EPÍLOGO
El mundo no volvió a ser el mismo después de aquella noche.
No porque los reinos hubieran cambiado sus fronteras.
No porque los ejércitos hubieran comenzado una guerra.
Ni porque los dioses hubieran descendido para anunciar una nueva era.
Cambió porque ocho jóvenes habían tomado decisiones que ya no podían deshacerse.
Rangar regresaría a Ignator con una pregunta que jamás había permitido que existiera: cuánto de su orgullo pertenecía realmente a él y cuánto había heredado de un reino que confundía poder con valor.
Brumm llevaría consigo la certeza de que su fuerza no lo convertía en una amenaza, pero tampoco lo hacía inmune a las consecuencias.
Aureon volvería a mirar los libros de Alfheim con otros ojos, sabiendo que incluso el conocimiento más antiguo podía contener silencios.
Zaphira ya no podría fingir que su corazón era una parte secundaria de su deber.
Lysandra tampoco. Kael comenzaría a entender que convertirse en rey no significaría proteger a todos de sus propias decisiones, sino aprender a caminar junto a ellos mientras las tomaban.
Y Atherion... Atherion llevaría consigo un nombre que todavía no sabía aceptar.
Hijo. No sabía qué significaba tener un padre.
No sabía si podía perdonar a Valkar. No sabía por qué su madre había guardado silencio.
No sabía qué parte de la historia había sido verdadera y cuál había sido construida por generaciones que necesitaban un culpable.
Pero ahora sabía algo. No era el Destructor porque alguien hubiera decidido llamarlo así.
Y Amariel había elegido. No porque el Equilibrio se lo hubiera pedido.
No porque una voz antigua hubiera pronunciado su nombre.
No porque una profecía hubiera escrito el futuro.
Lo había elegido porque, después de mirar todo aquello que podía perder, decidió que no quería permitir que el miedo eligiera por ella.
Pero las decisiones nunca terminaban cuando eran pronunciadas.
A veces apenas comenzaban. Y mientras el sol nacía sobre el océano, una voz antigua atravesó un lugar que nadie podía ver.
No era la voz de Valkar. No era la voz de Atenea.
No era la voz de los Custodios. Era la voz de alguien que todavía sostenía el libro.
—El eco ha despertado.
Las páginas comenzaron a moverse solas, una tras otra, hasta detenerse en una página completamente nueva. Y allí, debajo de una historia que todavía no había sido escrita, aparecieron seis palabras:
La consecuencia siempre encuentra el camino, el libro se cerró, la oscuridad volvió.
Y, por primera vez desde el Primer Quiebre, algo que había permanecido dormido durante siglos comenzó a despertar, no había terminado, apenas comenzaba.
FIN…