Cruzar la Raya (DC Jake Tanner 4) Capítulo 38
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Capítulo 38

PROPOSICIONES

L ewis dio gracias a la virgen de que aquello hubiera acabado.

Seis horas de pura basura. Sentado allí, luchando contra cada impulso de su cuerpo por levantarse e irse para no tener que estar escuchando a sus profesores balbucear sobre mierdas que no le importaban ni le importarían jamás.

¿Cuándo iba a necesitar saber cómo funcionan las plantas?

¿Cuándo necesitaría saber que la Primera Guerra Mundial empezó tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando?

¿Cuándo necesitaría saber que John Steinbeck utilizó al perro de Lennie para representar la victoria general de la fuerza sobre la debilidad en De ratones y hombres ?

Hacía años que ni siquiera tocaba un libro; lo único que se le acercaba, a juzgar por el número de palabras que contenía, era el manual de instrucciones del nuevo televisor de pantalla plana que había instalado recientemente en el piso de Henry.

Porque allí era donde prefería estar. Ahí fuera, ganándose su puesto en el negocio, ganando dinero para poder permitirse el televisor de pantalla plana, la ropa de marca, las zapatillas de edición limitada de mil libras.

Los profesores que intentaban educarlo solo podían soñar con poseer tales cosas.

Lewis cogió su bicicleta del cobertizo, quitó la cadena, la echó a la mochila y salió pedaleando del patio solo.

No tenía amigos en el colegio, excepto a Reece.

No los necesitaba. Tenía amigos más importantes en círculos más altos.

Amigos que se preocupaban más por él que los pretenciosos de la escuela.

Amigos que velarían por él, lo cuidarían, lo protegerían.

Que lo defenderían si un miembro de una banda rival lo perseguía por la calle principal navaja en mano.

Amigos que estaban dispuestos a cubrirle las espaldas si las cosas se ponían feas .

Esos eran los amigos que quería en su vida.

Y estaban al otro lado de aquellas puertas.

Lewis se detuvo en la salida del colegio para dejar pasar un coche y, cuando se hubo ido, continuó calle abajo.

La carretera estaba flanqueada por coches a ambos lados, y Lewis pedaleaba por el medio, zigzagueando entre las marcas viales.

A su izquierda, a más de cincuenta metros, unos niños jugaban en un columpio en el pequeño parque que había en medio de un descampado.

Allí solía merodear la calaña habitual después de clase.

Los guays. Los fumadores y los que aspiraban a ser porreros.

Y los chavales que intentaban desesperadamente encajar en todo aquello.

Lewis les echó un vistazo rápido. Aminoró la marcha y casi perdió el control de la bici.

Algo a lo lejos le había llamado la atención. Frank Graham. Sentado en un banco con una pierna cruzada sobre la otra, fumando lo que parecía un cigarrillo. Aunque Lewis sabía que muy probablemente no lo era.

Dando un rodeo, Lewis entró en el parque y se dirigió hacia él pedaleando.

Desde la muerte de Jermaine, Lewis no había oído en la calle ni en la urbanización más que menciones al nombre de Frank Graham, siempre con palabras de elogio.

Que si Frank Graham esto, que si Frank Graham aquello.

Que si está subiendo como la espuma, que si va a ocupar el puesto de Jermaine Gordon, que si lo va a llevar al siguiente nivel, que si tiene huevos de acero, que si tiene el mejor material del mercado, que si no tiene miedo de Henry Matheson. No tiene miedo de nadie.

Ahora era el momento de ver si todos los rumores eran ciertos.

—¿Qué pasa? —dijo con confianza mientras frenaba la bici y la dejaba caer al suelo.

—Hola —asintió Frank, con una nube de humo elevándose desde su rostro.

—Tú eres Frank Graham —dijo Lewis, metiéndose las manos en los bolsillos.

—Y tú eres Lewis Coyne.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—¿Cómo sabes tú el mío?

—Tu viejo colega Jermaine nos lo dio antes de morir. —Lewis cerró los dedos alrededor del teléfono móvil que llevaba en el bolsillo; aún contenía las truculentas imágenes de la muerte de Jermaine.

