído la enfermera del mostrador de recepción.
A su alrededor, el barullo y el ajetreo de urgencias bullían con vida y premura.
Médicos, enfermeros y otros profesionales sanitarios se cruzaban de una esquina a otra de la sala, trasladando a pacientes en sillas, llevándolos en camillas o ayudándolos mientras cojeaban, mientras los familiares y seres queridos permanecían en sus asientos viendo cómo desaparecían tras las puertas dobles.
Jake escaneó el cartel que colgaba del techo y siguió la pequeña flecha que indicaba el pabellón Hemingway. Recorrió los pasillos a toda prisa, esquivando al personal, a los pacientes y a los familiares que venían de frente por los otros carriles de paso.
Unos minutos y varios tramos de escaleras después, Jake llegó a la habitación 34E de Hemingway. Había un grupo de enfermeras apiñadas en el umbral. Una de ellas se apoyaba en el marco de la puerta.
—Perdonen —dijo Jake al acercarse. La enfermera que se apoyaba en el marco se giró hacia él—. Detective Jake Tanner. Una de sus colegas me ha dicho que viniera lo antes posible.
—He sido yo —dijo la enfermera—. ¿Ha venido solo, tal como le pedí?
Jake asintió. Había sido una petición extraña, pero la había respetado de todos modos. Además, Stephanie y el equipo estaban de retén en la comisaría, a diez minutos de distancia; cinco si ponían las sirenas.
—Sí. ¿Qué está pasando?
—¿Lleva su placa? ¿Algo que demuestre que es quien dice ser?
Jake suspiró, pero no dejó que la exasperación se reflejara en su rostro. Metió la mano en el bolsillo trasero y sacó su tarjeta de identificación. La enfermera se la arrebató y la inspeccionó minuciosamente.
—Lo siento —dijo mientras se la devolvía—, tengo que ser cautelosa. Lo entenderá cuando lo vea. Por favor, sígame.
La enfermera entró en la habitación. Allí, en medio, sentado en la cama del hospital, estaba Lewis Coyne, vestido con un camisón y conectado a varias máquinas.
De inmediato, Jake sintió que le invadía un instinto paternal.
La urgencia de proteger al muchacho como si fuera hijo suyo.
Como un oso que protege a su cría en la naturaleza.
En cierto modo, Lewis le recordaba a Maisie, a Ellie.
A cómo a veces eran traviesos, rebeldes o imprudentes, pero en el fondo eran buenos chicos que solo necesitaban que alguien les dijera cuándo debían comportarse y cuándo no.
No había malicia en Lewis, Jake podía verlo.
Solo un niño perdido que necesitaba ayuda desesperadamente y que estaba dispuesto a hacer estupideces para conseguirla.
Un chico que llevaba tanto tiempo en esa situación que había olvidado qué estaba bien y qué estaba mal.
—Lewis... —comenzó Jake—. ¿Está todo bien? ¿Qué hace aquí?
Lewis guardó silencio. Tanto Jake como la enfermera estaban a ambos lados de él. Lentamente, el chico se giró hacia la enfermera y le lanzó una mirada. Ella debió de saber qué significaba, porque miró a Jake y dijo:
—Si me necesita, estaré fuera.
Antes de marcharse, les comunicó que iba a vigilar la habitación y que no se permitía la entrada a nadie más.
Jake esperó a que cerrara la puerta antes de empezar.
—¿Qué está pasando, Lewis? ¿Qué ha ocurrido?
Lewis agachó la cabeza. Se frotó los ojos.
—¿Sabe cumplir promesas, inspector?
—Por supuesto que sí. Pero solo si no implican quebrantar la ley, Lewis. ¿Lo entiende? Si alguien lo ha traído a este hospital, dígamelo. Me aseguraré de que lo cuiden y de que nadie pueda volver a hacerle daño. ¿De acuerdo? ¿Va a contarme qué ha pasado?
Lewis asintió.
—Genial. Deje que coja una silla y entonces puede empezar. —Jake acercó la silla más próxima a la cama sin esperar respuesta. Se sentó y sacó su libreta y un bolígrafo de la chaqueta—. Voy a tener que tomar algunas notas. ¿Le parece bien?
Lewis volvió a asentir, aún con la cabeza baja. Jake anotó la fecha, la hora, quién estaba presente y dónde se encontraba. Ya era algo mecánico para él. Todo lo relacionado con el trabajo lo era. O aprendías rápido o te hundías todavía más rápido.
—¿Dónde está su padre, Lewis? ¿Va a venir?
Al mencionar el nombre de su padre, Lewis levantó la cabeza, dijo: —Ha muerto —, y volvió a agacharla de golpe. Como un robot que se enciende y se apaga. —Hace veinte minutos. Antes de que llegara usted. Yo... yo estaba en la cama del hospital. Yo... —algo se le atascó en la garganta y tosió.
Jake puso la mano sobre el colchón.
—Tranquilo. Tómese su tiempo. Empiece por el principio. ¿Qué ha pasado? Tengo todo el día. No me voy a mover de aquí.
Lewis tragó saliva con dificultad. Su nuez de niño subió y bajó con un espasmo.
—Anoche... Frank Graham. Yo estaba allí. Estaba allí cuando murió. Pero yo no tuve nada que ver. Los vi hacerlo a ellos .
Jake abrió la boca para preguntar quiénes, pero decidió no hacerlo. Ahora era el momento de escuchar.
