Cruzar la Raya (DC Jake Tanner 4) Capítulo 1
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Cruzar la Raya (DC Jake Tanner 4)

Cruzar la Raya (DC Jake Tanner 4)

Por Jack Probyn

© inepub.com

Capítulo 1

HIERBA

H asta este momento de su vida, Lewis Coyne nunca se había sentido más vivo.

Hubo un tiempo en que pensó que las dosis extremas de emoción provenían de evadir a la policía saltando un muro de ladrillo para desaparecer por un callejón estrecho, o de salir pitando de una horda de miembros de una banda rival armada mientras lo perseguían a él y a sus colegas por el barrio.

Hasta este momento de su vida, había estado equivocado.

Ahora su cuerpo —los dedos de los pies, las piernas, los dedos de las manos, los brazos— temblaba con un nuevo tipo de adrenalina.

Más cruda, más pura, más fuerte. Y lo consumía por completo.

¿Cuál era la palabra para definirlo? ¿Esa que alguien había usado en el instituto?

Sin precedentes , se repitió a sí mismo, descartando el término casi tan pronto como lo recordó.

Su vocabulario era mínimo —podía contar con los dedos de una mano el número de palabras de trece letras que conocía— y pretendía que siguiera siendo así.

Como muchos otros conocidos del barrio, era un fracasado del sistema educativo y no quería que nadie —especialmente los más cercanos— pensara que de repente se había convertido en un lumbreras por haber prendido una chispa en el aula solo porque conocía palabras rimbombantes.

Solo Dios sabía la de burlas que tendría que aguantar por eso.

Y cuánto debilitaría eso su estatus.

Lewis se miró las manos sudorosas y sintió cómo luchaban por agarrarse al manillar de su BMX. Se las secó en la sudadera con capucha y luego consultó el móvil. El último mensaje de sus chats le indicaba que era hora de moverse.

Agarrando el manillar y poniendo un pie en el pedal, echó a andar por las calles hacia la urbanización.

Hacia el punto de encuentro. Estaba oscuro —el reloj acababa de entrar en las primeras horas de la madrugada— y usaba las farolas de arriba como única fuente de iluminación.

Aunque no era necesario, ya que desde los cinco años, en cuanto le permitieron salir sin supervisión, dominaba las rutas de entrada y salida del Cosgrove Estate.

Los baches. Los desniveles del terreno. Las raíces de los árboles que sobresalían de la acera y que usaba para practicar sus saltos y trucos.

Los trozos de cristal roto que llevaban años allí y que nadie del ayuntamiento se había molestado en limpiar.

No era ninguna sorpresa; por allí no pasaba nadie, y mucho menos del ayuntamiento.

Especialmente de noche. Cuando salían los monstruos, los acechadores y los demonios internos de la gente.

Debería haberle asustado, pero como el niño de cinco años de ojos muy abiertos que era, lleno de ignorancia infantil ante el peligro, le encantaba, y había encontrado otro lugar al que llamar hogar.

En los últimos años, el Cosgrove Estate se había ganado la reputación de albergar a una de las bandas más notorias de Londres —la E11— y Lewis formaba parte del equipo de élite responsable de mantenerla.

Y esta noche, junto con otros miembros, estaba a punto de consolidar su posición en el mapa para siempre.

Culebreó entre los coches aparcados a un lado de la carretera.

Los estribos de las ruedas delanteras y traseras rozaban los paneles y las puertas de los vehículos por los que pasaba, rayándolos; el sonido siseaba en la noche como el de un zorro herido.

Prestó poca atención al daño. No era su coche, no era su problema.

Apenas tenía edad suficiente para conducir.

Y si a los dueños les daba por echarle cojones e intentar algo con él, confiaba en que la pequeña navaja automática Tac Force de color negro mate que le había dado Rykard y que llevaba en el bolsillo bastaría para que se replantearan su acción y volvieran corriendo a su perfecta familia, con su perfecta esposa y sus hijos.

Porque los cuchillos se habían convertido en las nuevas pistolas.

Eran más íntimos, requerían más habilidad, más valor, mayor destreza.

De verdad llegabas a ver cómo era una persona cuando la mirabas a los ojos mientras la encañonabas con un filo.

Veías el dolor, el miedo, el horror, el millón de pensamientos que pasaban por su cabeza mientras mantenías su vida en un hilo.

Antes de llegar al final de la calle, Lewis giró a la izquierda por un callejón apenas lo suficientemente ancho para su manillar y, al final, hizo otro giro a la izquierda, esta vez por detrás de una hilera de casas y garajes.

Los charcos de agua de lluvia y el barro de los breves chubascos del otro día saltaron por los aires y le salpicaron las zapatillas.

Ni siquiera el sol era lo bastante valiente como para aventurarse cerca del barrio.

Al final del callejón, pasó a toda velocidad junto a una zarza, giró a la izquierda y se adentró en un túnel subterráneo que conducía a la urbanización.

