Crónicas de Homicidios El juego mental del Profe la guerra psicológica
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El juego mental del Profe la guerra psicológica

A simple vista, bastaba observarlo unos segundos para comprender que el alias el Profe no correspondía a un detenido común.

Había en su mirada una frialdad calculada, una forma de escanear cada detalle del entorno que lo delataba como alguien acostumbrado a medir riesgos, a anticiparse. No hablaba más de lo necesario, pero, cuando lo hacía, lo hacía con intención.

Z lo percibió desde el primer momento. Por eso, sin margen de duda, ordenó extremar todas las medidas de seguridad: nada de concesiones, nada de descuidos. Siempre con marrocas, siempre bajo vigilancia estricta.

Sabía que bastaba un mínimo error, un segundo de confianza mal otorgado, para que ese hombre intentara revertir la situación.

No era solo un investigado por homicidio; era un individuo entrenado en artes marciales, con capacidad física y mental para reaccionar con violencia si veía una oportunidad. Y, sobre todo, alguien que no estaba dispuesto, en ninguna circunstancia, a pisar un penal.

Durante uno de los desplazamientos para realizar diligencias, mientras el vehículo avanzaba por calles polvorientas y el ambiente se cargaba de tensión, Z decidió iniciar un diálogo.

No buscaba una confesión inmediata, sino entender cómo pensaba.

Quería leerlo. Le preguntó directamente por los hechos, pero el Profe respondió con una negativa firme, casi automática. Negó conocer a la menor la Gata, negó cualquier vínculo, negó todo. Y cada vez que percibía que una respuesta podía comprometerlo, se refugiaba en el argumento legal:

—No voy a decir nada sin mi abogado.

Era evidente que conocía el sistema, que sabía cuándo hablar y cuándo callar.

Sin embargo, detrás de esa aparente cautela, había algo más. El Profe observaba a Z con insistencia, como si tratara de descifrarlo, de medir su carácter. De pronto, rompió el silencio con una frase que no era casual:

—Por lo visto, tú eres el jefe.

Z no respondió. Solo lo miró fijamente. Entonces el Profe fue más lejos. Lo llamó por su nombre y, con una media sonrisa cargada de soberbia, le dijo:

—¿Sabes qué? Cuando me capturaron… si te hubieras demorado un segundo más apuntándome, te quitaba el arma.

Por un instante, el ambiente se tensó. Pero Z no perdió la calma. Esbozó una leve sonrisa y le respondió con firmeza:

—Habría sido la decisión más tonta de tu parte. Ante el más mínimo movimiento, te disparaba.

No hubo espacio para más palabras. Z sabía que ese tipo de personas buscaba dominar desde lo psicológico, provocar, medir reacciones. Y él no estaba dispuesto a entrar en ese juego.