Lewis continuó:
—Vi cómo lo mataban. Lo quemaron vivo. Igual que hicieron con Jermaine.
Estuve presente en ambos casos. Hace unos días, Frank me pidió que empezara a pasar algo de material para él, así que le dije que sí.
Pagaba mejor y me prometió que su producto era mejor que cualquier otro del mercado.
Pero anoche, cuando íbamos de camino a recoger a Frank, Henry y sus chicos, Jamal y Deshawn, hablaban de algo relacionado con que Frank había matado a Danielle, la hermana de Hen.
Los oí decir que Frank la mató con la droga que vendía en la calle, la droga que yo vendía para él.
Y ahora sé por qué ayer no apareció mi comprador.
Probablemente él también esté muerto. Y yo lo he matado.
—Eso no lo sabes, Lewis —dijo Jake, sintiéndose obligado a interrumpir—. Por favor, continúa. Cuéntame qué más sabes.
Lewis tartamudeó antes de seguir.
—Yo... ellos... nosotros recogimos a Frank.
Lo secuestraron de su piso en la urbanización, lo bajaron y lo ataron a la farola.
Creo que se enteraron de que yo estaba vendiendo el material de Frank, porque Reece, mi mejor amigo, me sujetó a punta de cuchillo para que mirase.
Pero creo que iban a ir un paso más allá.
Creo que iban a matarme. Conseguí escapar, pero nadie me siguió.
Un poco más tarde volví y grabé con el móvil cómo mataban y quemaban a Frank.
Después corrí a casa. Intenté convencer a mi padre para que se viniera conmigo.
Quería largarme de allí. Irme a otra ciudad.
Empecé a hacer las maletas, pero eso es lo último que recuerdo. Me desmayé.
Asintiendo, comprendiendo, asimilándolo todo, Jake dijo:
—¿Y ha estado aquí desde entonces?
—Me he despertado hace unas horas. Papá estaba aquí. Le he contado todo lo que había pasado. Pero entonces ha aparecido Reece.
—¿Reece Enfield? ¿Tu amigo?
—Quería borrar el vídeo que yo tenía de la muerte de Jermaine. Jamal o Des debieron de decirle que lo hiciera. Eran los únicos que sabían que tenía el vídeo.
—¿Ha borrado las imágenes?
Lewis asintió e, inmediatamente, las esperanzas de Jake de poner los últimos clavos en el ataúd de Henry Matheson se esfumaron.
—Pero entonces Jamal... —Lewis sorbió por la nariz, tosió y se limpió una lágrima del ojo derecho—. Jamal vino fingiendo que era uno de los vuestros. Desapareció un momento y le preparó un café a mi padre. Papá se lo bebió y, unos segundos después, ha muerto en el suelo, justo ahí.
Lewis señaló, pero Jake no miró. Su mente luchaba por procesar lo ocurrido. Se descubrió mirando fijamente a Lewis, absorto en su historia; no había tomado ni una sola nota en los pocos minutos que llevaba sentado allí.
—Tienen que haber entrado en mi casa y haberlo adulterado con parte de la droga que Frank me pidió que vendiera.
Eso explicaba por qué Reece había estado en casa de Lewis momentos antes que él.
Si tan solo hubiera llegado unos minutos antes, podría haber pillado a Reece con las manos en la masa, arrestarlo por asesinato y posesión de drogas, enviar a ese malnacido a la cárcel, donde merecía pudrirse.
Pero lo más importante era que podría haber salvado una vida.
Un tsunami de culpa lo arrolló, ahogándolo.
Decidió guardarse esa información para sí mismo.
—¿Está seguro de que era Jamal? —preguntó Jake—. ¿Seguro de que era él?
Lewis asintió.
—Y... —Jake tragó saliva antes de continuar, abordando la pregunta con cautela—. ¿Usted...? ¿Qué ha pasado con el móvil, Lewis? ¿Qué han hecho con él?
Lewis metió la mano bajo la almohada. Lentamente sacó el iPhone que tenía tras su espalda. Al levantarlo, la pantalla se iluminó, revelando un salvapantallas con una foto de Lewis y su padre. —Lo escondí cuando me trasladaron a esta habitación.
—Eres muy valiente, Lewis. —Jake alargó la mano hacia el teléfono y lo apretó. Por fin. Al fin. La prueba que necesitaban—: Has dicho que Reece borró el vídeo de la muerte de Jermaine Gordon. ¿Borró el vídeo de anoche?
Lewis negó con la cabeza, mientras una pequeña y pícara sonrisa asomaba a su rostro. Jake respetó al chico por encontrar el valor de sonreír en mitad de una situación tan devastadora. —Nadie sabe que lo grabé.
Valiente y un genio. No está mal, chaval.
—Bien hecho —dijo en voz alta y desbloqueó el teléfono.
Navegó por las aplicaciones y buscó la galería.
Al final de la pantalla había un recuadro negro.
Jake lo seleccionó y giró el teléfono para reproducirlo a pantalla completa.
Y durante los siguientes cinco minutos, vio cómo Henry Matheson quemaba a Frank Graham atado a una farola.
Ya te tengo, hijo de puta.
Excepto por un pequeño problema, un ligero obstáculo que superar.
Jake no tenía a Henry Matheson en absoluto.
Para empezar, ni siquiera sabía dónde estaba ese hombre.