—Bien. Quiero que la gente sepa quién soy. —Frank señaló el asiento y ordenó a Lewis que se sentara a su lado.

—No me vas a meter mano, ¿verdad? No eres un pederasta o algo así, ¿no?

Frank soltó una carcajada y tiró el cigarrillo al suelo.

—No, no soy un pederasta. Eres valiente usando esa palabra conmigo.

—Tienes que buscar un sitio mejor para quedar, tío —le dijo Lewis—. No podrías parecer más un viejo verde ni aunque lo intentaras.

—Y yo te cortaré las pelotas si sigues llamándome eso. —Frank sacudió la cabeza y miró el espacio que quedaba en el banco, junto a él—. Siéntate.

Esta vez, Lewis obedeció. Se colocó al lado de Frank, se apoyó en el respaldo de madera y examinó la zona. El campo más allá del parque estaba tranquilo, a excepción de una persona que paseaba al perro a lo lejos. Lewis sacó su teléfono y fingió que navegaba por él.

—Buen móvil —dijo Frank—. ¿De dónde lo has sacado?

—Se lo robé a una tía. Estaba con sus dos hijos. En el carrito. Ni siquiera lo vio venir. Son las más fáciles, ya sabes: las madres.

—¿Ah, sí?

—Alguien dijo una vez que es como una leona en la naturaleza, ¿no?

Protegiendo a sus cachorros. Cuando el hombre se le acerca y ella tiene que elegir entre proteger a los cachorros o perseguir un trozo de carne salvaje, siempre va a elegir a los cachorros.

—Lewis se quedó mirando el teléfono, incapaz de apartar los ojos de la pantalla.

Estaba absorto en sus pensamientos—. A veces pienso en esas cosas.

En que no somos tan distintos de los animales. ¿Cómo es la palabra?

—¿Semejantes?

—¡Eso! Esa. Somos semejantes a los animales.

Al oír eso, Frank estalló en una carcajada estrepitosa. —Eres tonto, chaval —dijo golpeándose la rodilla—. ¿De verdad piensas en ese tipo de mierdas?

—Al menos no estoy pensando en follarme a niños pequeños como tú, viejo verde.

La expresión alegre de Frank desapareció y su risa se cortó en seco. —¿Qué cojones te acabo de decir sobre llamarme eso?

Lewis ignoró el comentario y lo miró de arriba abajo. —Sabes, eres mucho más joven de lo que pensaba.

—¿Por qué?

—Tu nombre. Frank Graham. Suena a que deberías tener unos cincuenta años, pero no.

—Eres un mocoso bastante bocazas, ¿eh?

—Vete a la mierda.

—Pero me gustas. Creo que podrías llegar lejos, chaval. ¿Cuánto tiempo llevas en esto? ¿Cuánto hace que vendes material para Matheson?

—El suficiente —replicó Lewis.

—¿Para qué?

—Para aprender un par de cosas.

—¿Te crees un tipo emprendedor?

—Me sorprende que sepas lo que significa —dijo Lewis—. ¿Existía ese tipo de gente en tu época o solo era un montón de peña trabajando en minas y esas mierdas?

—Los emprendedores existen desde antes que las minas, chaval. Tu profesor te lo habría dicho.

—Yo no escucho a ningún profesor.

—¿Entonces qué hacías en ese colegio de ahí? —Frank señaló por encima del hombro de Lewis.

—Hacer el pariré —respondió Lewis.

—¿O sea que no eres más que un payaso? —Frank enarcó una ceja y la piel bajo su ojo izquierdo palpitó rápidamente.

—Vete a la mierda. No soy ningún payaso.

—Demuéstralo.

—¿Cómo?

—Ven a trabajar para mí. Por tu cuenta. Te doy algo de material para colocar y vemos qué tal se te da.

Ahora sí que tenía la atención de Lewis.

—¿Cuánto?

—Cien gramos. Para empezar con algo pequeño.

—Me refería a cuál es mi parte. ¿Cuánto dinero me vas a dar por moverlo?

