Cowboy casual Capítulo 27
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Capítulo 27

Blaire

Los dedos de Maggie se entrelazaron con los míos para tirar de mí a través de la multitud hacia la barra. Lo único que me apetecía esa noche era desplomarme en la cama o en los brazos de Colt, pero Maggie no estaba dispuesta a aceptarlo.

Me había convencido para que me pusiera un diminuto vestido negro de satén que se ceñía a mi cuerpo como una segunda piel.

Si ponía las manos sobre la falda, estando de pie, el dobladillo apenas me llegaba a la punta de los dedos, pero combinado con unas botas vaqueras de color carmesí, hasta yo tenía que admitir que mis piernas parecían más largas que una milla.

El Dusty Spur fue testigo del nacimiento de nuestra amistad, así que era lógico que regresáramos esa noche.

Me sentía más aliviada tras el torrente de confesiones que había soltado en el piso de Maggie después de irme de casa de June.

Había trabajado en el campo todo el día; luego, June había preparado las mermeladas a fuego lento mientras yo las envasaba y les ponía las etiquetas y la cinta.

Pero no pensaba en otra cosa que no fuera en Colt.

—Es solo físico —le insistí a Maggie mientras tomábamos nuestra segunda copa de rosado barato—. Solo estamos aliviando la picazón.

Ella no estaba convencida, y no la culpaba.

Ni siquiera había pasado una semana desde que había dejado que Colt me tocara por primera vez, y ese tierno dolor entre las piernas se había convertido en mi compañero inseparable.

Tenía los muslos irritados por la quemadura de su barba, o como en broma lo había bautizado «la erupción del bigote», y esa mañana había contado cinco marcas moradas con la forma perfecta de huellas dactilares en las caderas.

—Lo que cuentas no suena a algo esporádico —dijo Maggie, y supe que tenía razón.

No podía serlo cuando me había acercado de puntillas a su dormitorio después de que Ruby se durmiera, y él me había sentado en su cómoda y me había separado las piernas como si no hubiera pensado en otra cosa en todo el día.

Y desde luego no parecía algo ocasional por las mañanas, cuando regresaba de llevar a Ruby al colegio con una expresión que me hacía cuestionármelo todo.

Su teléfono sonaba y sonaba, pero él lo dejaba vibrando sobre la mesita de noche hasta que yo me retorcía debajo de él.

Cuando por fin contestaba, lo hacía con mucha calma, como si sus dedos no estuvieran todavía dentro de mí y mi cara no estuviera pegada a la almohada para evitar emitir sonidos que nos delataran.

—Ya estaré allí cuando llegue —gruñía, y luego dejaba el teléfono a un lado, sin apartar los ojos de los míos mientras volvía a poner sus labios sobre mi piel.

Colt exploraba mi cuerpo con la intensidad decidida de un hombre que recupera un territorio que una vez había perdido, como si el rancho pudiera arder hasta los cimientos y él no fuera a detenerse hasta que yo me derritiera y le suplicara debajo de él.

Me decía a mí misma que era lo más práctico pensar en que solo era algo informal.

Incluso era lo más sensato. La idea de que todo eso significara algo, de que volviera a enamorarme de Colt Calloway, era peligrosa.

Así que alimenté mi ilusión, por ridícula que fuera, e intenté disfrutar de lo que tenía mientras lo tuviera, contando ya los días que faltaban para que se me escapara de las manos.

Le había enviado un mensaje antes para decirle que esta noche no iba a volver a casa y para decirle a Ruby que quedábamos por la mañana. Luego, Maggie y yo nos terminamos nuestra tercera copa de vino, y a ella se le iluminaron los ojos cuando me arrebató el móvil.

—Enséñale lo que se está perdiendo.

Nos fuimos al baño; yo me eché contra el lavabo y el vestido de satén se me subió un poco más mientras apuntaba la cámara hacia abajo, y sentí cómo me latía el pulso entre las piernas al pulsar el botón para enviar.

Su respuesta iluminó mi pantalla casi al instante, dos palabras que hicieron que el calor inundara mi vientre.

Colt: Joder… Mírate.

Imaginé sus manos deslizándose por mis piernas, subiéndome el vestido. Quería abandonar a Maggie allí mismo, pero sus dedos se cerraron sobre los míos cuando empecé a escribir una respuesta.

—Haz que ese hombre sude un poco. Es bueno que te anhelen. Les fortalece el carácter.

Bueno, pues eso era lo que estaba haciendo. Me acerqué a la barra junto a Maggie mientras ella pedía un chupito para las dos, y yo intentaba fingir que sus últimos mensajes no eran suficientes para hacer que me rindiera.

Colt: ¿Dónde estás? Quiero saberlo para ir hasta ahí y que follemos mientras llevas ese vestido. Joder, Blaire, me tienes obsesionado.

—Allá vamos. —Maggie dejó un chupito delante de mí, con una rodaja de lima apoyada en el borde.

Lo levanté y lo choqué contra el suyo.

—¿Por qué brindamos?

Se agachó para susurrarme al oído.

—Por poner a los hermanos Calloway de rodillas.

