Crimen y vino caliente en Estrasburgo (Misterios entre canales y croissants 4) Sombras de la catedral #2
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Sombras de la catedral #2

Él dice que la gente destruye cosas continuamente por amarlas con torpeza.

—Eso también suena propio de él.

—Sí. —Clara volvió a cambiar de posición la bandeja—. Todo acaba sonando a él cuando llevas allí el tiempo suficiente. El mercado hace que lo familiar parezca inevitable. Después de diez años no siempre sé distinguir entre el recuerdo y la mitología.

Doblaron junto a un vendedor de castañas al que Clara saludó por su nombre. —Buenos días, Ahmed.

—Buenos días. Has traído chocolate. Lo desapruebo. Debilita mi posición.

—Vendes castañas en cucuruchos de papel. No tienes ninguna posición. Y, aun así, siempre llevas razón.

—Poseo autoridad invernal.

—Tienes humo y optimismo. Ninguna de las dos cosas paga el alquiler, pero ambas son mucho más difíciles de cuantificar. La autoridad invernal es una moneda más útil.

Ahmed miró a Elodie y dijo: —Me insulta todos los días. Así sé que ya es de aquí. Es una forma de afecto.

—No soy de aquí —dijo Clara.

—Ya eres lo bastante de aquí para ser maleducada con aplomo. Es una cualidad que la mayoría confunde con el encanto europeo. Los verdaderamente locales nunca tienen que explicarla.

—Eso es distinto.

Siguieron caminando. Clara señaló con la barbilla un puesto de bredele.

—Esos están muy buenos. No tanto como las pastas de mantequilla de Georges, pero se acercan lo suficiente para que él jamás lo admita en voz alta.

Esa es su idea del tacto. —Después señaló a un vendedor de juguetes—.

Y ese de ahí sí tiene verdadera destreza.

No solo encanto. Los caballos tallados están bien equilibrados.

Aunque los niños les rompan la cola, el cuerpo sigue aguantando. Eso es inteligencia.

—Lees el mercado como si te hubieras criado dentro de él. Las pausas en la conversación, el peso del silencio; sabes cuánto significan. Eso no es suerte ni bondad.

—Casi lo hice. —Clara miró los chalets mientras pasaban—.

Si te quedas aquí el tiempo suficiente, dejas de ver puestos y empiezas a ver costumbres.

Quién toma atajos. Quién trabaja con limpieza.

Quién sigue usando mantequilla de verdad.

Quién compra cajas que quedan bien en las fotos y luego se pregunta por qué la repostería sabe a soledad.

—Eso es duro.

—Es verdad.

Frente al puesto de Thomas Reinhardt, Pistou, que hasta entonces había soportado con sorprendente paciencia que Elodie lo llevara en brazos bajo el abrigo y la bufanda, decidió que ya había tenido bastante.

Primero se removió. Luego se inclinó hacia delante, apoyó una pata en el brazo de Elodie y, antes de que ella comprendiera su intención, se escurrió y aterrizó con ligereza entre las botas de dos clientes.

Se dirigió al puesto con repentina determinación.

—Pistou —dijo Elodie.

Clara se detuvo en seco. —¿Has traído al gato?

—Se quejó. En concreto, se sentó junto a la puerta e hizo un ruido como de bisagra hasta que cedí. Su perseverancia era impresionante incluso para él.

—Eso no es un motivo.

—Lo era en aquel momento. Al cabo de un rato, el motivo importaba menos que conseguir hacerlo salir por la puerta sin discutir con él.

Bajo un estante de adornos lacados, después de abrirse paso entre los bajos de dos abrigos, Pistou se detuvo.

Uno de los adornos, un pequeño nacimiento de madera oscura y pulida con detalles pintados, acaparó toda su atención.

Levantó el hocico. Adelantó los bigotes.

Olisqueó con tal concentración que, durante un instante, la pulida solemnidad del puesto entero quedó reducida a la certeza absoluta de un gato convencido de que debía investigarlo. Thomas reparó en él casi de inmediato.

—Vaya —dijo, sonriendo desde el mostrador—, tu gato tiene un gusto excelente. Ha ido directamente al estante que más tiempo pasé ordenando, lo cual dice algo de los dos. Quizá nada halagador.

Después de apartarse para dejar pasar a Pistou, una mujer que examinaba un ángel de cristal dijo: —Es más guapo que la mayoría de los compradores.

—Y sin duda más decidido —dijo Thomas.

Antes de que Pistou pudiera tocar nada frágil con una pata, Elodie se agachó y lo levantó. Él soportó la indignidad solo porque no apartaba la vista de la pieza lacada. Estiró el cuello una vez más hacia ella.

—Le atraen las cosas brillantes —dijo Elodie—. Yo no le daría demasiada importancia. Una vez se quedó veinte minutos mirando una tapa de lata. Los gatos no necesitan tener una filosofía coherente.

Después de mirar el adorno que Pistou había inspeccionado, Thomas dijo: —Como casi todos nosotros. —Lo levantó con delicadeza del expositor—. Ruso, del siglo XIX. El lacado es excepcional.

Clara se inclinó para verlo mejor. —Es muy delicado.

—Lo es. —Thomas giró la pieza para que la luz alcanzara la superficie pulida—. Los gatos suelen juzgar mejor que los comités. No se molestan en fingir objetividad. Al menos son sinceros acerca de sus prejuicios.

—Parece una frase que utilizas a menudo —dijo Elodie.

—Solo cuando un gato se la gana. La mayoría ni se molesta. —Miró a Pistou, que se había acomodado ya en brazos de Elodie con la expresión de una criatura temporalmente privada de sus derechos—. ¿Me permites?

Cuando Thomas le ofreció dos dedos, Pistou los olisqueó con la solemnidad de un agente de fronteras y perdió el interés.

—Bueno —dijo Thomas—, ha sido decepcionante. Esperaba ser elegido. Al parecer, mi gusto supera mi relevancia.

—Te ha inspeccionado —dijo Elodie—. Ya es más de lo que consigue la mayoría.

Las risas de una pareja situada a un lado del puesto acompañaron a Thomas mientras devolvía el adorno a su sitio con su cuidado habitual.

—Si desarrolla afición por el estante ruso, tendré que empezar a cobrar entrada.

Los adornos pequeños de ahí cuestan más que el alquiler de la mayoría de la gente.