Capítulo 7 - La Amenaza en la Biblioteca
La Amenaza en la Biblioteca
La biblioteca de Villa Escarcha era una habitación circular en la torre oeste, con estanterías que llegaban hasta el techo abovedado y una escalera de caracol de hierro que conducía a un balcón superior.
El olor a cuero viejo, papel encerado y tabaco rancio creaba una atmósfera de decadencia intelectual.
Lord Ashford cerró la puerta con llave. Elena lo escuchó girar en la cerradura, y sintió que el aire de la habitación se volvía más denso.
—Siéntese —dijo Lord Ashford, señalando una silla de cuero gastado frente a su escritorio.
Elena prefirió quedarse de pie.
—Prefiero estar de pie, Lord Ashford. La cocina me tiene acostumbrada a no sentarme mucho.
Lord Ashford sonrió, sentándose detrás del escritorio. Sobre la madera de caoba, Elena vio un sobre blanco, un revólver pequeño de plata, y una fotografía enmarcada de una mujer joven con pelo oscuro y una sonrisa que parecía la de Julian.
—La primera lady Ashford —dijo Lord Ashford, siguiendo su mirada—.
Eleanor. Murió hace diez años. Cayó por las escaleras de servicio.
Estaba borracha, según la policía. —Señaló el revólver—.
Eso es un Colt .32 de 1910. Pertenció a mi padre.
Está cargado. No es legal, pero en esta casa hacemos lo que nos place.
—Tenga cuidado con sus cuchillos, señorita Vidal —añadió, como si recordara algo—.
En esta casa desaparecen cosas. Incluso las que tienen su nombre.
Hace dos años, alguien robó un carving knife del siglo XVIII.
Nunca apareció. —Miró fijamente a Elena—.
Los cuchillos con iniciales son los primeros que se pierden.
—¿Me está amenazando, Lord Ashford?
—Le estoy informando , señorita Vidal. Hay una diferencia sutil pero importante. —Abrió el cajón del escritorio y sacó un fajo de billetes—. Aquí hay cinco mil libras. Es su pago por la cena, más una generosa propina. También es el precio para que usted se vaya esta noche. Ahora. Inmediatamente.
Elena miró el dinero, luego miró a Lord Ashford.
—¿Por qué?
—Porque no la quiero aquí. Porque mi familia es un nido de víboras y usted es una intrusa que podría ser mordida.
Y porque… —hizo una pausa, y por un instante, algo parecido a la humanidad cruzó su rostro— …
porque algo va a pasar esta noche. Algo malo.
Y no quiero que usted esté cerca cuando ocurra.
Elena se acercó al escritorio, lo suficiente para ver que el sobre blanco tenía un sello de cera roja. Un sello que reconoció: era el escudo de armas de los Ashford, un león rampante sobre un campo de plata.
—¿Qué va a pasar, Lord Ashford?
—No lo sé exactamente. Pero sé que Oliver Crane está aquí por algo más que la Navidad.
Sé que Cordelia está tramando algo con su amante Marcus.
Sé que Julian bebe demasiado y que esta noche ha bebido más de lo habitual.
Y sé… —su voz se quebró— …sé que mi hermana Victoria nunca me perdonó por casarme con Cordelia seis meses después de la muerte de Eleanor.
Elena sintió una punzada de compasión inesperada. Este hombre —amargado, cruel, manipulador— también estaba atrapado. Atrapado en su propia casa, con su propia familia, esperando un desenlace que él mismo había orquestado pero ya no controlaba.
—No me voy —dijo Elena, con una firmeza que la sorprendió a sí misma—. Contrató mis servicios para toda la noche. El desayuno de mañana está incluido. Y… —se atrevió— …y si algo va a pasar, quizá debería hablar con la policía. Ahora. Antes de que sea demasiado tarde.
Lord Ashford se rió, un sonido amargo y sin alegría.
—La policía no puede llegar. La nieve ha bloqueado la carretera principal.
El puente sobre el río Windrush está cubierto.
Estamos aislados, señorita Vidal. Como en una de esas novelas de Agatha Christie que mi hermana adora.
—Levantó el revólver, lo examinó, y lo dejó sobre el escritorio—.
Tome el dinero. Váyase por la puerta de servicio.
Mi coche todoterreno puede atravesar la nieve.
Vaya a Oxford. Vaya a Londres. Vaya donde quiera, pero no esté aquí a la medianoche.
Elena miró el dinero. Cinco mil libras. Era más de lo que ganaba en dos meses. Podría pagar las reparaciones de la T3. Podría comprar esos cuchillos de acero damasco japonés que había visto en una tienda de Soho. Podría…
—No —dijo, y la palabra salió con la claridad de una campana—.
No me voy. No porque sea valiente, ni porque sea tonta.
Me quedo porque hice un compromiso. Y porque…
—sonrió, y fue una sonrisa desafiante— …
porque si algo va a pasar, quiero saber qué es.
Los chefs somos curiosos por naturaleza. Es un defecto profesional.
Lord Ashford la observó durante un largo momento. Luego, lentamente, guardó el revólver en el cajón y cerró el sobre con el dinero.
—Está loca, señorita Vidal. O muy valiente. O ambas. —Se levantó y caminó hacia la ventana, observando la nieve que caía con furia creciente—. Muy bien. Pero no diga que no le avisé. Y si encuentra algo… raro esta noche, venga a verme. Inmediatamente. No importa la hora.
—¿Algo raro como qué?
Lord Ashford se giró, y la luz de la lámpara de escritorio iluminó su rostro desde abajo, creando sombras que lo hacían parecer una calavera.
—Como un cuerpo, señorita Vidal. Como un cuerpo sobre mi mesa de comedor.