Capítulo 22
No le costó demasiado. Dos llamadas a antiguos contactos de la Policía Nacional en Madrid, una tarde entera revisando registros mercantiles desde su propio portátil, y el nombre apareció, casi como si hubiera estado esperando pacientemente todos esos años a que alguien volviera a buscarlo: Mario Morales de la Peña, gerente de Antigüedades Morales, un pequeño local del barrio de Malasaña con más de dos décadas de actividad y un historial de denuncias archivadas por falta de pruebas que a Paco le resultó, de inmediato, muy familiar.
—Taimado, buscavidas, y con un largo historial de rozar la legalidad sin llegar nunca a que lo pillen del todo —le resumió Paco a Sara por teléfono, la voz cargada de esa energía particular que solo un buen rastro consigue despertarle—.
Coincide, además, con la descripción de otro caso que UHEDO tiene abierto sobre falsificación del cuadro de Balduino IV en Montgisard.
Creo que su hombre y el mío son la misma persona.
—Eso explicaría muchas cosas —respondió Sara, ya tecleando en su ordenador para cruzar los archivos—. Voy a pedir una orden de vigilancia discreta sobre el local. Si de verdad es el mismo intermediario, no queremos que se nos escape antes de tener pruebas suficientes.
—Cuidado con moverse deprisa, Brito. Si es tan taimado como parece, cualquier movimiento en falso y desaparece con la mercancía antes de que consigan ni siquiera pisar la puerta.
Sara guardó un silencio breve, sopesando la advertencia con la seriedad que merecía.
—¿Y usted qué haría, inspector, si todavía llevara la placa?
—Esperaría a que él se moviera primero. La gente como Morales tarde o temprano comete un error. Solo hay que tener paciencia para verlo.
*
El despacho de Emilio Melián en la Facultad de Geografía e Historia, precintado desde su detención mientras se completaba el inventario forense de cada uno de los documentos y objetos que contenía, fue finalmente vaciado por orden judicial apenas unas semanas después, en presencia de un notario, dos peritos de la Policía Científica y la propia decana de la facultad, que había supervisado personalmente el proceso con una mezcla de alivio y vergüenza institucional que no había conseguido disimular del todo ante la prensa que esperaba fuera del edificio.
Entre los documentos catalogados, además de los ya conocidos árboles genealógicos y las notas del manifiesto que Thais había ayudado a traducir, aparecieron decenas de cuadernos de campo donde Melián había registrado, con la misma meticulosidad obsesiva que aplicaba a todo, años de observaciones sobre mujeres que había estudiado como potenciales candidatas antes de descartarlas, por razones que solo su propia lógica delirante podía explicar, del círculo de sus ocho ofrendas planeadas.
La lectura de esos cuadernos, que Paco tuvo ocasión de revisar como parte de su testimonio pericial durante la instrucción del caso, le produjo una inquietud distinta a la de cualquier otro documento que hubiera examinado en toda su carrera: la constatación fría, sistemática, de que decenas de mujeres de la ciudad habían pasado, sin saberlo jamás, bajo el escrutinio calculador de un depredador que las había estudiado, catalogado y finalmente descartado por motivos tan arbitrarios como el color de su cabello o la pronunciación de su apellido, sin que ninguna de ellas hubiera tenido jamás conocimiento del peligro que había rozado sus vidas.
La Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, tras el escándalo, revisó a fondo sus protocolos de acceso a los fondos patrimoniales que sus profesores utilizaban con fines de investigación, implementando controles mucho más estrictos que, según reconocieron varios responsables académicos en declaraciones posteriores, deberían haber existido mucho antes de que un solo hombre pudiera aprovechar durante años las lagunas de un sistema demasiado confiado en la buena fe de su propio profesorado.
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Matías, que había insistido en acompañar a Paco a la primera visita de este a la nueva oficina de UHEDO, tras la llamada de Sara sobre la pieza fenicia, se paseó por los pasillos de la oficina con la misma curiosidad despreocupada con la que recorría el puerto cada mañana, deteniéndose ante cada fotografía de piezas arqueológicas colgada en las paredes con comentarios que arrancaban sonrisas discretas al resto del equipo.
—Oye, Brito, ¿y esta pieza de aquí cuánto vale, en plata contante y sonante?
—preguntó, señalando una fotografía de un jarrón griego que Ingrid había clasificado meses atrás en un caso anterior, sin ningún ánimo especulativo real, sino con la curiosidad genuina de quien lleva toda la vida ganándose el pan con las manos y encuentra fascinante que existan objetos cuyo valor se mida en criterios tan distintos a los del peso del pescado.
