Cowboy casual Capítulo 24
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Capítulo 24

Blaire

Ruby soltó una fuerte risa, apretando con fuerza las cartas entre sus pequeñas manos.

Saltaba de un lado a otro, sentada con las piernas cruzadas en el suelo del salón, y llevaba puesta mi sudadera de Duke que le había prestado el día que había estado enferma.

Le llegaba más allá de las rodillas y había tenido que enrollarle las mangas seis veces para dejarle las manos libres, pero se negaba a devolvérmela.

—¡Ve a pescar! —gritó, a punto de volcar su vaso de plástico rosa de la emoción.

Apenas pude atraparlo antes de que el agua se derramara sobre nosotras y sobre las cartas.

—¡Oye, espera! —exclamé, lo que la hizo estallar en otra carcajada—. ¿Estás haciendo trampa? ¿Cómo es que se te da tan bien este juego?

Ruby sonrió y levantó la barbilla.

—Es que soy genial y tú no.

—¿Cómo te atreves? —Me llevé las manos al pecho como si me hubiera hecho daño—. Yo fui la campeona imbatida de Go Fish en Willow Grove durante dos años seguidos. Nadie podía ganarme.

Me miró entrecerrando los ojos por encima de sus cartas.

—Mientes. —Me observó con atención antes de intentar echar un vistazo a mi mano.

Fingí sorprenderme y la protegí, pero ella se abalanzó hacia delante para intentar ver los naipes. Esto desató una ráfaga de chillidos y risitas, y las cartas se esparcieron por todas partes mientras Ruby intentaba arrebatármelas de las manos con sus deditos, sorprendentemente fuertes.

—¡Ay, Dios mío! —me reí—. ¡De verdad estás haciendo trampa!

Ruby chilló, se puso de rodillas, abandonó por completo sus propias cartas, e intentó taparme la boca con la mano para silenciarme. La dejé, fingiendo rendirme, antes de sacar la lengua y lamerle la palma de la mano.

Ella se echó hacia atrás horrorizada.

—¡Puaj! —Su chillido retumbó por toda la casa y retiró la mano—. ¡Qué asco!

Cogió un cojín del sofá y me lo lanzó, pero falló y apenas me rozó las caderas. Sin embargo, hice como si hubiera conseguido tirarme al suelo, y me quedé tumbada en un charco de derrota, protegiéndome los ojos con el brazo mientras ella seguía riéndose.

—Has sido tú quien me ha tapado la boca.

—¡No hacía falta que me lamieras! —exclamó ella, abalanzándose sobre mí, me inmovilizó debajo de ella y me hizo cosquillas en los costados.

Me rendí al instante, retorciéndome y jadeando de risa, y las dos nos quedamos allí tiradas, en medio de una tormenta de naipes doblados, sonriéndonos la una a la otra.

Aún estábamos recuperando el aliento cuando me fijé en Colt, que estaba recostado sobre el respaldo del sofá.

Tenía el pelo húmedo y ligeramente rizado por la ducha, y se le veía un atisbo de pecho desnudo por encima del cuello de la vieja camiseta que llevaba puesta.

Parecía salido de un anuncio de Levi’s, con esos brazos bronceados y unos músculos que solo se consiguen trabajando en un rancho. Y ese maldito bigote.

Se me secó la boca al recordar cómo esos brazos me habían acorralado contra la encimera de la cocina esa mañana; su cuerpo era como un muro sólido de músculos que no me había dejado ningún sitio al que huir.

Estaba harta de huir de él.

Miró a Ruby y me sonrió; una sonrisa lenta y tan malditamente confusa que me dejó pensando que lo único que quería era intentar averiguar qué se le pasaba por la cabeza.

Desde que Ruby había llegado a casa esa mañana nos habíamos estado esquivando con cuidado y destreza, o, al menos, yo lo había hecho.

Pero cada vez que Colt pasaba a mi lado, encontraba la manera de tocarme.

Cuando se había estirado para coger un vaso del armario que tenía encima de la cabeza, su pecho se había pegado tanto a mi espalda, que pude sentir los latidos de su corazón retumbando entre mis omóplatos, y su aliento me había abrasado el punto sensible detrás de la oreja.

Cada caricia era una tortura calculada, tanto que había pensado que podía enloquecer por lo mucho que lo necesitaba.

Ruby nos lo había contado todo sobre su noche con Lou y June.

—¿Qué hicisteis mientras yo no estaba? —preguntó con inocencia.

Me ardían las mejillas cuando murmuré algo sobre nadar y luego acostarnos temprano. No podía decirle que habíamos profanado su muelle mientras le suplicaba a su querido papá cosas que no tenía por qué pedir.

Me había pasado el resto del día escondida en mi habitación antes de salir a escondidas para darme una ducha.

