Cowboy casual Capítulo 29
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Capítulo 29

Blaire

Era el día más caluroso que habíamos tenido desde que había regresado.

Ya casi se me había olvidado lo caluroso que podía llegar a ser Tennessee a medida que la primavera daba paso al verano.

El final de la primavera también significaba el final de la temporada de fresas, pero aún quedaba mucho trabajo por hacer en la granja y en nuestro nuevo negocio de mermeladas.

Aunque la loca de mi abuela insistía en que era todo cosa mía.

Bajo la carpa de nuestro puesto, una pancarta pintada a mano anunciaba «Las Mermeladas de June» en letras rosas, rodeada de fresas, cerezas y frambuesas, y de pequeñas cintas verdes.

Ruby me había ayudado a hacerla, y no pude evitar sonreír al ver todas las caritas sonrientes que había puesto en los dibujos de las frutas.

El sudor me resbalaba por la nuca mientras contemplaba el recinto ferial, pero no era solo el calor lo que me ponía nerviosa. Me moví de un pie a otro, apoyando la cadera contra el puesto mientras June le daba el cambio a una clienta.

Mi cuerpo aún temblaba con el recuerdo de la noche anterior.

No podía dejar de pensar en las manos de Colt sobre mí ni en su voz cuando me dijo que había pensado en mí todos los días desde que me había ido.

La noche anterior no había parecido algo esporádico, no como esas horas robadas en las que fingíamos que solo se trataba de pasión, pero ese era el problema con Colt.

Incluso cuando yo necesitaba que las cosas fueran sencillas, incluso cuando ambos jurábamos que iban a serlo, sus caricias eran una promesa que ninguno de los dos tenía derecho a hacer.

Porque incluso cuando me decía a mí misma que ya no amaba a Colt Calloway, mi corazón latía como un loco, tramposo, en el momento en que él me tocaba.

La esperanza que me invadió ante esa posibilidad se tradujo en un dolor físico bajo las costillas, y eso me asustaba más que cualquier otra cosa. Con cada roce de su piel contra la mía, los delicados límites que había establecido entre el deseo y el sentido común se desmoronaban un poco más.

Pegué una pegatina de Las Mermeladas de June en una de las bolsas de papel y enderecé la cinta. El recinto ferial olía exactamente igual que cuando era niña, con el azúcar transformado en algodón de azúcar y los buñuelos friéndose a pocos puestos de distancia de nosotros.

Durante años, la Feria Anual de Primavera de Willow Grove había sido nuestro ritual.

Mi madre me trenzaba el pelo bien apretado para que no se enredara en la montaña rusa.

June llevaba servilletas de repuesto en el bolso para cuando por fin llegáramos al puesto de buñuelos, y nos reíamos mientras las tres corríamos de un lado a otro, descubriendo qué nos esperaba a continuación.

Después vinieron los veranos con los chicos, en los que todos bajábamos tambaleándonos del Graviton, en el que nos habíamos subido tres veces seguidas, y riéndonos cuando Hunter vomitaba en un cubo de basura.

Luego llegó aquel último verano, cuando Colt me cogió de la mano y me llevó detrás de la noria.

Esa maldita noria seguía girando como si nada hubiera cambiado, y con solo mirarla podía saborear de nuevo el dulzor pegajoso de las manzanas acarameladas mezclándose con su boca sobre la mía.

Un flujo constante de caras conocidas se acercaba a nuestro puesto, y todos venían con preguntas similares.

—¿Cómo estás, cariño?

—¿Has vuelto para quedarte?

—¿June no te dejó ponerles tu nombre a sus mermeladas?

Al cabo de un rato, sus voces se fundieron en un coro de curiosidad al que yo respondía con sonrisas cálidas y respuestas vagas. Mientras tanto, June me observaba desde detrás de la caja registradora, sin perder detalle.

Solo la señora Lee sacó a relucir el tema de Colt.

Antes de jubilarse, regentaba una pequeña boutique en Main, y, en ese momento, se pasaba el tiempo cotilleando en la peluquería y jugando al bingo con June.

Se le iluminaron los ojos cuando mencionó nuestra «desafortunada» fuga de agua y cómo había acabado bajo el mismo techo que «El vaquero más codiciado de Willow Grove».

—Es solo temporal —reí—. Ya están haciendo las reparaciones y deberíamos regresar a la granja en un par de semanas.

Me ardían las mejillas, pero desvié la conversación hacia Ruby, manteniendo un tono desenfadado al hablar de ella. La señora Lee me dio una palmadita en la mano, le hizo un guiño a June y se marchó tambaleándose con una bolsa grande con nuestro nuevo logotipo.

June me lanzó una mirada penetrante y no se molestó en esbozar las sonrisas corteses que todos los demás nos habían ofrecido durante todo el día.

—A mí no me engañas, cariño.

La miré, nerviosa.

—¿Qué quieres decir?

