La masacre dentro de la casa #3
Apenas cruzó el umbral, el Negro lo encañonó con precisión, mientras el Profe lo sujetaba con fuerza, cubriéndole la boca y anulando cualquier intento de reacción.
Todo ocurrió en segundos.
Lo redujeron, lo maniataron, lo dejaron sin voz, sin defensa, sin posibilidad de escapar a lo inevitable. Luego, sin decir una palabra, lo arrastraron hasta la cocina.
Y ahí… lo vio.
A su hijo.
Muerto.
El mundo se le vino abajo en un instante. Sus ojos se inundaron de lágrimas que no pudieron convertirse en grito. No podía hablar. No podía moverse. Solo mirar… y comprender. Comprenderlo todo sin que nadie tuviera que explicárselo.
El dolor más profundo se instaló en su rostro, desgarrador, contenido en el más absoluto silencio.
Pero, para el Profe, ese momento no significaba nada.
Ya había decidido.
—Hazlo —ordenó, con la misma frialdad de siempre.
El Negro no dudó.
No preguntó.
No vaciló.
Tomó la cuerda… y repitió el acto.
Otra vida se apagó, como si fuera solo una más en una cadena que ya no tenía retorno.
Otra línea había sido cruzada, y el aire se volvió aún más pesado, como si ya no quedara espacio para la duda ni para el arrepentimiento.
El Profe recorrió al grupo con la mirada, firme, dominante, asegurándose de que cada uno entendiera lo que venía.
—Aquí todos se ensucian las manos —dijo con una calma que imponía más que cualquier grito—. Nadie sale limpio. Nadie delata. El que se va… muere.
No era una amenaza lanzada al vacío; era una regla, una ley impuesta en ese instante, sellada con lo que ya había ocurrido.
Luego giró lentamente hacia la Gata y Paloma.
—Les toca. La señora está en su cuarto.
No hubo espacio para negarse. No hubo opción. Solo la orden… y el peso de cumplirla.
Subieron las escaleras en silencio, pero no en calma.
Cada paso de la Gata era inestable, como si sus propias piernas se resistieran a avanzar.
Sus manos temblaban sin control, y su respiración se entrecortaba a medida que se acercaban a la habitación.
Paloma, más contenida, intentaba sostenerla, no solo físicamente, sino emocionalmente, como si supiera que, si la soltaba en ese momento, todo se derrumbaría.
Al entrar, la madre del abogado seguía allí, maniatada, con el rostro empapado en lágrimas, frágil, completamente indefensa.
Cuando las vio, sus ojos hablaron antes que cualquier palabra: suplicaban, imploraban, pedían piedad sin necesidad de voz.
Ese instante quebró algo dentro de la Gata.
Se detuvo. Dudó. Su llanto comenzó a brotar sin poder contenerlo, negando con la cabeza como si quisiera escapar de lo que estaba a punto de hacer.
Pero no había salida.
Paloma, con voz baja pero firme, la empujó a continuar.
No había tiempo. No había opción. Entre ambas tomaron la cuerda, pero sus manos no tenían la firmeza de antes.
Temblaban. Dudaban. Lloraban. El acto no fue limpio ni decidido; fue torpe, cargado de miedo, de presión, de una culpa que ya comenzaba a instalarse.
La mujer intentó moverse, emitir algún sonido, pero estaba completamente reducida.
La Gata, entre lágrimas, apretó con los ojos cerrados, como si al no ver pudiera negar lo que hacía.
Paloma la ayudó, sosteniendo la cuerda con más fuerza, acelerando un final que ninguna de las dos parecía capaz de enfrentar por sí sola.
Cuando todo terminó, el silencio que quedó fue distinto… más pesado, más definitivo.
Bajaron sin mirarse, sin hablar.
Ya no eran las mismas.
Algo en ellas se había roto.
Y en la cocina, uno a uno, los cuerpos comenzaron a reunirse, como evidencia muda de una noche que ya no tenía retorno.
La Gata lloraba desconsolada, sin poder contener el peso de lo que acababa de hacer.
Su cuerpo temblaba, su respiración era irregular, y sus ojos, inundados, evitaban mirar a cualquier lado.
Paloma se acercó de inmediato, la sostuvo con firmeza, no solo para evitar que se derrumbara, sino para mantenerla en pie frente a los demás.
Con voz baja, casi susurrando, le pidió que se controlara, que respirara, que no dejara que el miedo la dominara en ese momento.
Luego, acercándose aún más, le habló al oído con urgencia: que no la vieran débil, que el Profe estaba observando, que cualquier señal de quiebre podía volverse en su contra.
No era solo una advertencia; era una forma de protegerla dentro de un entorno donde la mínima fragilidad podía costar caro.
Le pidió que actuara, que fingiera, que se mantuviera firme…
como si nada de lo que había pasado la estuviera destruyendo por dentro.