—Depende del comprador y de lo desesperado que esté, Matías —respondió Sara, siguiéndole la broma con una soltura que sorprendió gratamente a Paco, poco acostumbrado a ver a la comisaria de UHEDO relajada fuera de un contexto estrictamente profesional—.
Aunque le puedo asegurar que ninguna cantidad de dinero justifica jamás lo que algunos están dispuestos a hacer para conseguir según qué pieza.
Matías asintió, mirando de reojo a Paco con esa complicidad silenciosa de más de treinta años de amistad, ambos pensando, sin necesidad de decirlo en voz alta, en cuánta verdad encerraba aquella frase después de todo lo que habían vivido juntos en las últimas semanas del caso Arcángel, cuando la obsesión de un solo hombre por un pasado imaginario había estado a punto de costarles la vida a más de una persona a la que ambos apreciaban.
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La relación entre Fernández y Sara Brito, nacida de la necesidad puramente profesional de coordinar dos investigaciones que habían terminado convergiendo, se consolidó en los meses siguientes hasta convertirse en una amistad genuina que trascendía con mucho el protocolo de colaboración institucional que habían firmado formalmente.
Almorzaban juntas al menos una vez al mes, en un pequeño restaurante de Vegueta que ambas habían adoptado como punto de encuentro habitual, compartiendo no solo información profesional relevante para sus respectivas unidades, sino también esa camaradería particular que solo se desarrolla entre mujeres que han tenido que abrirse paso, con esfuerzo redoblado, en profesiones tradicionalmente dominadas por hombres.
—¿Sabes lo que más me inquieta de todo este asunto?
—le dijo Fernández en uno de esos almuerzos rápidos entre reuniones—.
Que un solo hombre, con suficiente inteligencia y suficiente paciencia, pueda llevar veinte años construyendo una doble vida sin que absolutamente nadie de su entorno cercano sospeche nada. Sus colegas de universidad, sus
vecinos, hasta su propia familia extendida, todos coinciden en la misma descripción: un hombre correcto, culto, algo solitario, pero nada que hiciera presagiar lo que escondía.
—Es lo más inquietante de este trabajo, Inés —respondió Sara, removiendo pensativa su café—.
Cuanto más tiempo llevo en esto, menos confío en la capacidad de cualquiera, incluida la mía propia, de detectar el mal a simple vista.
Los monstruos rara vez llevan la máscara que la ficción les atribuye.
Casi siempre parecen, hasta el último momento, personas completamente normales.
Aquella conversación, repetida en distintas variantes a lo largo de aquellos días de tensión compartida, se convirtió en una suerte de válvula de escape entre ambas mujeres, un espacio donde procesar juntas el peso acumulado de dos profesiones que exigían, cada día, enfrentarse a la peor cara de la naturaleza humana sin que ese contacto constante terminara por corromper la propia capacidad de seguir confiando, aunque fuera con cautela renovada, en el resto de la gente.
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Domingo Reyes, el ayudante de Rodolfo en el Instituto Anatómico Forense, llevaba apenas dos años en el puesto, recién licenciado en Medicina y todavía decidiendo si la especialidad forense sería, de verdad, el camino que quería seguir para el resto de su carrera profesional.
Las autopsias del caso, cuatro cuerpos en apenas semanas, cada uno con su propia carga de crueldad meticulosa, supusieron para Domingo una prueba de fuego que estuvo a punto de hacerle reconsiderar por completo su vocación.
Fue precisamente Rodolfo, con esa mezcla de humor negro y calidez genuina que caracterizaba su trato con los más jóvenes del departamento, quien lo ayudó a procesar el peso emocional de aquel trabajo, recordándole, en las noches más duras, que la distancia profesional no era sinónimo de indiferencia, sino la única herramienta que permitía a un forense seguir siendo útil sin quebrarse por dentro con cada caso.
—Mira, Domingo, si algún día dejas de sentir nada al examinar un cuerpo, ese es el día exacto en que deberías dejar este trabajo —le había dicho Rodolfo una de aquellas noches, mientras ambos revisaban por enésima vez los informes del cuarto cadáver—.
La clave no está en no sentir. Está en no dejar que ese sentimiento te impida hacer bien tu trabajo, que es, al
fin y al cabo, la última ayuda que le podemos ofrecer a alguien que ya no puede pedirla por sí misma.
Domingo recordaría siempre aquella conversación como el momento exacto en que su vocación pasó de ser una elección académica más o menos casual a convertirse en algo parecido a una verdadera llamada profesional, un regalo que, sin saberlo entonces, le debía en buena parte a la paciencia y la sabiduría acumulada de un hombre que amaba las patatas fritas al ajillo casi tanto como amaba enseñar a los que venían detrás de él.