Cruces Fatales (AJ Docker 5) CAPÍTULO TREINTA Y SIETE
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CAPÍTULO TREINTA Y SIETE

—Parece que vas a ganar esta apuesta. La computadora nos adelanta veintitrés minutos —dijo el Mugroso.

—Voy a tener que decidir qué hacer con todas mis ganancias. Ya van tres seguidas, si no me equivoco.

El Mugroso se lamentaba de su mala racha. No tenía nada que ver con la minúscula cantidad de dinero, sino con una cultura intolerante a quedar en segundo lugar. Los pilotos de combate rara vez tenían la oportunidad de perder dos veces.

Examinó los controles. El piloto automático los tenía en ruta y, como siempre, el avión funcionaba con normalidad.

Lo cierto era que, con la tecnología actual, podría dormir durante la mitad del vuelo y todo iría bien.

El avión podía volar solo. Probablemente también podría aterrizar solo, pero el Mugroso tenía mentalidad de luchador e incluso con el piloto automático, mantenía una mano a centímetros de los controles.

La situación podría cambiar en cualquier instante y si las cosas salían mal, confiaba más en sus reflejos y experiencia que en una computadora.

Volvió a mirar los controles. En pocos minutos iniciarían el descenso en otro vuelo de rutina.

∙ ∙ ∙

Cedro observó como Antón y Jaime entraban en la camioneta. Robada hacía tres semanas y repintada, lucía una matrícula nueva y falsa que jamás podría ser rastreada hasta ellos. Cedro, les tendió la mano.

—Supongo que esta va a ser la última vez que nos veamos. Después del disparo, Jaime te va a dejar en el lugar acordado y tú eres responsable de tu propia salida del país. ¡Mucha suerte y no falles!

Antón miró fijamente al pendejo.

—Nunca fallo.

—Jaime regresa aquí lo antes posible para comenzar nuestro propio viaje fuera del país.

Jaime y Cedro intercambiaron una mirada intensa que Antón notó. Los pendejos se creían listos, pero Antón estaba acostumbrado a que los imbéciles codiciosos con los que trabajaba lo traicionaran. Ignoró su drama infantil y entró en la camioneta.

Jaime rompió el incómodo silencio tras unos minutos manejando.

—¿Qué tan difícil es disparar esa cosa?

—Es bastante sencillo. Debe ser fácil para que los soldados rasos puedan usarlo bajo presión.

—Entonces. ¿Por qué te mandaron a ti para hacerlo en lugar de dejarnos hacerlo a nosotros?

—Es sencillo si todo sale según lo planeado, pero no siempre es así. Si hubiera sufrido daños durante el transporte yo podría arreglarlo. Si la computadora presenta un problema, puedo disparar manualmente. Si todo sale bien, podrías hacerlo tú. Si algo sale mal, solo yo puedo disparar.

—¿Esa cosita puede derribar a un avión enorme?

—Puede dañar el motor y también un ala, pero el 757 está diseñado para volar con solo un motor.

Si lo impactamos mientras vuela alto, el piloto podría tener tiempo de reaccionar y salvar el avión.

Por eso es importante impactarlo durante el aterrizaje, cuando vuela lento a baja altitud y se necesitaría un milagro para que cualquier piloto lo salvara.

—Supongo que tienen los mejores pilotos.

—Por eso traje dos misiles.

—Pensé que era un respaldo en caso de que el primero fallara.

—Estás parcialmente en lo cierto. Sí tengo un respaldo, pero si el primer misil no falla, tenemos otro y el avión solo tiene dos motores. No importa qué tan bueno sea el piloto, no puede aterrizar un avión sin motores .

—¿Cuánto tiempo te va a tomar disparar ambos misiles?

—Puedo adquirir el blanco y lanzar el primero en diez segundos. Recargar y disparar el segundo me va a tomar unos veinte. Voy a estar fuera de la camioneta solo medio minuto y luego nos iremos de inmediato.

—Impresionante.

Jaime se concentraba en manejar respetando el límite de velocidad hacia su destino, mientras repasaba mentalmente sus propios planes. En el momento en el que el asesino disparara el segundo misil, él dispararía a Antón por la espalda, dejándolo a él y al lanzador para que los encontrara la policía.

∙ ∙ ∙

Le había dejado tres mensajes de voz y un mensaje de texto al Agente Duff sin respuesta y caminaba ansiosamente mientras esperaba a que llamara.

—¿Qué tal si simplemente llamamos al 911? —preguntó Shawn.

—No hay tiempo. Para cuando movilicen a la gente con los medios para prevenir semejante crimen va a ser demasiado tarde; además, la policía que controla Cedro les va a dar aviso de todas formas.

—¿Por qué no vamos allí y lo buscamos nosotros mismos?

—No podemos recorrer toda la ciudad buscándolo.

—Podemos pensar como él. He estado investigando. La mayoría de estos misiles tierra-aire tienen un alcance de 8 kilómetros, así que tendrían que estar cerca del aeropuerto. Querrá estar detrás del avión para poder lanzar el misil contra el motor.

—¿Cuándo te convertiste en un experto militar?

—Juego muchos videojuegos. Los misiles buscan calor y el objetivo más probable es el motor que está detrás.

—Tal vez planea dispararle a la cabina.

—Mala idea. Sería una posibilidad entre un millón. Estos explosivos son pequeños. Están diseñados para derribar un Caza, no un 757. Si quisiera tener más probabilidades de éxito, dispararía al motor en la aproximación final.

—Bien, entonces, ¿necesitamos encontrar la mejor azotea para disparar?

—Mala idea. Queda genial en las películas, pero no es muy inteligente. Estaría expuesto en una azotea y tardaría mucho en bajar y escapar. Tampoco necesita la altura. Solo necesita un espacio abierto. Puede bajar de un carro, hacer el disparo y marcharse.

—¿Estás seguro de que no fuiste asesino en tu vida anterior? Lo has pensado muy bien.

—Es parte de mi trabajo. Me meto en la cabeza de los demás para averiguar qué es lo más probable que hagan. Si tuviera un misil y quisiera derribar un avión, así lo haría.

—Está bien, pero ¿cómo vamos a encontrar al tipo y a detenerlo?

—Google Maps. Échale un vistazo. El Parque Central Doral está a cuatro kilómetros y medio del inicio de la pista en línea recta de aproximación. Los aviones sobrevuelan el parque y una carretera convenientemente lo atraviesa. Ahí es donde me gustaría disparar.

Miré el mapa y su explicación tenía sentido, pero me pareció increíble. Seguía sin recibir respuesta de Duff y el tiempo pasaba volando.

—¿A qué distancia está el parque?

Shawn pulsó el teclado.

—A esta hora, a diecisiete minutos.

—¿Cuándo aterriza el avión?

Shawn pulsó más teclas.

—Van adelantados, aterrizan en veintidós minutos.

—Vamos. Yo manejo.

Totalmente alerta, Banshee parecía listo para la batalla mientras corríamos hacia mi carro. Presintió una aventura y le encantan los desafíos.