Frank hizo una pausa mientras reflexionaba. Aquello era tener poco olfato para los negocios, en opinión de Lewis. Frank debería haber venido preparado con todas las cifras y datos antes de su reunión de negocios.

—Un diez por ciento.

Lewis se burló y escupió un gargajo al suelo, a pocos centímetros de sus pies.

—Qué va, lo siento, tío. No funciona así. Quiero al menos el veinticinco.

—Diez.

—Veinticinco.

—Quince.

—Veinticinco.

—Dieciocho.

—Veinticinco.

—Veinte. Y de ahí no paso.

—Veinti. Cinco.

Frank apartó la mirada un momento, observando al grupo de niños que jugaban en el columpio.

Se inclinó hacia delante, metió la mano en su mochila y sacó una bolsa de plástico con polvo blanco, envuelta en varias capas más de bolsas transparentes y cinta marrón.

Frank extendió la otra mano. —¿Has visto alguna vez ese programa, Dragon’s Den ?

Sí, deberías ir. Creo que se te daría bastante bien.

Lewis estrechó la mano de Frank. —Un veinticinco por ciento.

—Un veinticinco por ciento. Ni más ni menos. —Frank se volvió hacia su mochila—. Tendrás que cortarlo y embolsarlo tú mismo. ¿Tienes báscula en casa?

Lewis sacudió la cabeza.

—Ya me lo imaginaba —respondió Frank. Metió la mano en la mochila de nuevo y sacó una báscula—. Toma esto. Diez gramos. Cada vez. Ponlo en la báscula. Pésalo. Mételo en una bolsa. Ciérrala. Y listo. Ya puedes empezar.

—¿Tienes bolsitas para mí?

—Producidas y con marca propia. —Frank flexionó su brazo izquierdo y se subió la manga, mostrando el tatuaje de la calavera: su insignia.

—Muy pronto —continuó—, la urbanización Cosgrove verá muchas más calaveras por ahí. Y nadie sabrá de dónde vienen.

—¿A quién quieres que se lo venda?

—Me alegra que me lo preguntes —dijo Frank, con otra sonrisa asomando a su rostro—. A tus clientes habituales.

Aquello, por supuesto, conllevaba el riesgo inherente de que Henry y el resto de los veteranos lo pillaran y lo cosieran a puñaladas. ¿Pero una parte del veinticinco por ciento? Joder, eso era cinco veces lo que estaba ganando con Henry en ese momento.

—¿Eres tonto además de un viejo verde?

—Vende el producto a los clientes de Henry. Deja que ellos decidan cuál prefieren. Si quieren más, te daré más. Oferta y demanda, amigo mío. Y quién sabe, en un par de meses, un año, puede que te encuentres en lo más alto de la jerarquía.

—¿Por qué yo? —preguntó Lewis, intentando reprimir la excitación de su cuerpo.

—Porque tienes huevos⁠—

—Viejo verde. Mirándome los huevos —lo interrumpió Lewis.

Frank ignoró el comentario y continuó a pesar de todo. —Y he estado observando cómo trabajas. Eres rápido y eficiente, y ese es el tipo de persona que me gustaría tener en mi equipo. ¿Qué me dices? ¿Y qué tal si te doy un detallito para endulzar el trato?

Frank metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña bolsa de plástico; dentro había un cogollo de marihuana cuyo aroma ya le subía por la nariz.

—Date un capricho. Celébralo. Pero ten cuidado, chaval, que esto pega fuerte.

Si no te lo quieres fumar, siempre puedes darlo como muestra; ya sabes, probar antes de comprar.

Lewis le arrebató la droga.

—Trato hecho. —Se levantó del banco, pero Frank lo retuvo.

—Puedo confiar en que esto quede entre nosotros, ¿verdad? El pequeño Henry no tiene por qué oír ni un pío de esto. ¿Me captas?

—Henry no se va a enterar de nada. —Lewis lo miró fijamente a los ojos. Nunca decía nada que no sintiera, ni hacía promesas que no tuviera intención de cumplir—. Te lo prometo.