Crónicas de Homicidios Entre la confesión y la manipulación
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Entre la confesión y la manipulación

—Quiero que me digas la verdad —susurró el Profe, inclinándose apenas, con la voz cargada de urgencia—⁠. Estoy dispuesto a colaborar… pero no quiero irme preso.

Z lo observó fijamente, sin apuro, dejando que el silencio pesara entre ambos.

—Las evidencias son claras —respondió con tono firme—⁠. El que no está colaborando eres tú.

Fue entonces cuando el Profe mostró su verdadera carta. Su mirada cambió. Ya no era desafiante, sino calculadora, casi desesperada.

—Te doy toda la información… —dijo en voz baja—⁠. No solo de este caso, sino de diez homicidios más. Casos que siguen sin resolverse. Pero ayúdame… ¿Se puede negociar?

Z no respondió de inmediato. Se quedó en silencio unos segundos, analizándolo. Aquella propuesta abría un escenario distinto. Podía ser una jugada desesperada para ganar tiempo… o la puerta a una red mucho más grande de lo que habían imaginado.

—Primero tendrías que demostrar la calidad de esa información, no solo decirlo. Tiene que ser corroborado — contestó finalmente, sin apartar la mirada.

—Es A1 —insistió el Profe, acercándose un poco más— . Escúchame… Hoy, cuando me lleven al calabozo, entras a mi celda. Solo. Sin celular, sin grabaciones… Con las manos limpias. Ahí te cuento todo.

Z asintió levemente, como si aceptara, pero en su interior ya había marcado distancia.

Sabía perfectamente que no podía ni debía ceder a esas condiciones.

No en su terreno, no bajo sus reglas. Aun así, no descartaba nada.

Ese hombre estaba acorralado y jugando su última carta…

y, cuando alguien llega a ese punto, puede ser capaz de cualquier cosa.

Mientras se alejaba, Z no dejó de pensar en ello. Podía tratarse de una trampa, un intento de manipulación o incluso algo más peligroso. Pero también existía la posibilidad — aunque mínima— de que aquella información fuera real.

Y, si lo era, no solo estaban frente a un homicida, sino ante alguien que guardaba secretos mucho más oscuros de lo que hasta ese momento habían logrado descubrir.

La diligencia continuó, pero, en lugar de aclarar los hechos, el Profe terminó enredándose cada vez más en su propia versión.

Sus palabras ya no tenían coherencia. Cambiaba rutas, modificaba tiempos, inventaba desplazamientos que no resistían el más mínimo contraste. Habló de una casa abandonada donde, según él, permaneció durante horas, intentando construir una coartada improvisada.

Sin embargo, nada de lo que decía coincidía con las imágenes fílmicas ni con las declaraciones recogidas. Cada nueva explicación no hacía más que hundirlo, evidenciando que su relato se desmoronaba frente al peso de la verdad.

Al concluir la diligencia, el Profe fue conducido nuevamente al calabozo bajo estrictas medidas de seguridad.

Con el paso de las horas, la aparente serenidad que había mostrado comenzó a resquebrajarse.

La espera lo inquietaba. Preguntaba insistentemente por Z, una y otra vez, como si su urgencia fuera en aumento.

Los custodios, ajenos a cualquier negociación, le respondían con frialdad que no se encontraba, que estaba ocupado en otras diligencias.

El mensaje llegó a oídos de Z: el detenido lo estaba buscando.

Pero aquella conversación que el Profe había intentado forzar quedó suspendida en el aire, sin concretarse.

Z tomó una decisión. No iría.