La parte más cruel del trabajo
Z cerró los ojos por un instante. Había un momento en cada caso que detestaba más que cualquier escena sangrienta: comunicar la muerte.
No existe entrenamiento suficiente para ese instante. No hay protocolo que suavice el impacto. Aun así, era parte del deber.
Se dirigieron al domicilio consignado. La casa era modesta, silenciosa. Antes de tocar la puerta, Z respiró hondo. Cuando la madre abrió, su mirada ya llevaba una sombra de presagio. Hay madres que intuyen antes de escuchar.
—Somos de la Policía —dijo Z con tono firme, pero sereno.
La mujer no dejó que terminara la frase.
—¿Tienen noticias de mi hija? ¿Le ha pasado algo? — preguntó, y en su voz ya había temor.
El silencio que precede a la confirmación es devastador. Z sostuvo su mirada y, con el mayor cuidado posible, informó que el cuerpo de su hija había sido hallado sin vida.
La reacción fue inmediata. La madre lanzó un grito ahogado, sus piernas cedieron y estuvo a punto de desvanecerse. Fue necesario sostenerla.
La escena se volvió un torbellino de llanto, incredulidad y negación. En cuestión de minutos llegaron el hijo y otra hija, alertados por los gritos.
—No puede ser… Ustedes se están equivocando… ¿Cómo la van a identificar si no la conocen? —repetían, entre sollozos y rabia.
Z explicó el procedimiento técnico de identificación, la comparación biométrica y la certeza científica. Pero, en esos momentos, la razón no compite con el dolor.
La familia oscilaba entre la esperanza absurda y la furia desesperada.
Con mesura, los invitó a acudir a la morgue para los trámites correspondientes y la confirmación visual. Sabía que ver el cuerpo era un golpe aún más brutal, pero también una necesidad para cerrar la incertidumbre.
Mientras la familia se preparaba para salir, Z aprovechó, con extremo cuidado, para hacer preguntas preliminares. No era el mejor momento, pero cada hora contaba.