Capítulo 26 #4
La penetré con fuerza, clavándole los dedos en el cuero cabelludo mientras me estrellaba contra la parte posterior de su garganta.
Ella tuvo una arcada, y las lágrimas brotaron de sus ojos, pero me agarró el culo y me empujó para que la penetrara más a fondo, negándose a que me contuviera.
Y sus ojos, joder… Esos ojos nunca se apartaron de los míos.
La cruda rendición que había en ellos me atravesó por completo, abrasando todo a su paso.
Estaba a segundos de desmoronarme por completo, joder.
Cada vez que había estado dentro de ella se grababa en mi memoria como un reguero de pólvora: la forma en que se arqueaba y gritaba mi nombre, cómo me arañaba la espalda hasta hacerme sangrar, esos momentos sagrados en los que se desmoronaba debajo de mí y me entregaba partes de sí misma que nadie más había tocado jamás.
Necesitaba creer que era el único que la había visto rendirse por completo de esa manera, y esa necesidad se convirtió en una tenaza que me aplastaba las costillas hasta que apenas podía respirar, abrumado por el deseo.
Ella gimió, y las vibraciones de ese sonido me recorrieron el pene; yo gruñí su nombre, sintiendo cómo me latía en las venas. Se movía con descaro y salvajismo, con la saliva resbalándole por la barbilla; con una mano me acariciaba la base y la otra se clavaba en mi cadera.
Sus labios se estiraban a mi alrededor y tenía los ojos llorosos mientras me metía más profundamente. Mi visión se volvió borrosa por los bordes y sentí que las piernas me fallaban. Le tiré del pelo con tanta fuerza que exhaló un pequeño quejido..
—Eso es, Blaire. Justo así. Joder.
Ella respondió con un gemido de nuevo, y la vibración me llegó directamente a la polla. Mi visión se nubló mientras sentía que me precipitaba hacia el límite; mi autocontrol se hacía añicos con cada húmeda caricia de su boca.
—Estás la hostia de guapa así. Ojalá todo el mundo pudiera ver lo bien que te queda mi pene en la boca.
—Le apreté con fuerza la mandíbula y ella abrió los ojos para mirarme.
Las siguientes palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas, y sabía que debería haberme arrepentido de ellas, aunque no fue así—.
Me pone furioso de cojones pensar que alguien más te toque, Blaire.
Ojalá ese puto ex tuyo pudiera verte ahora.
Verte de rodillas, ahogándote con mi miembro, con ese dedo anular desnudo envuelto alrededor de mí.
La idea de su anillo en la mano de ella me destrozaba, pero, joder, también me daba ganas de reclamarla con más fuerza, de borrar todo rastro de él con mis manos y mi boca. —Se estremeció y gimió una vez más, con fuerza—. Blaire, voy a…
Ella me chupó con más fuerza y me corrí en su garganta. Grité su nombre mientras ella tragaba, sin apartar los ojos de los míos, con las lágrimas resbalando por sus mejillas sonrojadas.
Me aparté de su boca y la levanté de un tirón antes de que pudiera recuperar el aliento. Sus labios brillaban, y aplasté mi boca contra la suya, saboreándome en su lengua. Nuestros dientes chocaron, y ella gimió al aferrarse a mi camiseta.
Cuando me aparté, ella parpadeó, con los labios hinchados y la mirada perdida.
—¿Te ha gustado? —susurró con la voz ronca por haberme tomado tan profundamente, y la incertidumbre en su tono me dejó paralizado.
Había demasiada vacilación en sus palabras, una incertidumbre que me oprimió el pecho de rabia. ¿Qué coño le había pasado a mi chica para que dudara de sí misma así? La posesividad me invadió y no pude controlar lo que dije a continuación.
—Joder, Blaire —gruñí; la agarré de la barbilla y la obligué a mirarme a los ojos—.
Tu boca está hecha para recibirme. Cómo te has tragado hasta la última gota, como si te murieras de hambre por ella…
—Deslicé el pulgar por sus labios—. Quiero destrozarte.
Quiero follar contigo hasta que no recuerdes jamás a cualquier otro que te haya tocado.
Quiero llenarte hasta que mi semen te resbale por los muslos cuando salgas de este granero.
Quiero que todo el mundo sepa que eres mía.
Ella gimió, apretando los muslos, y yo no pude aguantar ni un segundo más sin saborearla.
La sujeté con fuerza por las caderas me di la vuelta y la dejé caer encima del fardo de heno más cercano; el polvo y la paja volaron por todas partes.
El granero daba vueltas, o tal vez era mi cabeza, pero ya le estaba bajando los pantalones cortos hasta más allá de las rodillas, luchando por sacárselos por encima de las botas, antes de quedarme sin aliento.
Me temblaban las manos de lo mucho que la deseaba, pero no bajé el ritmo, ni siquiera intenté ser delicado.
Ella se rio cuando sus pantalones cortos cayeron al suelo; el sonido se le atascó en la garganta y se convirtió en algo que sonaba a súplica.
Se recostó sobre los codos con las piernas abiertas y las botas colgando del borde del fardo.
Su rostro era un caos de deseo: los labios hinchados, las mejillas sonrojadas y el pelo enredado por mis manos.
Me arrodillé de una vez y hundí la cara entre sus muslos. Ella soltó un jadeo entrecortado, como si hubiera olvidado lo bien que nos compenetrábamos y necesitara que se lo recordara.
Así que se lo recordé.