Crónicas de Homicidios La organización del Profe
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La organización del Profe

Ya en libertad, el Profe no perdió tiempo. Volver a las calles no significó empezar de cero, sino construir algo propio, bajo sus propias reglas, sin depender de nadie. Con la frialdad que lo caracterizaba, comenzó a reclutar, pieza por pieza, a quienes formarían su nueva organización.

El primero en sumarse fue alguien a quien ya conocía bien: un sujeto al que había tratado en el penal, recientemente liberado, de alias el Chino. Entre ambos existía una confianza forjada en un entorno donde sobrevivir ya era una prueba de lealtad. Luego apareció la Gata.

La conoció en locales nocturnos, en ese ambiente donde las apariencias engañan y las oportunidades se disfrazan de casualidad.

El Profe supo leerla desde el inicio: carácter, presencia, capacidad de moverse sin levantar sospechas. La envolvió con su discurso, le mostró una visión, un plan… y, poco a poco, la fue incorporando no solo a su círculo, sino también a su vida.

A través de ella llegaron dos más: Paloma y Gabi. Amigas cercanas, con perfiles similares, que fueron presentadas por la propia Gata. El Profe las evaluó, las midió y finalmente les dio su aprobación. No reclutaba por impulso. Todo en él respondía a un cálculo.

El siguiente fue el alias el Negro. A diferencia de los demás, no venía de su entorno cercano.

Era un delincuente independiente, acostumbrado a moverse solo, pero con una presencia imponente: robusto, intimidante, útil para el momento exacto en que la violencia debía imponerse.

Con él, el círculo operativo quedó prácticamente cerrado.

Pero había uno más. No formaba parte del núcleo, no estaba en todas las reuniones, pero, cuando se trataba de golpes específicos, su participación era clave. Lo conocían como el Hacker.

No era ingeniero ni tenía formación académica formal, pero dominaba la informática de manera empírica. Sabía lo suficiente… y eso, en manos correctas, era más que peligroso. Además, tenía una obsesión particular por los vehículos, lo que lo convertía en una pieza funcional dentro de la estructura.

Con el grupo definido, comenzaron a consolidarse. Se reunían con frecuencia, afinaban detalles, compartían información. Fue entonces cuando el Profe consiguió un local alejado de la ciudad, discreto, casi invisible.

Ese lugar se convirtió en su base, su centro de operaciones. Todo pasaba por ahí. Todo se planificaba ahí.

Y también ahí se establecieron las reglas.

Una de las principales: no vincular absolutamente nada con sus domicilios.

Ningún objeto, ningún indicio, ninguna evidencia.

Todo debía quedar fuera de sus entornos personales.

Además, sellaron su compromiso con algo más fuerte que palabras: juramentos de lealtad.

Se veían como hermanos de sangre. Traicionarse no era una opción.