Cowboy casual Capítulo 28
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Capítulo 28

Blaire

Sus dedos se clavaron en mi nuca; abrió el baño y me empujó al interior. La puerta se cerró de golpe, aislándonos del ruido del bar y dejando en mis oídos tan solo el sonido áspero de su respiración.

Puso el cerrojo y yo trastabillé hacia atrás.

—Colt, estás loco. No podemos… —Mi trasero se estrelló contra el lavabo y me agarré al borde con las dos manos mientras él se acercaba amenazadoramente hacia mí.

Me agarró la mandíbula y me rozó el labio inferior con su pulgar curtido, con tanta fuerza que me hizo gemir.

—Y una mierda que no podemos. —Su voz carecía de su habitual control; una de sus manos se deslizó por mi cuello y la otra se aferró a mis caderas.

Sus dedos trazaron un camino desde mi cuello hasta la clavícula antes de meterse por debajo del fino tirante de mi vestido, que me bajó por el brazo hasta que mi pecho desnudo quedó expuesto al aire fresco.

El gemido que se le escapó de la garganta era casi irreconocible mientras me acariciaba con su curtida mano, clavándome los dedos en la suave piel.

Me estremecí cuando su otra mano me agarró por la cintura y retorció la delicada tela de mi vestido entre los dedos.

El satén se arrugó entre sus nudillos y el dobladillo subió por mis muslos; echó la cabeza hacia abajo y su aliento fue una caricia ardiente sobre mi piel desnuda antes de que su boca me encontrara.

Su lengua rodeó mi pezón, que atrapó entre sus dientes con una precisión devastadora.

—Ah, Dios. —Eché la cabeza hacia atrás; su boca me arrancó un gemido largo y desesperado.

Cada movimiento de su lengua, cada tirón ávido de sus dientes, avivaba el fuego de mi vientre hasta que la humedad entre mis muslos se convirtió en un desastre resbaladizo e imposible de ignorar.

Colt levantó la cabeza, respirando con dificultad por la nariz, y me hizo dar la vuelta con tal fuerza que me dejó sin aliento.

Mis manos se estrellaron contra la encimera y me recuperé del golpe al ver en el espejo mi propia expresión de asombro.

Y detrás de mí, Colt parecía un puto dios.

Sus manos se aferraron a mis caderas, tan enormes que casi las abarcaba por completo, y me empujó contra la encimera hasta que pude sentir cada uno de sus duros relieves..

—Mírate —dijo entre dientes, recorriéndome la espalda. Sus ojos se encontraron con los míos en el espejo, con las pupilas dilatadas por el deseo—. Míranos.

Me quedé mirando fijamente al espejo, con la respiración entrecortada mientras su pulgar trazaba lentos círculos sobre mi cadera.

El vestido se me deslizó más, aún con uno de mis pechos al descubierto, mientras el otro se tensaba contra la tela, que de repente me resultaba demasiado ajustada.

En mi rostro había una expresión salvaje y desesperada que apenas reconocía.

Me fue subiendo el vestido centímetro a centímetro, con una lentitud insoportable, hasta que quedó arrugado alrededor de mi cintura.

Sentí el aire fresco acariciar mi piel desnuda, sentí sus ojos clavándose en mí antes de oír su brusca inspiración.

El trozo de encaje negro que llevaba puesto esa noche era lo único que se interponía entre nosotros.

Sus palmas se deslizaron por la parte posterior de mis muslos hasta llegar a mi trasero.

Sus dedos se hundieron en mi piel antes de abrirme lentamente para él.

La primera palmada en el trasero fue tan inesperada que me quedé sin aliento, más por la sorpresa que por el dolor, y las piernas casi me fallaron.

Nunca había dejado que nadie me tocara así, nunca pensé que podía desearlo, pero el escozor se extendió por mi piel, agudo y ardiente, antes de transformarse en un dolor sordo que se extendió por todo mi cuerpo como una fiebre.

Antes de que pudiera asimilar que lo había hecho, lo repitió: me dio un segundo azote, esa vez más fuerte, antes de que su mano me acariciara al instante para calmar el escozor que había dejado.

La paradoja del dolor y el consuelo me cortó la respiración, y oí salir de mis propios labios un sonido que nunca había emitido, ahogado, atónito y ansioso.

—Dios, Colt —siseé, pero mi voz sonó débil y necesitada. Se echó hacia mí y su torso se apoyó en mi espalda.

Su mano me rodeaba las costillas y su boca se cerró sobre mi oído. Sentí el roce áspero de sus dientes antes de que soltara una risita y su mirada se cruzara con la mía en el espejo.

—¿Te vas a portar bien, cariño, o vas a seguir comportándote como una mocosa? — Su voz, con ese acento sureño, era ronca y tan grave que nos hacía vibrar a los dos; las palabras eran un desafío, una promesa y una amenaza.

Podía verlo todo en el espejo, cada detalle humillante y embriagador.

Un rubor de ira se extendió por mi pecho; mis pezones se habían endurecido y me dolían al contacto con el aire y la encimera, y mis labios se entreabrieron en un gemido.

Colt seguía con el sombrero en la cabeza, calado hasta la frente, con la mandíbula tensa y expresión desenfrenada. Parecía salvaje.

