Capítulo 25
Blaire
Si hubiera tenido la más mínima pizca de instinto de supervivencia, me habría ido directamente a la cama, habría cerrado la puerta con llave y tal vez incluso habría puesto una cómoda delante de ella por si acaso.
Lo que no habría hecho habría sido lavarme la cara, terminar mi rutina de cuidado de la piel con las manos temblorosas y cepillarme los dientes durante exactamente dos minutos mientras evitaba mirar mi reflejo sonrojado en el espejo.
No habría estado dando vueltas por el salón como un animal enjaulado, con el corazón latiéndome con fuerza contra las costillas y un calor punzante subiéndome por el cuello, sorprendiéndome a mí misma mirando hacia la puerta de Ruby por décima vez.
Intenté, tontamente, convencerme de que no deseaba a Colt, de que no ansiaba el peso de su mirada ni el roce de sus dedos, pero mi cuerpo me traicionaba con cada aliento entrecortado.
«Bien» .
Esa palabra se repitió en mi cabeza con su voz, una y otra vez. Esa única palabra rebosaba promesa, intención. Él quería que esperara, quería que me consumiera de deseo, y a mí no debería haberme importado lo que él quisiera. Pero me importaba.
Salí al porche delantero y la puerta se cerró detrás de mí con un chasquido que hizo que se me encogiera el estómago. El aire nocturno se deslizó sobre mi piel, a la vez agradable e insoportable; me quedé allí plantada, con el pulso latiéndome con tanta fuerza que lo notaba entre los muslos.
Anduve por el porche con el aroma del rancho a medianoche envolviéndome con la dulce fragancia de la madreselva, el lejano olor terroso del heno y la frescura del lago al romper contra la orilla.
Me dejé caer en el columpio, tensándome al oír cómo las cadenas crujían en señal de protesta. El asiento aún estaba caliente por el sol, y yo ardía por dentro y sentía un dolor sordo y punzante. Me miré las manos y las abrí y cerré varias veces para intentar que dejaran de temblar.
¿Qué demonios me pasaba?
Nada de todo aquello me parecía sensato ni seguro y, sin embargo, no conseguía alejarme, no lograba acallar esa parte de mí que se sentía atraída por el peligro que él representaba.
Mi lado racional me gritaba que me fuera a la cama y me encerrara en mi habitación hasta que el recuerdo de la boca de Colt se desvaneciera hasta convertirse en algo soportable.
Pero la razón no significaba nada cuando aún podía sentir la huella de sus dedos en mi piel y el recuerdo de su aliento en mi cuello.
Si me acostaba ya, solo iba a malgastar la noche con las manos entre los muslos y los dientes clavados en la almohada para no emitir ni un solo sonido. Ya lo había hecho antes, ahogada en el deseo que sentía por Colt Calloway, y solo me quedaba dormida cuando el dolor se atenuaba.
Pero esta noche no quería que ese dolor se atenuara, y me odiaba a mí misma por ello.
Oí sus pasos dentro de la casa antes de que girara el pomo, y todos los músculos de mi cuerpo se tensaron de golpe.
La puerta se abrió de par en par, Colt se apoyó en el marco, llenándolo con su cuerpo, y cada uno de mis nervios se estiró hacia él.
Su silueta era todo líneas marcadas y sombras, pero la luz de la luna se posó en su rostro al mismo tiempo que sus ojos se posaban en mí.
No había búsqueda ni sorpresa, solo un calor sordo y constante que se extendió por el porche y me mantuvo clavada al columpio.
—En cierto modo, esperaba que estuvieras dormida —admitió, con una voz tan baja que se me metió bajo la piel.
Jugué con el dobladillo de mis pantalones cortos, esperando que la oscuridad se tragara el rubor que me subía por el pecho.
—Te dije que iba a estar despierta.
—Lo sé. —Recorrió con la vista la línea de mi mandíbula y la curva de mi cuello, como si pudiera ver a través del caos que se agitaba en mi interior—. Pero, a pesar de ello, creí que ibas a huir.
Entonces sus ojos se encontraron con los míos y el silencio se prolongó, tenso como un alambre, repleto de todo lo que ninguno de los dos quería decir.
Por fin salió al porche y cerró la puerta tras de sí; el sonido hizo que algo se soltara dentro de mí. Atravesó el porche con unas cuantas zancadas largas y se sentó en el columpio a mi lado, tan cerca que podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo.
Nos quedamos ahí, uno al lado del otro, contemplando el patio iluminado por la luna como si eso fuera a darnos una respuesta.
Pero lo único en lo que podía pensar era en la distancia que nos separaba, en ese centímetro de espacio que parecía un abismo.
Podía sentir la tensión que lo invadía, la forma en que movía la pierna sin descanso, cómo apretaba las manos contra los muslos.
Estaba desesperada por tocarlo, desesperada por que él me tocara, y la ansiedad que eso me causaba era insoportable.
No hablamos durante mucho tiempo. Cada segundo aumentaba la tensión, nos oprimía más. Mi respiración se volvió superficial y acelerada, e intenté calmarla siguiendo su ritmo. Eso solo intensificó la sensación de espera, de deseo.