Su hogar. Su oficina. Su patio de recreo.

Al llegar al centro, frenó en seco, haciendo derrapar la rueda trasera hacia un lado.

Dos rascacielos dominaban el paisaje al norte y al sur, como el rey y la reina en un tablero de ajedrez, vigilando el resto de la ciudad.

A cada lado tenía unahilera de edificios bajos que lo encerraban en la prisión de la sociedad, donde lo más bajo de lo más bajo se mantenía apartado del resto de la civilización, abandonado a su suerte.

Cientos de pequeños cuadrados de luz perforaban los edificios, haciendo que parecieran ralladores de queso gigantescos.

Una ráfaga de viento se coló bajo los dos pasajes que atravesaban las torres y sacudió los bajos de los pantalones de chándal húmedos y sucios de Lewis.

Esta vez traía consigo el olor a hierba, de alguien encendiéndose un porro cerca.

Cada vez el olor era distinto. Orina. Alcohol.

Sudor. Sangre. Mierda. Una de las muchas razones por las que lo llamaban El Foso.

A su izquierda había un parche de césped que muchos de los chicos usaban como campo de fútbol.

Más allá había un parque infantil, totalmente equipado con dos columpios, un tiovivo y un armazón para escalar.

Ahora cubierto de grafiti y plagado de parafernalia de drogas, los niños de la zona acudían antes en tropel después del colegio y los fines de semana.

Pero después de que sus padres se dieran cuenta de lo que pasaba allí dentro, el lugar se había quedado desolado.

A su derecha había una cancha de baloncesto y, justo frente al parche de césped, una sola farola; solitaria, pero libre de botes de spray y de rotuladores Sharpie. Por suerte, la contaminación lumínica generada por los cientos de ventanas que lo rodeaban iluminaba toda la zona.

Un sonido lo distrajo. El estruendoso ruido de neumáticos besando el asfalto.

Lewis giró la cabeza bruscamente y vio un coche detenerse por el pequeño paso bajo el bloque sur.

Se apagaron las luces y se abrieron las puertas.

Dos hombres bajaron de la parte delantera, corrieron hacia la trasera, abrieron el maletero y sacaron algo.

En la oscuridad, era difícil de discernir, pero Lewis sabía exactamente qué era.

O mejor dicho, quién era.

Los dos hombres cerraron el maletero de un portazo y corrieron hacia Lewis.

El cuerpo que sostenían en sus brazos se retorcía y luchaba por liberarse.

Tenía los brazos atados a la espalda y, al salir a la luz, Lewis vio una tira de cinta americana negra sobre su boca, que sofocaba sus gritos y alaridos, aunque no se había hecho ningún esfuerzo por ocultar el horror en sus ojos.

En el coche, otro hombre salió, se dirigió al maletero y cogió algunas cosas más. Para cuando volvió a cerrar el maletero, los dos hombres y el rehén estaban frente a Lewis.

Lanzaron al hombre al suelo, de cara.

—¿Qué pasa, Lew? —preguntó Jamal; su cara y cuello tatuados se doblaron para mirarlo, formando una papada.

Jamal era, de lejos, el hombre más alto que Lewis había visto jamás.

Y no le sorprendía que Jamal fuera siempre el mejor jugador de baloncesto de la urbanización, así como de cualquier otro deporte que practicaran.

Sus piernas eran el doble de largas que las de Lewis y, como todos habían aprendido tras varios desafíos de algunos de los chicos de menor rango de la banda, Jamal también era el más rápido.

Como de costumbre, iba impecablemente vestido, con un abrigo oscuro de Nike, vaqueros y unas Air Jordan flamantes, el par al que Lewis le había echado el ojo durante semanas.

Al acercar la mano a Lewis, el anillo dorado que llevaba en el meñique captó la luz de la farola.

—¿Qué se cuenta? —Lewis y Jamal chocaron las manos y los hombros.

—¿Llevas mucho tiempo esperando? —preguntó Deshawn, de pie al otro lado del cuerpo.

Lo que a Des le faltaba de altura, le sobraba de anchura.

No porque estuviera gordo, sino porque era corpulento, un hombre hecho de roca sólida.

El único problema era que eso lo hacía lento.

A veces demasiado lento. Y con la pierna dañada que le había quedado tras un ataque con cuchillo por parte de un miembro de una banda rival cuando tenía quince años, Des no tenía más remedio que quedarse y luchar en lugar de huir.

Y tenía las cicatrices para demostrarlo.

Deshawn era uno de los miembros más callados del grupo; reservado y de pocas palabras.

Solo se involucraba cuando era necesario, pero cuando llegaba el momento y se enfrentaba a un pequeño ejército de veinte rivales, se convertía en una persona distinta, un tipo diferente de animal.

—Solo un par de minutos —respondió Lewis, saludando a Deshawn de la misma forma que a Jamal—. Sin problemas.

Llegó el tercer hombre.