—Vamos, fresita —murmuró contra mi piel; cerró los ojos e inhaló mi aroma—. ¿Qué vas a hacer?

Quería soltarle alguna réplica ingeniosa, algo que lo pusiera en su sitio.

—Voy a portarme como una mocosa —susurré en lugar de eso.

Abrió los ojos de par en par, su mirada se encontró con la mía y la mantuvo fija en el espejo mientras una de sus manos recorría mi cuero cabelludo para agarrarme el pelo con fuerza. Me echó la cabeza hacia atrás, dejando al descubierto mi cuello, sonriente.

—Esa es mi chica.

Esas palabras me golpearon más fuerte que su mano.

Su mano se hundió profundamente en mi pelo hasta que sentí un cosquilleo en el cuero cabelludo, y siguió echándome la cabeza hacia atrás hasta que no tuve más remedio que ver mi propio reflejo.

Estaba jadeando, salvaje e irreconocible.

La mujer del espejo no era la versión arreglada y correcta que había creado para hombres como Grant.

No podía apartar la vista de esa versión feroz y desenmascarada de mí misma, no podía esconderme del hambre desnuda de mis ojos, idéntica a la que veía en Colt.

Aquella visión me dejó al descubierto de una forma en que ninguna desnudez física jamás podría hacerlo.

Debería haberme emocionado, pero en cambio me aterrorizaba profundamente. Vi cómo me derretía ante él, vi cómo cada rastro de cordura se desvanecía de mí hasta que no quedó nada más que puro deseo.

Colt me empujó contra el borde del lavabo hasta que el laminado barato se me clavó en las caderas. Su mano se mantuvo enredada en mi pelo, manteniendo mi cara hacia el espejo para obligarme a mirar. La otra mano se deslizó alrededor de mi cintura, con la palma extendida y plana sobre mi estómago.

Me pegó a él hasta que pude sentir el contorno duro de su erección contra mi trasero; luego, deslizó la mano hacia abajo.

Sus dedos recorrieron el fino encaje que cubría mi sexo, y su contacto era ligero como una pluma.

Fue tan suave que gemí de frustración y mis caderas se contonearon, buscando más presión.

Me estrechó con fuerza contra él, echándome las caderas hacia atrás hasta donde él quería, y chasqueó la lengua. Sus dedos se clavaron con fuerza en mi muslo; su pulgar enganchó la parte superior de mis bragas y me las bajó hasta las rodillas de un tirón seco.

Emití un gemido suplicante cuando me separó las piernas con una de las suyas, colocando una de sus botas entre las mías para abrirme aún más; luego, su mano se deslizó entre mis piernas.

Sus dedos permanecieron inmóviles durante un segundo interminable y tortuoso.

Simplemente descansaban allí, con la yema de su dedo índice rozando apenas mi humedad.

Contuve la respiración, sin saber si me daba más miedo que se moviera o que no lo hiciera, y mi rostro se contorsionó con el esfuerzo de no suplicarle en voz alta.

Sus ojos se clavaron en los míos, y la comisura de su boca se curvó de una forma que me hizo sentir un nudo en el estómago.

Su dedo me rozó, con tanta suavidad que podría haberlo soñado, y las piernas me temblaban.

Aquella delicadeza era peor que cualquier brusquedad.

Mi determinación se desmoronaba con cada roce casi imperceptible, y mi rebeldía inicial se disolvía en desesperación.

—Joder —susurré, con la voz quebrada, temblando contra él.

Entonces sus dedos se movieron, y su sonrisa fue exasperante mientras deslizaba dos dedos gruesos por mi humedad, hasta llegar a mi clítoris.

Mis caderas se movieron contra su mano, y el borde del mostrador se me clavó en la piel mientras un gemido desgarrador se escapaba de mi garganta—.

Colt —jadeé cuando su mano se puso sobre mi sexo y le dio una suave palmada.

Pegó sus caderas contra mi trasero, haciéndome imposible ignorar la evidente y desesperada prueba de lo excitado que estaba.

Verlo contemplándome con tanta intensidad mientras él mismo se desmoronaba hizo que algo dentro de mí se rompiera.

Quería que él me destruyera. Quería que me mirara hasta que no quedara ninguna parte de mí que no le perteneciera.

Y eso me asustó muchísimo. Quería salir corriendo. Quería quedarme. Su pulgar rodeó mi clítoris, al principio con suavidad, luego con más fuerza mientras deslizaba dos dedos dentro de mí. Temblaba, mis manos resbalaban sobre la encimera, mi respiración se aceleraba en jadeos frenéticos.

—Buena chica. —Se agachó, rozándome la oreja con la boca—. ¿Ya quieres suplicarme? —Esas palabras despertaron en mí algo que no quería que él viera. Intenté zafarme de su presa, pero él me ciñó con más fuerza, echándome hacia delante hasta que mi mejilla casi tocó la encimera.

—Te odio —dije con dureza, porque era más fácil que admitir la verdad. Él soltó una risita, grave, y el sonido viajó a través de su pecho hasta mi espalda.

—No, no es verdad. —Sus dientes rozaron el lado de mi cuello—. Nunca podrías odiarme.