Había dejado que el agua hirviente corriera por mi cuerpo hasta que mi piel se había sonrojado, y me había restregado las huellas fantasmales que aún ardían en mi cuello, mis caderas y mis rodillas.

Pero el agua no podía borrar cómo mi cuerpo seguía vibrando por él, cómo cada roce de la esponja me hacía estremecerme al recordar sus manos curtidas.

Me había untado el cuerpo con loción, y el paso de mis palmas sobre mi piel había sido como un eco enloquecedor del suyo.

Me había secado el pelo, me había pintado las uñas y las de Ruby, y había hecho lo posible para mantener las manos ocupadas y evitar que mi mente vagara por el pasillo hasta donde él estaba.

Después habíamos ido a cenar a casa de sus padres, como dictaba la tradición de los domingos, y me había pasado el tiempo sintiendo la piel demasiado tensa, la respiración demasiado superficial, y el dolor punzante e insistente que él me había dejado la noche anterior.

Me había acostado con otros hombres desde que me marché.

Había habido desconocidos, un par de novios y Grant.

A veces era lo bastante bueno como para dejarme sin aliento, pero siempre había estado persiguiendo un fantasma; mi cuerpo se arqueaba en busca de un recuerdo, mi garganta se tragaba su nombre antes de que pudiera escapar de mis labios.

Pero la noche anterior Colt ni siquiera me había tocado, y yo me había derretido ante él como ante ningún otro hombre.

La cena del domingo había terminado hacía más de una hora y Ruby estaba ya bañada, vestida con su pijama y peleándose conmigo en una partida de Go Fish en el suelo del salón de Colt, pero las cartas que tenía en las manos bien podrían haber sido leña.

—¡Papá! —Ruby se puso de pie en cuanto lo vio y señaló con el dedo en mi dirección—. Blaire es un desastre en este juego.

La mirada de Colt pasó de mí a Ruby, luego volvió a posarse en mí, y una lenta sonrisa se dibujó en el lado izquierdo de su boca.

—Ah, ¿sí? —dijo con voz arrastrada, con cada palabra goteando como miel.

Me incorporé apoyándome en los codos, sintiendo el calor de su mirada incluso desde el otro extremo de la sala.

—No es verdad —repliqué, enfadada—. Ella es una tramposa. Igual que su padre.

Ruby dio un grito ahogado.

—¡No estaba haciendo trampa! Es estrategia. ¿Verdad, papá? —Parpadeó, esperando que la respaldara, y yo solté una risita burlona.

—Eso es lo que dirían un par de tramposos —murmuré, y Ruby se abalanzó sobre mí como si fuera a hacerme cosquillas otra vez.

Colt esbozó una sonrisa, pero solo tenía ojos para mí.

—Claro —dijo, sin apenas mirar a Ruby mientras rodeaba el sofá—.

Pero, para que conste, pequeña, a Blaire no se le dan mal las cartas.

—Se agachó a nuestro lado, acariciando el pelo de Ruby antes de empezar a recoger las cartas dobladas y esparcidas, apilándolas en un montón ordenado—.

Era la más lista del colegio. —Puse los ojos en blanco, pero él siguió hablando, exagerando—.

En serio. Solía ganar todos esos concursos de ortografía, incluso contra los niños mayores. Básicamente, era un genio.

—¿Eso es cierto? —Ruby entrecerró los ojos y se me escapó una risa.

—Ni mucho menos. Creo que tu papá simplemente no recuerda todas las veces que perdí.

Él negó con la cabeza y un mechón de pelo oscuro le cayó sobre la frente.

—No. Recuerdo que ganabas y ahuyentabas a todos los chicos de Willow Grove porque sabían que eras más lista que ellos. —Luego me guiñó un ojo y sentí un nudo en el estómago, como si volviera a tener dieciséis años.

La mirada de Ruby iba de uno a otro; sonreía, pero luego frunció el ceño.

—¿Te ahuyentó a ti también?

Colt presumió de sus brazos y marcó los músculos bajo la camiseta mientras le sonreía a su hija.

—Mira qué brazos. ¿Crees que le tendría miedo a la señorita Sabelotodo?

Ruby se echó a reír, se estiró y le apretó el bíceps.

Empecé a recoger el resto de las cartas.

—Me tenía pánico. Se está mintiendo a sí mismo y tratando de hacerte creer que era más guay de lo que de verdad era en el instituto.

Colt arqueó una ceja y bajó la voz.

—¿Me estás llamando mentiroso, fresita?

Le lancé una carta, que él atrapó sin esfuerzo con dos dedos, y su pulgar rozó el borde de tal manera que me hizo recordar esas mismas manos sobre mi piel.

—Solo digo las cosas como son.

Sonrió, apilando todas las cartas que tenía en las manos, sin apartar la mirada de mí mientras se ponía de pie.

