Paco
Epílogo
Si dijera que no estaba pasándolo mal estaría mintiéndote como un bellaco, la verdad.
Después de todo lo que pasó en la isla tuve que rellenar más informes de los que cualquier ser humano debería escribir en una vida entera, repetir mi declaración hasta quedarme sin voz y soportar a un montón de tipos trajeados preguntándome una y otra vez por qué demonios no había detectado antes lo que estaba ocurriendo allí.
La respuesta real era sencilla: «Porque soy policía, no adivino, imbécil».
Sin embargo, quería recuperar mi trabajo y preferí reproducir aquello solo dentro de mi cabeza.
Aun así, eso no evitó que me sintiera como una auténtica mierda durante días.
También tuve que prometer que me mantendría alejado de la investigación oficial y que no intentaría meterle dos tiros a Gaspar cuando despertara del coma inducido en el hospital.
Según asuntos internos, eso último era «muy importante».
El animal que estuvo a punto de rebanarme el brazo se ensañó con él en cuanto lo vio disparando y, siendo sinceros, probablemente me salvó la vida al hacerlo.
Cumplí mi promesa de ir a ver a Rita y a Ulises en cuanto tuve tiempo. Bueno… en cuanto reuní los cojones suficientes, que no es lo que se dice lo mismo.
Ulises seguía hecho polvo, pero estable.
Chus prácticamente vivía metida en su habitación y amenazó con arrancarme los pezones si volvía a hacer bromas sobre sondas urinarias, así que decidí dejar de visitarlo durante unos días por mi propia seguridad.
Me alegraba de que tan solo hubiese perdido un riñón, todavía le quedaba otro para continuar dando por culo al mundo.
El problema era Rita.
Cuando llegué a su habitación la puerta estaba entreabierta, y pude verla desde fuera. Estaba despierta, incorporada en la cama y muchísimo más pálida de lo normal, aunque seguía teniendo esa expresión de profesora de universidad harta del mundo.
Con ella estaban los que supuse que eran sus padres y su hermana. Los tres alrededor de la cama hablando bajito mientras ella aparentaba sentirse mejor de lo que en realidad estaba.
No sé qué coño me pasó en ese momento. Supongo que, después de verla desangrándose entre mis brazos en aquella plaza, encontrarme de golpe con su vida real hizo que todo se volviera demasiado verdadero.
Hasta entonces, Rita había sido la mujer rara de la isla que resolvía crucigramas, la que llevaba una cucharilla de madera en la capucha del chaquetón, la que me insultaba con palabras cultas y olía a flores.
Pero allí dentro era otra cosa. Era hija, hermana y alguien importante para más personas aparte de mí.
Porque sí, me importaba. Muchísimo más de lo que me convenía admitir.
Así que puedes llamarme cobarde, porque yo también lo hago.
Y mi hermano. Y mi cuñada. Y mi madre. Incluso mis sobrinas, las dos que saben hablar, porque el tercer retoño también fue una niña, para absoluta consternación de toda mi familia.
Bea todavía no me lo llamó porque era demasiado pronto, pero dale tiempo.
Me dio miedo. Uno bastante ridículo para un tío que ha sobrevivido a tantas mierdas como yo.
De pronto pensé que quizá ella volvería a su vida normal en cuanto saliera del hospital y todo aquello se convertiría tan solo en una historia horrible que preferiría olvidar, tal y como me dijo cuando seguíamos atrapados en la isla. Y yo… bueno, yo formaría parte de esa historia.
Así que hice lo que cualquier hombre emocionalmente incompetente haría en mi situación.
Di media vuelta y huí como un cobarde.
Al día siguiente le mandé un cactus de Navidad.
La mujer de la tienda me explicó que simbolizaba la esperanza, la luz y la alegría en tiempos difíciles.
Además, florece en pleno invierno, y me pareció una analogía bastante simpática para decirle que el amor y las cosas bonitas pueden prosperar incluso durante las épocas más frías.
Ah, también le puse una nota que decía: «Espero que te recuperes pronto».
Sí, ya te he dicho que soy gilipollas.
Porque durante los tres meses siguientes estuve debajo de su casa las suficientes veces como para que hubiera podido ponerme una orden de alejamiento por acosador.
Cada día salía un poco más. A veces la veía hablando con Bartolo por la ventana, y me alegró ver que había puesto mi regalo al lado y me imaginé que se llamaría Rodolfo, por eso del reno de la nariz roja de Santa.
En otras ocasiones iba de paseo con Chus y con Ulises, quien parecía haberse recuperado rápido para la cantidad de agujeros nuevos que llevaba en el cuerpo.
