Cowboy casual
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Capítulo 1
Blaire
Las fotos llegaron a mi bandeja de entrada a las cinco y treinta y siete. Era un correo con el asunto «URGENTE: Para revisión. Grant Chandler Jr».
Ni siquiera pestañeé. Era lo típico en mi día a día en la oficina del senador Monroe, donde mi trabajo como asistente de prensa consistía en pasar la mitad del tiempo apagando fuegos antes de que se extendieran por todo internet.
Unos cuantos clics, unas cuantas mentiras cuidadosamente elaboradas y, para la hora de la cena, ya no había incendios y las posibilidades de reelección de mi padre estaban un poco más aseguradas.
Me había pasado cuatro años en Duke, sacándome la licenciatura en Marketing, y ahí estaba yo, como una simple recadera para arreglar los deslices y los líos políticos de mi padre.
A mis profesores les habría encantado saber que su alumna estrella usaba su talento para hacer desaparecer los escándalos antes de que llegaran a la página de actualidad.
Pero el nombre que aparecía en el encabezado del correo no era el de mi padre: era el de mi prometido.
Los Chandler llevaban financiando las campañas de mi padre desde antes de que yo me fuera a vivir con él; su fortuna, procedente de fondos de cobertura, les permitía comprar la influencia que garantizaba el bienestar de las dos familias.
Hace cuatro años, mi padre me sentó junto a Grant en una gala benéfica.
Yo estaba terminando mi último año en Duke, y los ojos de mi padre brillaban de aprobación cada vez que Grant se agachaba para susurrarme algo que me hacía reír.
Dos horas y tres copas de merlot más tarde, había confundido su atención calculada con encanto, y a la mañana siguiente, las rosas abarrotaban la entrada de mi pequeño apartamento con una nota que simplemente decía: «¿Cena? Grant».
Ese «Sí» me condujo a llevar puesto un anillo de diamantes en el dedo durante los catorce últimos meses, y ahora faltaban poco más de cien días para la boda.
Abrí el correo y las imágenes se cargaron una a una.
Primero vi a Grant, luego a su asistente, que estaba tumbada sobre su escritorio de caoba.
Llevaba la blusa desabrochada y él tenía los dedos enredados en su cabello oscuro, mientras que con la otra mano le agarraba la falda, arrugando la costosa tela que yo le había elogiado el mes pasado.
Había un deseo en sus ojos que nunca había visto en nuestro dormitorio.
A medida que iba desplazándome por la pantalla, aparecían más imágenes y cada una de ellas me cayó como un mazazo.
Sentí un nudo en el estómago. Allí estaban, en el ascensor de un hotel de Washington D.
C., y la fecha de la foto se burlaba de mí.
La habían tomado quince días después de la fiesta de compromiso que mi padre había organizado para nosotros.
En otra se les veía en un bar con poca luz.
Grant llevaba un traje azul marino con una corbata azul claro que yo le había ayudado a anudarse la mañana del discurso de apertura.
Ella tenía el muslo alrededor de su cadera, y la mano de él desaparecía bajo el dobladillo de su vestido.
Revisé las pruebas de su traición. En algunas estaban solos. En otras se intercambiaban caricias discretas en actos de campaña en los que yo estaba a tan solo unos metros de distancia, sonriendo a los donantes, mientras sus dedos se posaban en la cintura de ella.
La primera foto era de hacía trece meses, y la más reciente, de ayer por la tarde.
Se me nubló la vista mientras contemplaba las imágenes.
Una risa procedente de la sala de redacción me hizo dar un respingo y mi mirada se posó en la foto enmarcada que tenía sobre el escritorio.
Grant y yo estábamos en la gala benéfica del Hospital Infantil.
La mano de Grant estaba en mi cadera, y me clavaba los dedos lo justo para recordarme que me mantuviera más erguida ante las cámaras.
Yo había querido ponerme el vestido negro que había elegido el día anterior, pero él me había hecho llevar el de color lavanda que estaba colgado en nuestro armario cuando regresé del trabajo.
«Confía en mí», me había dicho con voz firme.
Esperé la ira, las lágrimas, pero no llegaron ninguna de las dos cosas.
Los dedos me temblaban sobre el teclado y sentí cómo la sala se movía y se estrechaba a mi alrededor.
En ese momento, sentí cómo se rompía ese hilo invisible que me ataba a esta vida, a las ambiciones de mi padre y a las manos posesivas de Grant.
En su ausencia llegó la oleada, el torrente, el nombre que había encerrado bajo llave hacía años.
Colt.
Me estremecí ante mis propios pensamientos.
No. Ahora no. Él no. Lo había enterrado bajo años de cuidadosa compartimentación, lo había encerrado en el rincón más oscuro de mi corazón, donde debían estar las cosas peligrosas.
Me había destrozado de una forma que la traición de Grant ni siquiera había podido igualar, y, sin embargo ahí estaba: el primer nombre al que acudía mi mente.