Me reí, pero me temblaban los dedos al sujetar el chupito.

No quería doblegar a Colt. En realidad, no.

Solo de una forma que no durara más allá de lo que pudiera hacerle con la boca.

Ya nos habíamos hecho daño el uno al otro antes, y el rostro de Ruby se me vino a la mente, con esa sonrisa tan parecida a la de él que hacía que me doliera el pecho. Me negaba a herirla a ella.

Aunque supiera que al final iba a ser yo quien acabara herida.

Cada noche juraba que sería la última; sin embargo, cada mañana me despertaba buscándolo con la mano.

—Es tremendamente bueno en esa posición. —Le sonreí a Maggie y nos llevamos los chupitos a los labios.

—¡Por los hombres de rodillas! —Volvió a chocar su chupito contra el mío, y yo intenté igualar su entusiasmo mientras apuraba el mío de un trago.

El tequila me quemó al bajar por la garganta, y agradecí la forma en que me ayudó a ahuyentar los nervios que se habían ido acumulando ahí durante la última semana.

Chupé la lima, haciendo una mueca ante el impacto de su amargor, pero este se desvaneció en algo dulce y mucho más peligroso al pensar en cómo cada caricia, cada palabra susurrada entre Colt y yo, era como abrir la puerta de un hogar al que nunca iba a poder regresar.

Me sentía viva en esos momentos robados, con esas caricias secretas con las que nos escribíamos en la piel promesas que no teníamos derecho a hacer. Pero sabía con absoluta certeza que iba a estar luchando por seguir viva cuando todo se viniera abajo.

El ritmo de la música y los empujones en la barra cobraron mayor intensidad, y lo eché de menos. El impulso de verlo, de sentirlo, era un latido bajo mi piel, y me apoyé contra la barra mientras Maggie pedía otra ronda; su voz atravesaba la música y el bullicio de las conversaciones.

—¿Por qué hay tanta gente aquí esta noche? —le pregunté, echando un vistazo a mi alrededor. Creo que nunca había visto este sitio tan lleno.

—La feria empieza mañana, y siempre atrae a toda la chusma.

Mi teléfono vibró contra la madera de la barra, haciendo tintinear mi vaso de chupito vacío, y lo cogí.

Colt: Ya no importa. Te he encontrado.

Me quedé paralizada; las palabras se difuminaron en la pantalla mientras se me cortaba la respiración y la expectación me recorría el cuerpo.

Me daba vueltas la cabeza con todo aquello: el dolor, el deseo, la indiferencia que me impedía preocuparme por el inevitable choque cuando sabía que él estaba tan cerca.

Lentamente, alcé la cabeza y recorrí el bar con la vista, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.

La multitud se desvaneció a mi alrededor cuando mis ojos se encontraron con los suyos al otro lado de la sala.

Una oleada de calor me recorrió la unión entre los muslos y mis pezones se tensaron dolorosamente contra el satén de mi vestido.

Mi cuerpo lo reconoció antes de que mi mente pudiera darse cuenta, ya anhelándolo, ya sintiéndose suyo.

Colt tenía un aspecto pecaminoso con unos vaqueros desgastados y una camisa negra abotonada, remangada para dejar al descubierto unos antebrazos musculosos.

Los tres botones superiores estaban desabrochados, dejando al descubierto un triángulo de piel bronceada y la base de su cuello, que aún conservaba las marcas que le había dejado la noche anterior.

Su sombrero de vaquero marrón proyectaba sombras sobre su rostro, pero eso no servía para protegerme de su mirada.

La gente se apartaba a su paso, y todas las mujeres del bar dejaron lo que estaban haciendo para contemplar la amplia línea de sus hombros.

Pero él avanzó con una concentración singular hasta detenerse justo delante de mí.

Estaba tan cerca que las puntas de sus botas rozaban las mías y el aroma de su colonia hizo que me cosquilleara el estómago.

No dijo nada, solo dejó que su mirada recorriera mi cuerpo con una lentitud tan deliberada que el calor se extendió por mi piel allá donde se posaban sus ojos.

Tensó la mandíbula, flexionó los músculos y tragó saliva con fuerza.

Cuando sus ojos finalmente volvieron a los míos, oscuros y posesivos, todas las personas en aquel bar sabían exactamente a quién pertenecía yo.

—Hola, fresita. —Su voz sonaba áspera, y sentí un escalofrío que me recorrió la espalda y me puso la piel de gallina.

—¿Qué haces aquí? —tartamudeé con dificultad.

Se echó hacia mí y me rozó la oreja con los labios; el calor de su aliento hizo que cerrara los ojos. El ala de su sombrero me rozó la sien, y lo único en lo que pude concentrarme fue en su barba incipiente rozándome la mejilla y en el tono ronco de su voz.

—He dejado a Ruby en casa de mi madre después de que me enviaras esa foto.

Estaba emocionada por la fiesta de pijamas improvisada, pero me hizo prometer con el meñique que te vería mañana en la feria.

—Su mano se posó en mi cintura: sus dedos se hundieron en el satén y lo subieron un poco más—.

¿De verdad creías que podría quedarme en casa pensando en ti con esto puesto?