—Bueno, no le diré que soltaste una rana en la clase del señor Becker porque querías salvarla. Y luego dejaste que yo cargara con la culpa cuando él se enteró.

Ruby se quedó boquiabierta.

—¿Qué?

Solté una risita mientras levantaba del suelo, consciente de que mi camiseta se me había subido un poco con el movimiento.

—Eso tampoco es del todo cierto. Fuimos allí para hacerlo juntos.

Tu padre se acobardó y yo me vi obligada a hacerlo sola.

—Levanté la vista hacia el rostro sonriente de Colt, captando cómo sus ojos se desviaban hacia mis labios antes de volver a mirar a Ruby—.

Intentábamos liberarla, no perderla en clase, y no nos habrían pillado si él me hubiera ayudado.

Colt se acercó, lo suficiente como para que pudiera oler su colonia.

—Siempre fuiste la valiente —dijo en voz tan baja que sentí un calor que se acumulaba en lo más profundo de mi vientre.

Colt me hacía sentir vista de una forma que Grant nunca había logrado.

Grant nunca se había dado cuenta de todos esos pequeños detalles en los que cambiaba y me adaptaba para estar a su lado.

Rara vez se fijaba en nada de mí, pero la mirada de Colt me ponía la piel de gallina.

Una parte de mí quería esconderse, asegurarse de que él no viera demasiado, pero otra parte más temeraria ansiaba el calor abrasador que solo él podía darme.

—Quiero ser valiente como Blaire. —La voz de Ruby rompió el hechizo, y me di cuenta de que había estado conteniendo la respiración.

—Ya lo eres. —Le di un golpecito con el dedo en la nariz, aprovechando el momento para alejarme de Colt, cuya proximidad me impedía pensar con claridad—. Más valiente de lo que yo jamás podría ser.

—Muy bien, Ruby. —Colt le tendió los brazos—. Es hora de irse a la cama. Mañana tenemos colegio.

—Ay, jo —se quejó Ruby, pero le cogió la mano y sus deditos desaparecieron en la palma de él—. Todavía no estoy lista para irme a la cama.

—Bueno, mañana por la mañana no voy a tener nada que ver contigo si te conviertes en un pequeño demonio por no haber dormido lo suficiente. —La cogió en brazos y los músculos se le marcaron bajo la camiseta mientras le daba un beso en el pelo.

Ella se quedó flácida en sus brazos y dejó caer la cabeza dramáticamente hacia un lado.

—Me gusta ser un demonio. —Ruby sonrió con los ojos cerrados.

—Bueno, eres la única. —La risa de Colt retumbó grave en su pecho.

Sus ojos se cruzaron con los míos por encima de la cabeza de Ruby, y la chispa juguetona que había en ellos se transformó en algo más oscuro—.

¿Te vas a quedar despierta? —La pregunta flotó entre nosotros, cargada de una promesa peligrosa.

—Un rato más. —Mi voz me traicionó con su tono entrecortado—. Tengo que hacerme la rutina de cuidado de la piel y prepararme para irme a la cama.

—Bien. —Su mirada recorrió mi cuerpo con una lentitud tan deliberada que casi podía sentirla como un contacto físico—. Ruby, dale las buenas noches a Blaire.

—¡Buenas noches, Blaire! —Ella seguía sin fuerzas en sus brazos, pero entreabrió un ojo para mirarme.

—Buenas noches. —Sonreí, y sentí un cosquilleo en la piel donde se posaron los ojos de Colt.

—¿Podemos jugar a las muñecas por la mañana antes de ir al colegio? —Ella seguía mirándome con la cabeza casi boca abajo.

—Por supuesto. —Asentí.

—Promesa de meñique. —Me tendió el meñique y yo di un paso hacia ella, entrelacé mi meñique con el suyo y los sacudí una vez.

Su piel era cálida y algo en mi pecho se ablandó y se llenó de miedo al mismo tiempo.

No era solo que Colt me estuviera derritiendo: también era la forma en que Ruby confiaba en mí, la forma en que me había integrado en su día a día como si siempre hubiera formado parte de él, y eso me hacía sentir elegida de una manera que hacía años que no me permitía anhelar.

Debería haberme ido corriendo a mi habitación y haber hecho como si ese fin de semana nunca hubiera existido. En cambio, me quedé allí parada mientras él se llevaba a Ruby a la cama, y el deseo volvió a invadirme cuando él me miró por encima del hombro antes de desaparecer por el pasillo.

Cada minuto a solas con él era peligroso, una locura, justo lo que me había prometido evitar, y sin embargo mi cuerpo temblaba con un deseo tan desesperado que me asustaba.

No podía marcharme aunque quisiera, y, Dios, no quería hacerlo.