A los tres se los veía bien juntos, y eso me arañaba por dentro, porque en el fondo también quería pertenecer a ese variopinto grupo.
El problema era Rita.
La veía reírse con ellos, poner los ojos en blanco cuando Ulises hacía alguna estupidez y caminar con esa calma rara que tenía.
Pero la sonrisa no terminaba de llegarle a los ojos, y no conseguía dejar de preguntarme si seguía recuperándose de todo lo que había pasado o si, sencillamente, la había decepcionado.
Porque la realidad era que desaparecí.
Ella recibió un disparo por salvarme la vida y yo respondí mandándole un cactus y escondiéndome durante tres meses como un adolescente emocionalmente estreñido.
Y cuanto más tiempo pasaba, peor era, porque más vergüenza me daba aparecer delante de ella y más ridículo me sentía por haber huido.
Me daba pánico que me mirara y entendiera que el superpoli bocazas que parecía no callarse nunca era en realidad un cobarde incapaz de presentarse delante de la única persona que había conseguido importarle de verdad en muchísimo tiempo.
—Vamos, levanta —me gritó el energúmeno de mi hermano desde la entrada de mi casa.
Me arrepentiré toda la vida de haberle dado un juego de llaves para emergencias, porque, desde que volví de la isla, para mi familia todo se había convertido en una jodida urgencia.
Que si tenía mala cara. Que si trabajaba demasiado.
Que si no podía alimentarme exclusivamente a base de cerveza y pizza congelada. Me tenían hasta los cojones.
—Es mi fin de semana libre, ¿puedes irte a seguir poblando el mundo y dejarme tranquilo?
Mi hermano ni siquiera se molestó en responder enseguida. Entró en el salón con esa confianza irritante que tienen las personas felices y se quedó mirándome tirado en el sofá, rodeado de latas vacías, mientras la televisión seguía puesta de fondo sin que estuviera prestándole atención.
—No. Hemos decidido plantarnos. Ana me ha obligado a cortarme… ya sabes.
Lo miré con desconfianza.
—Menos mal. Creía que esa mujer tenía complejo de coneja.
Me lanzó un cojín directo a la cara y, cuando levanté la cabeza dispuesto a devolvérselo, me fijé de verdad en él por primera vez.
Iba con traje, corbata, y llevaba unos zapatos tan relucientes que podrían usarse para enviar señales a barcos en alta mar.
Fruncí el ceño, incorporándome despacio.
—¿Quién se casa?
Mi hermano soltó una risa seca.
—Cada día eres más simpático, hermanito. De verdad, me parto y me mondo…
—Sabes que esa expresión es de la época de nuestros abuelos, ¿verdad?
—Y aun así sigo teniendo más vida social que tú.
—Eso tampoco era difícil.
Me señaló con el dedo como si estuviera a punto de dispararme.
—No te lo voy a repetir.
Ahí fue cuando empecé a sospechar de verdad.
Porque mi hermano tenía esa mirada concreta que ponía cuando estaba tramando algo. La misma que tenía de pequeño antes de convencerme para saltar desde sitios demasiado altos o entrar en casas abandonadas.
Me incorporé despacio, mirando alrededor en busca de alguna pista.
—¿Qué coño está pasando?
—Vístete.
—¿Para qué?
—No pienso llegar tarde.
—¿Llegar tarde a dónde, capullo?
—Nada, déjalo. Tengo la ropa en el coche, ahora te cambias —insistió mientras tiraba de mi brazo, obligándome a levantarme del sofá.
—¡Eh! ¡Quieto! ¿Puedes explicarme qué mierda haces?
—Salvarte de ti mismo, porque das bastante pena últimamente.
—¿Y eso incluye secuestrarme?
—Si hace falta, sí.
Intenté soltarme, pero el muy cabrón llevaba años teniendo hijas y, por lo visto, eso daba una fuerza física sobrehumana. Además de que yo todavía no había recuperado por co la movilidad en el brazo, que todo hay que decirlo.
—Te juro que, si me llevas a una terapia familiar, me pego un tiro. No quiero ver a una loquera más en la vida.
—Cállate y anda.
—¿Ana está metida en esto?
—Ana, mamá, tus sobrinas y casi seguro que hasta el perro del vecino. Todo el mundo está cansado de verte actuar como un viudo victoriano.
Abrí mucho la boca, indignado.
—¡No estoy actuando como un viudo victoriano!
Mi hermano me miró de arriba abajo.
—Paco, llevas tres meses espiando a una mujer desde un coche, comiendo gusanitos y escuchando rancheras tristes. Eres literalmente un señor divorciado de sesenta años.
Y lo peor era que el hijo de puta tenía razón.