June se apoyó sobre la mesa, cerró la caja registradora con un clic seco y me dedicó esa expresión que reservaba para cuando ya sabía la respuesta y quería ver si yo mentía.

—Llevas todo el día con la mirada perdida y casi te da un infarto cuando la señora Lee ha mencionado a Colt.

Cualquiera con dos dedos de frente se daría cuenta de que te has estado acostando con un tal Calloway que se mueve como si hubiera nacido en una silla de montar.

—Me hizo un guiño y no pude evitar soltar una carcajada.

—¡June! —Miré nerviosa al cliente que se acercaba a nuestra mesa.

Pero ella siguió hablando sin parar.

—¿Sabes cuántos años llevo viendo cómo ese hombre pierde la cabeza por ti, Blaire? Lo vi cuando erais niños, y ahora lo estoy viendo todo de nuevo.

—No pasa nada entre nosotros —mentí, pero el calor me subía por el cuello y mis dedos no paraban de juguetear con el mantel a cuadros rojos y blancos, quitando migas invisibles.

—Él tiene a Ruby. Mi vida es un desastre, y…

—Y él podría ayudarte a arreglarla si le dieras la más mínima oportunidad —resopló ella—. Si tuviera tu edad, me le echaría encima como si fuera la última escalera para salir del infierno.

—¡June Wilma Cates! —siseé entre dientes, pero mi tono escandalizado me delató al burbujear la risa en mi garganta.

—¡Blaire Wilma Monroe! —me imitó, con los brazos en jarras—. Estos viejos ojos aún funcionan perfectamente y ven muy bien cómo te mira ese hombre.

Mi sonrisa se desvaneció.

—Solo nos estamos divirtiendo —protesté, pero lo único que se me pasaba por la cabeza era «Mentira, mentira, mentira».

—Claro, cariño. —June arqueó las cejas con aire de saberlo todo—.

Y supongo que por eso los dos lleváis los diez últimos años con cara de tontos desconsolados.

Estoy segura de que podéis acostaros sin que haya ningún sentimiento de por medio.

—Soltó un suspiro dramático y negó con la cabeza—.

Dios mío, podéis fingir todo lo que queráis, pero los cuerpos no mienten, por mucho que las bocas sí lo hagan.

—Intenté concentrarme en ordenar las filas de mermeladas de fresa y dulces, pero sus palabras se me pegaban al interior del cráneo, pegajosas como la savia.

Mi cuerpo, sin duda alguna, no había mentido la noche anterior.

June me observó antes de dirigir la mirada hacia un hombre que estaba mirando las mermeladas a solo unos metros de distancia—.

Has amado a ese chico toda tu maldita vida —dijo, ahora en voz más baja, cogiendo una cesta de fresas y enderezándola con un cuidado innecesario—. No creo que nunca dejes de amarlo.

Las palabras flotaban entre nosotras, y yo no tuve el valor de responderle.

Pero podía sentir cómo cada sílaba se me clavaba en el pecho.

Si hubiéramos estado solas, quizá se lo habría confesado.

Quizá le habría dicho lo mucho que me asustaba que tuviera razón, que nunca habría nadie más para mí.

Que nunca lo había habido, ni iba a haberlo.

Pero la feria estaba llena de vecinos entrometidos y clientes, y me mordí la lengua para no decir la verdad.

Le sonreí a una mujer que me preguntó por los precios con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.

Mis ojos me traicionaban cada pocos segundos, escudriñando el recinto de la feria buscándolo, incluso mientras me reprendía en silencio por mirar.

No quería necesitarlo. No debería querer necesitarlo.

Y, sin embargo, allí estaba yo, contando los segundos entre cada vez que me volvía desesperada hacia la multitud.

Se suponía que lo nuestro iba a ser sencillo, pero nada en mi relación con Colt lo había sido nunca. La primera vez que me besó, yo apenas tenía diecisiete años y supe en lo más profundo de mi ser que nunca habría otra persona que pudiera hacerme sentir así de nuevo, y se lo había echado en cara.

Porque Colt poseía una parte de mí que nunca podría recuperar, por mucho que lo intentara.

La forma en que Grant me había tocado parecía una simple caricia en comparación con la forma en que Colt era capaz de calentarme hasta el alma, pero al menos con Grant había podido respirar, pensar.

A pesar de todos los años que había dedicado a construir una vida madura y ordenada que debería haber borrado a Colt de mi memoria, me había sorprendido a mí misma pidiendo tortitas en el club de campo con fresas y miel por encima, tal y como él solía comerlas.

Y luego me había odiado por ese hábito del que no podía deshacerme.

El aroma de la hierba recién cortada me transportaba a aquellas noches de julio que pasábamos junto al lago, contemplando el cielo mientras dábamos vueltas alrededor de nuestros sentimientos mutuos; noches que había pasado intentando olvidar.

Me había convencido a mí misma de que podía manejarlo, de que era inmune a Colt Calloway, pero eso era una mentira estúpida y peligrosa.