Me sentía como cuando éramos adolescentes, dos amigos con miedo de traspasar los límites y echar a perder lo que ya teníamos. Había pasado tantas noches así, ahogándome en mi deseo por él…
Se volvió para mirarme, y el columpio del porche crujió cuando cambió la postura. Su mirada era casi insoportable: hambrienta, oscura e inquebrantable.
—¿Por qué estás aquí fuera, Blaire? —preguntó con voz suave pero teñida de algo más agudo—. Necesito oírte decirlo. —Tragué saliva, con la boca repentinamente seca, y negué con la cabeza. Él sonrió y se echó hacia mí, sin apartar los ojos de los míos—. Sabes que me vuelves loco, ¿verdad?
Sentí un vacío en el pecho. Todas las respuestas mordaces que había ensayado en mi cabeza para mantenerlo a distancia se habían esfumado.
Abrí la boca para decir algo, pero las palabras no me salieron. Estaba cansada de fingir que no lo deseaba, aunque fuera una idea terrible.
Debió de notar mi vacilación, o tal vez la había visto venir.
Extendió la mano lentamente y me pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja antes de deslizar los dedos por mi cuello.
Mi piel se estremeció bajo su contacto, y todas mis terminaciones nerviosas suplicaron más.
Su pulgar se paseó por mi mandíbula, haciéndome sentir, a la vez, mareada y clavada al suelo.
Se acercó a mí, lo suficiente como para acortar la distancia que nos había separado toda la noche, y su barba de un día siguió el mismo recorrido que habían trazado sus dedos.
Un cosquilleo chisporroteó en mi piel y un escalofrío me recorrió el cuerpo.
Mi muslo dio un respingo contra el columpio y tuve que agarrarme con fuerza, cerrando los dedos alrededor del borde del asiento.
Olía a cuero y especias y a algo salvaje que quería embotellar y oler para siempre.
Bajó la voz hasta convertirla en un susurro, y cada palabra sonaba como una promesa y una amenaza.
—Te he tenido en mi casa toda la maldita semana.
—Puso los labios contra el hueco de mi cuello, y el contacto fue tan pausado que pensé que iba a gritar.
Me aferré al borde del columpio, acalorada y temblorosa, pero él no tenía ninguna prisa.
Me acarició el cuello y la mandíbula con los labios, sin llegar a besarme, solo respirando y murmurando—.
¿Tienes idea de lo que me haces, fresita?
Tu olor, la forma en que me miras. —Gimió, con un sonido grave y gutural, y pude sentir lo mojada que estaba solo con sus palabras.
Podría haberlo detenido. Podría haberle apartado la mano o haberle mandado al infierno, pero cada fibra de mi ser me decía «Sí, sí, sí» .
Acercó la boca a mi oído y sentí la sonrisa en su susurro—.
¿Alguna vez piensas en mí, Blaire? ¿Cuando estás sola por la noche en mi puñetera casa?
—Dejó que la pregunta quedara en el aire, como una cerilla encendida arrojada a la hierba seca de mi contención.
Asentí una vez, pero no encontraba las palabras para responderle.
Soltó un suspiro que me acarició la mejilla—.
Yo pienso en ti todo el tiempo —susurró con la voz tomada por el deseo.
—Levantó la mano para acariciarme la mandíbula, pasando el pulgar por mi labio inferior con la fuerza suficiente para abrirme la boca—.
Pienso en esta puta boca y en todas las cosas que me encantaría hacerle.
Pienso en que estás al final del pasillo, y me acaricio imaginándome que estás en esa habitación, tan desesperada por mí como yo lo estoy por ti.
—Sus ojos se habían oscurecido, pero mantuvo la voz baja contra mi piel—.
Me imagino cómo te acaricias con los dedos, mucho más suavemente de lo que yo jamás podría hacerlo, y me corro con tu nombre en los labios.
Emití un sonido gutural, impotente y agudo.
Apreté las piernas con fuerza, intentando ahogar el dolor que sentía entre ellas, pero él se me adelantó: me sujetó el cuello para mantenerme inmóvil y su otra mano se deslizó con una paciencia depredadora por mi brazo desnudo, sobre mi rodilla y luego por la parte interior de mi muslo.
No se detuvo hasta encontrar allí una temblorosa resistencia, y sentí que mi cuerpo se arqueaba hacia él, desesperado y expuesto.
Me separó las piernas poco a poco, lo suficiente para romper mi compostura, lo suficiente para dejar entrar el aire nocturno donde más ardor sentía.
Podía sentir su calor, su cuerpo echado hacia el mío, la longitud de su muslo contra el mío.
Me mantuvo abierta con una mano mientras la otra se tensaba contra mi cuello.
—Colt —susurré su nombre.
—¿Te gusta esa idea, cariño? —Su voz sonaba más tensa, como si el deseo lo estuviera estrangulando—. ¿Te excita saber que desde que te fuiste no he podido correrme sin pensar en ti?