La verdad salió a la luz
Sí, el Profe era el líder. No cabía ya ninguna duda. No solo había conformado la banda… la había diseñado. Cada integrante, cada rol, cada movimiento llevaba su sello. Él reclutaba, él planificaba, él distribuía funciones, él decidía cuándo actuar y cuándo desaparecer.
Nada se hacía sin su aprobación. Incluso el reparto de las ganancias pasaba por sus manos. Era el centro de gravedad de toda la organización.
Pero había algo más inquietante aún.
Nadie terminaba de conocerlo del todo.
Incluso dentro de su propio grupo, el Profe mantenía una distancia calculada.
Era convincente, seguro, transmitía control…
y eso generaba confianza. Pero nunca se abría por completo.
No hablaba de su pasado, de sus vínculos externos, de otros posibles negocios.
Siempre había una parte de él que permanecía en la sombra.
Como si viviera permanentemente dos o tres jugadas adelante, incluso frente a los suyos.
Y eso lo hacía aún más peligroso.
Era previsor hasta el extremo. Pensaba incluso en la caída antes de ejecutar el golpe. No dejaba cabos sueltos. Por eso, los juramentos de lealtad no eran un simple ritual… Eran una necesidad. Nadie debía traicionar. Nadie debía hablar. El silencio era parte del plan.
Fue en ese contexto cuando surgió el vínculo con el abogado.
El Profe descubrió que la Gata lo conocía. No fue casualidad. Lo analizó, lo pensó… y vio una oportunidad. Le pidió que lo frecuentara, que se acercara más, que ganara su confianza. Y así comenzó todo.
Durante semanas, la Gata visitaba al abogado con regularidad. En más de una ocasión, el propio Profe la llevaba hasta la casa en su mototaxi, dejándola a pocos metros, como si fuera un gesto cotidiano. Pero no lo era.
Cada visita tenía un propósito.
La Gata regresaba luego a la base y le contaba todo: cuánto dinero manejaba el abogado, qué tipo de casos llevaba, sus rutinas, sus horarios. Información precisa. Información valiosa.
Pero, en ese proceso, algo comenzó a cambiar.
El Profe, en ciertos momentos, mostraba celos. No evidentes, no descontrolados… pero estaban ahí.
Como una sombra. Como una incomodidad que no lograba ocultar del todo. Aun así, continuó. Porque para él, el objetivo estaba por encima de cualquier emoción.
Hasta que tomó la decisión. El golpe.