Capítulo 25
DEUDA
C uando Reece regresó a la barriada, esperaba encontrársela rebosante de actividad: decenas de camellos merodeando por los alrededores, el bulldog de Curtis tirando de la cadena y ladrando, y algunos de esos chavales con padres tan relajados que les daba igual que estuvieran o no en la escuela, jugando al baloncesto o al fútbol en la cancha.
Pero estaba vacía, muerta. Tal vez estuvieran todos escondidos, pensó mientras seguía a su madre hasta su piso en la quinta planta.
—Venga —le dijo su madre, señalando las escaleras—. Prepárate para el instituto.
—¿Qué?
—Ya me has oído.
—Pero si solo quedan un par de horas. Para cuando llegue...
—No me importa —respondió Elaine—. Vas a ir. Quizá eso te enseñe a no llevar cuchillos encima. —Le dio un pescozón en la nuca y lo empujó hacia las escaleras—. No creas que esto se va a olvidar pronto, Reece.
Él no dijo nada, subió a pisotones a su habitación, se puso el uniforme y cogió la mochila. Elaine lo esperaba al pie de los escalones.
—Tú y yo vamos a hablar de todo esto luego, cuando vuelva del trabajo.
—¿A qué hora es eso? —preguntó Reece, con la esperanza de que dijera tarde.
—No te lo voy a decir. Pero más te vale volver directo del instituto. Nada de quedarse por ahí. Y te juro por Dios que, como te vea siquiera hablando con alguien , te acompañaré al instituto el resto del año, entraré contigo a tus clases y me sentaré contigo a la mesa.
—No puedes hacer eso.
—Tú mírame. Puedo hacer lo que me dé la gana. Soy tu madre. Ahora, vete al instituto. Me vas a hacer llegar tarde al trabajo.
Elaine lo empujó por la puerta principal. Reece se colgó la mochila al hombro y bajó las escaleras antes de cruzar la barriada y enfilar el callejón donde, unas horas antes, lo habían arrestado.
Se quedó petrificado.
Apoyados contra cada lado de la pared del callejón estaban Jamal y Deshawn, dos de los cabecillas de E11. Los responsables de darle el material para vender.
—¿Qué pasa, tronco? —preguntó Jamal, separándose de la pared con una rápida patada.
Reece se acercó a los dos.
—¿Qué pasa? —dijo Reece, chocando los puños con cada uno.
—Eso, ¿qué pasa, tío? —respondió Deshawn—. ¿Dónde has estado estas últimas horas?
—Por ahí, ya sabes.
—¿Ah, sí?
—Sí, tío.
—¿Exactamente por dónde?
Reece se encogió de hombros. No era una pregunta para la que tuviera una respuesta convincente. —He estado dando vueltas. Ya sabéis cómo va la cosa.
—Nos estás mintiendo, colega —dijo Jamal.
—No, para nada.
Jamal se lanzó hacia él, lo agarró por las correas de la mochila y lo estampó contra la pared de ladrillo. —Sabemos que te han trincado, chaval. Tenemos ojos y oídos por todas partes. No sirve de nada que nos mientas. Siempre nos acabamos enterando. Recuérdalo.
Reece agachó la cabeza.
—¿Y qué les has contado, pequeñajo? —preguntó Deshawn mientras se ponía al lado de Jamal.
—Nada. ¿Os creéis que soy tan tonto?
—Espero que no lo seas. Si no, ya sabes lo que les pasa a los chivatos, ¿verdad?
La mirada de Reece bailaba entre ambos hombres. Sus expresiones eran de una seriedad mortal. —Sí. Lo sé.
—Bien. Así que te lo voy a preguntar otra vez, pequeñajo. Y me vas a decir qué les has contado a los maderos. Más vale que nos lo digas ahora antes de que Henry se entere por otro lado; si no, estarás en un marrón todavía peor. ¿Entiendes?
Reece asintió lentamente.
—¿Preguntaron por Jermaine?
—Dije que no sabía nada.
—¿Algo más?
Reece vaciló. ¿Cuánto debía contarles? Se había chivado de Matheson y de los E11.
Les había hablado a la policía de sus métodos de distribución.
Los había traicionado y se había convertido en todo lo que ellos detestaban.
Un soplón. Las imágenes del cuerpo ardiente de Jermaine Gordon, grabadas en su mente gracias a la grabación de la cámara de Lewis, desfilaron ante sus ojos.
¿Le harían lo mismo a él? ¿A un niño de trece años?
—Escuchad...
—No me jodas —dijo Jamal, sacudiendo la cabeza.
Deshawn agarró a Reece por el brazo, inmovilizándolo. —¿Qué les has dicho, tío?
—Les hablé de las botellas.
—Maldita rata —escupió Jamal.
—¿Qué más les has dicho? —preguntó Deshawn. Deslizó su mano por el cuerpo de Reece hasta agarrarlo por el cuello.
—Les dije... les dije... lo de las cabinas telefónicas.
—¿Me estás vacilando? —dijo Jamal, caminando de un lado a otro—. ¿Me estás vacilando, joder? Tío, este niñato nos ha jodido toda la operación.
—Cállate —le espetó Deshawn—. Cállate.
—Deberíamos cargárnoslo, tío.
—¡No! ¡No! ¡Por favor, por favor! Lo siento. No lo volveré a hacer. No volverá a pasar.
—Tienes razón —dijo Deshawn con voz calmada y controlada—. No volverá a pasar. ¿Sabes por qué? Porque nos vamos a asegurar de que no pase. Quieres a tu madre, ¿verdad?
Reece no sabía si responder o no. Al final, dijo: —Sí.
—Entonces harás lo que haga falta para evitar que le hagamos daño. Harás lo que te digamos de ahora en adelante, ¿entiendes? Como hagas algo mal, le haremos daño. Si la lías, la cagas o haces algo como lo de hoy, la encontraremos y le haremos daño. No quieres eso, ¿verdad?
Reece negó con la cabeza, con el cuerpo frío de miedo.
—Buen chico. —Deshawn mantuvo la vista fija en Reece mientras hablaba con Jamal—. Busca a Henry. Dile que las cabinas ya no son seguras. Tenemos que volver a la antigua forma de hacer las cosas.
—¿Qué vamos a hacer con este mierdecilla? —preguntó Jamal, señalando a Reece con un dedo lleno de cicatrices, rastro de una pelea a cuchillo que salió mal—. ¿Quieres que le diga a Hen que tenemos a un traidor?
—No. No creo que Hen necesite saberlo todavía.
Este pedazo de mierda es nuestro durante los próximos días.
—Deshawn le pellizcó y le retorció el lóbulo de la oreja a Reece.
Reece soltó un chillido de dolor—. No es más que un niño.
Un niño asustado. Pero creo que ya va siendo hora de que lo convirtamos en un hombre. A ver de qué es capaz.