La Gata tragó saliva, intentando contener el llanto que aún le ahogaba el pecho.
Evitó mirar los rostros de los cadáveres —personas con las que había compartido, reído, convivido— porque sabía que, si lo hacía, no iba a resistir.
Cerró los ojos por un instante, reunió lo poco que le quedaba de fuerza…
y comenzó a actuar. No porque pudiera, sino porque no tenía otra opción.
Pero la noche aún no terminaba. Cuando parecía que todo estaba bajo control, un nuevo sonido irrumpió en la casa. Esta vez no venía del frente, sino desde la parte posterior.
Una puerta.
Un acceso que no tenían previsto.
El Profe reaccionó de inmediato, sus sentidos en alerta, como un depredador que detecta una amenaza inesperada. Con un gesto rápido, le indicó al Negro que se ocultara. Ambos se posicionaron en silencio, conteniendo cada movimiento, cada respiración, esperando.
Entonces apareció un joven.
Un adolescente.
El sobrino del abogado.
Entró con naturalidad, sin sospechar absolutamente nada.
No entendía el silencio extraño ni la tensión que flotaba en el ambiente.
Apenas dio unos pasos… y fue suficiente.
El Profe salió de su escondite como un impulso contenido, interceptándolo antes de que pudiera reaccionar.
El muchacho intentó resistirse, confundido, asustado, tratando de soltarse, pero estaba completamente superado.
El Profe lo sujetó con precisión. No fue un forcejeo desordenado.
Fue técnica. Dominio. Aprovechó su conocimiento como luchador, posicionándose detrás de él y cerrando su brazo alrededor del cuello en una llave firme, asfixiante, que anuló rápidamente cualquier intento de defensa.
El adolescente comenzó a perder fuerza, su resistencia se desvanecía, pero aun así intentaba liberarse.
No tuvo oportunidad.
En un movimiento calculado, seco y brutal, el Profe ajustó la presión y giró con violencia el cuello del joven, quebrándolo al instante. El sonido fue breve. Definitivo.
La muerte fue inmediata.
El cuerpo quedó inerte en sus brazos, como si toda la vida se hubiese apagado de golpe. Sin mostrar emoción alguna, el Profe lo sostuvo unos segundos más, verificando que no hubiera reacción, y luego lo dejó caer.
Otro cuerpo más.
Otra vida extinguida sin margen, sin error.
Cuando lo arrastraron hasta la cocina, el escenario ya era devastador. Cuatro cuerpos yacían allí, apoyados a la pared, alineados en una escena que ya no podía ocultarse ni maquillarse. La casa, que horas antes estaba llena de vida, se había convertido en un lugar de muerte.
Y aun así… el plan debía continuar.
La Gata no pudo más. Se quebró por completo, como si todo lo que había contenido hasta ese momento finalmente se desbordara sin control. Sus piernas parecían no sostenerla, su llanto era incontenible, profundo, desgarrado.
Pero Paloma estaba ahí. La sujetó con firmeza, la apartó del lugar y la llevó hacia una de las habitaciones, intentando sacarla, aunque fuera por unos segundos, de esa escena que la estaba consumiendo.
Sin decir mucho, buscó algo que pudiera darle una mínima salida a ese momento.
Tomó unas fundas de almohada, regresó con ella hacia la cocina y, con movimientos rápidos pero cargados de tensión, comenzó a cubrir los rostros de los cadáveres, como si con eso pudiera devolverle un poco de control a la situación…
o al menos evitarle a la Gata seguir enfrentando esas miradas.
Aun así, el llanto no cesaba. La Gata seguía rota, mirando de reojo los cuerpos de quienes, horas antes, habían sido personas cercanas, reales, parte de su entorno.
La escena era demasiado para asimilarla.
Paloma volvió a sostenerla, más firme esta vez, casi obligándola a mantenerse en pie, a no dejarse caer. Mientras tanto, el Profe observaba. No intervenía. No decía nada.
Su mirada era fría, distante, como si todo aquello no fuera más que una fase más del plan. Para él, no había tragedia. No había culpa. Solo ejecución. Como si la vida y la muerte, en ese lugar, fueran simplemente… parte del trabajo.
Luego, como si nada de lo ocurrido tuviera peso alguno, el Profe dio la siguiente orden. No levantó la voz. No hizo falta.
—Sáquenlo todo.
Y la casa comenzó a vaciarse. Objeto por objeto.
Valor por valor. Cada ambiente fue recorrido con una precisión mecánica, como si ya no quedara espacio para la duda ni para la emoción.
Televisores, equipos de sonido, computadoras, laptops…
Todo lo que representara dinero fue retirado sin contemplación.
En la cochera extendieron una manta grande y sobre ella comenzaron a apilarlo todo, formando un botín ordenado, casi meticuloso, en contraste con el horror que yacía a pocos metros.
El plan seguía su curso.
Frío.
Calculado.
Implacable.