Esa contradicción me ponía enferma. Odiarlo y, al mismo tiempo, sentir esa tortura de seguir deseándolo después de todos estos años.
Me aterrorizaba lo que eso revelaba sobre quién era yo en realidad, bajo todas esas mentiras perfectas y relucientes con las que me había envuelto como si fueran una armadura cara que, de repente, parecía tan frágil como el papel.
Me levanté tan rápido que la silla chocó contra la pared y vi destellos en los bordes de mi campo de visión.
Me zumbaban los oídos y me obligué a no volver a mirar aquellas fotos tan humillantes.
Todos en la oficina iban a verlas muy pronto, y yo debería haber estado controlando los daños.
Ese era mi trabajo, pero de repente me importaba un comino.
En lugar de eso, salí al pasillo y cerré la puerta de mi despacho tras de mí con un suave clic. El sonido de mis tacones retumbaba sobre las baldosas mientras avanzaba, de forma mecánica y decidida, con cada paso destinado a evitar que el pánico se apoderara de mí.
El pasillo fuera de mi oficina estaba lleno de carteles de campaña, y ese día las imágenes de mi padre me parecían centinelas que me observaban, silenciosos y expectantes. Intenté inspirar hondo, pero el aire se me atascó en la garganta y no salió.
Aceleré el paso, atravesé la sala de trabajo y esquivé a un grupo de becarios encorvados sobre sus portátiles.
Alguien intentó llamar mi atención, pero pasé de largo, esbozando solo una sonrisa forzada que esperaba que se interpretara como una disculpa.
El ascensor estaba tardando una eternidad, así que me metí en la escalera, agradecida por el silencio y por cómo los escalones obligaban a mi cuerpo a moverse.
Después de bajar tres tramos de escaleras, me detuve y me apoyé contra la pared de cemento, que estaba fría. El teléfono vibró en mi bolsillo y lo saqué de un tirón, medio esperando un mensaje de Grant. Pero era el nombre de la asistente de mi padre el que aparecía en la pantalla.
Judy: El senador Monroe desea que te reúnas con él en su despacho de inmediato.
Me quedé mirando la pantalla como si todo mi futuro no acabara de derrumbarse.
Debería haber estado pensando en Grant. En su traición.
En los años que había pasado suavizando sus asperezas, convenciéndome a mí misma de que estábamos enamorados, en lugar de ser dos personas que interpretaban unos papeles asignados en la estrategia de otra persona.
Debería haber estado furiosa o, al menos, sentirme humillada.
Pero al estar ahí, en aquella fría escalera, solo sentía un vacío que me desgarraba el pecho, un vacío voraz y familiar que no tenía nada que ver con Grant.
Esa revelación me hacía tanto daño como un moratón en el que hubiera clavado los dedos con demasiada fuerza, y se extendía desde el esternón por todo mi cuerpo, hasta que incluso las yemas de mis dedos estaban sensibles por culpa de la verdad que había pasado años negando.
Mi cuerpo recordaba lo que mi mente se había esforzado tanto por olvidar: su pulgar recorriendo las pecas de mi clavícula, el agua del lago en sus pestañas al salir a la superficie a mi lado, la forma en que mi nombre sonaba como una plegaria cuando me lo susurraba contra el cuello al amanecer.
Aborrecía la facilidad con la que habían regresado esos recuerdos, cómo seguían ardiendo bajo mi piel, mientras que la traición de Grant no era más que un corte de papel.
Me odiaba a mí misma por ello, por mirar las pruebas de la infidelidad de mi prometido y sentir solo cierto alivio entremezclado con vergüenza. Perder a Colt había dejado un vacío en mi interior que había llenado con bonitas mentiras con la aprobación de mi padre.
Iba a dar media vuelta hacia el despacho de mi padre, porque eso era lo que exigía el mensaje y lo que haría una hija obediente, pero mi cuerpo se rebeló.
Mi mano se cerró sobre la barandilla, con los nudillos blancos contra la pintura desconchada, y alcé la vista hacia la escalera, hacia la espiral de hormigón sobre mi cabeza.
Entonces bajé la vista, sintiendo aún el zumbido en los oídos, y vi el letrero de salida que parpadeaba en rojo al pie de las escaleras, como un desafío.
Bajé y mis pasos retumbaron sobre los peldaños; cuanto más me alejaba de la oficina, más fácil me resultaba respirar.
Mi cuerpo se movía más rápido que mis pensamientos, y eso me hacía sentir libre.
Para cuando llegué al último escalón, tenía las piernas entumecidas.
No dudé en el rellano, ni siquiera pensé en qué iba a hacer a continuación.
En lugar de eso, me precipité hacia la salida lateral, empujé la puerta de acero y me encontré en el estrecho callejón entre las oficinas del Senado de Monroe y el imponente cristal negro de Chandler & Chandler.