1. Cuenta los árboles
Cuenta los árboles
Doscientos catorce.
Contaba los árboles porque los árboles no mentían.
Las personas mentían, los relojes se paraban, la noche te decía que llevabas corriendo una hora cuando llevabas diez minutos.
Pero un pino era un pino. Si contabas los pinos desde la linde, sabías exactamente dónde estabas, y saber dónde estabas era lo único que separaba a los vivos de los que ya gritaban monte abajo.
Doscientos catorce desde el árbol partido. Doscientos quince.
Corría con el farol en la mano izquierda, lejos del cuerpo, sostenido por el aro de arriba para que la luz cayera al suelo y no a su cara.
Por encima, entre las ramas peladas, la luna colgaba enorme y roja, y lo teñía todo de esa claridad sucia que no servía para ver pero sí para que te vieran.
Mala luna para esconderse. Buena luna para que te encontraran.
Respiraba por la nariz. Cuatro tiempos para dentro, cuatro para fuera, los pasos cuadrados con el aire, sin desbocarse.
El cuerpo quería más. El cuerpo siempre quiere más, y el cuerpo se equivoca casi siempre; el que corre como le pide el pecho se queda sin pecho a la media hora, y entonces ya da igual lo deprisa que vaya.
Cuatro dentro. Cuatro fuera. Doscientos treinta.
A su espalda, lejos, el monte seguía hablando: una voz, un ladrido, el eco de una carrera que se torcía y se apagaba.
Para entonces ya habían sonado los tres cuernos, uno tras otro a lo largo de la noche.
El primero, a medianoche, los había soltado a ellos con dos horas de ventaja; el segundo, cumplidas las dos horas, había echado al monte a los hombres; el tercero, hacía ya un buen rato, había abierto las perreras.
Desde entonces la jauría andaba suelta por la ladera, callada, sumada a la cacería.
Se permitió medio segundo de cálculo. La ventaja se había gastado hacía rato, los hombres llevaban su tiempo peinando el monte y los perros corrían sueltos desde la tercera fase. No pensaba correr de ninguno de los dos.
Conocía las reglas. Se las habían recitado en fila, antes de soltarlos, con la solemnidad de quien lee una sentencia: mantén el farol encendido o no cuentas, llega a la Verja del Alba antes del amanecer y serás libre.
Lo había escuchado con la cara que tocaba, asustada y agradecida, asintiendo como los demás.
Y mientras asentía pensaba que aquello era un cuento para niños, una zanahoria pintada de oro colgada delante de gente que necesitaba creer en una salida para echar a correr en la dirección que a ellos les convenía.
Los cuentos sirven para que la gente camine sola hasta donde tú quieres llevarla.
Ella no pensaba ir a la verja. Sabía perfectamente lo que esperaba en la verja.
Entre los troncos, a la derecha, se movió una luz que no era la suya.
Se detuvo.
No de golpe, no en seco. Frenó en tres pasos cortos hasta una mata de brezo y se acuclilló detrás, y bajó el farol hasta apoyarlo en el suelo, tapándolo a medias con el muslo para que el resplandor no la dibujara.
Luego levantó la cara y abrió la boca un dedo, despacio, para oír mejor, y olió el aire.
El viento venía de cara. Del lado de la luz, hacia ella.
Bien. El viento de cara significaba que los perros, si los traía, la olerían tarde o no la olerían. Significaba también que ella oiría al que cargaba la luz mucho antes de que él la oyera a ella. Se quedó quieta, con una mano en el suelo y la otra en el aro caliente del farol, y esperó.
La luz cruzó entre los árboles a treinta metros, a cuarenta, barriendo el suelo a un lado y a otro.
Un hombre. Un bulto ancho con una escopeta colgada del hombro y una linterna en alto, un haz blanco y duro, de los buenos, nada que ver con la lamparilla de aceite que le habían dado a ella.
Iba silbando entre dientes una cancioncilla, una de esas tontas que se pegan, mientras barría los matorrales como quien busca un perro perdido y no le corre ninguna prisa encontrarlo.
Pasó a tres palmos de una huella suya que ella había dejado en el barro media hora antes y no la vio.
La canción se fue apagando ladera abajo, hacia el arroyo.
Más abajo, donde se había ido el silbido, alguien gritó.
Un grito corto, sorprendido. De los que no llegan a repetirse. Luego, nada. El que silbaba dejó de silbar.
No se movió enseguida. Contó hasta veinte mirando el sitio negro entre los árboles por donde había bajado el haz de luz.
El cazador había encontrado a alguien. Bien podía ser la mujer del pelo cano que temblaba en la fila de la salida, o el chaval que no paraba de preguntar si aquello era de verdad.
Uno menos en el monte. Uno menos entre ella y lo de arriba.
Era una manera fría de pensarlo. Lo pensó así de todas formas, porque era verdad, y la verdad pesaba menos que la mentira a estas horas de la noche.
A pocos pasos de su escondite, medio tapada por un tronco, ardía una luz que no había encendido ella.
Una llama sola sobre la tierra, temblando para nadie, igual que la que había visto al saltar un murete al principio de la noche.
Conocía bien una luz así, sola en mitad de la nada.
O alguien se había sentado ahí a descansar y ya no iba a levantarse, o alguien la había dejado a propósito para que otro se acercara a mirar de cerca.
Las dos cosas acababan igual. No fue a comprobarlo.
Lo guardó, como se guarda una herramienta que todavía no toca usar, y se levantó.
Echó a andar. No ladera abajo, hacia el arroyo, hacia el camino ancho que bajaba serpenteando hasta el valle y hasta la verja que les habían prometido a todos.
Los demás iban para allá. Llevaban toda la noche yendo para allá, hacia el este, hacia la promesa, persuadidos de que en algún punto de aquella negrura había una puerta abierta y, detrás, una carretera.
Ella subía.
Subía hacia la mole negra recortada contra la luna, hacia el castillo y sus torres torcidas y sus ventanas altas todavía encendidas, donde la familia esperaba el final de su propia fiesta con una copa en la mano.
Doscientos noventa. Trescientos uno. Contaba y subía, y cada árbol que dejaba atrás la acercaba un poco más a lo que había venido a hacer.
A media subida los árboles raleaban y se abría un claro de hierba pelada, cincuenta metros descubiertos bajo la luna, sin una sombra donde meterse.
Un buen sitio para morir. Se quedó en la linde y esperó, contando, hasta que una nube fina cruzó por delante de la luna y le rebajó la luz un punto.
Entonces lo cruzó agachada, en diagonal, rápida, pisando donde la hierba crecía más alta, y volvió a meterse entre los troncos del otro lado sin haber hecho más ruido que el viento.
Allí, el monte se cerraba en un cuello de rocas.
Un paso estrecho, donde el terreno obligaba: cualquiera que subiera o bajara por esta cara tenía que meterse por ahí, entre las dos peñas, por una vereda de un metro escaso pisada por generaciones de jabalíes.
Lo había visto a la luz del día, dos semanas antes, fingiéndose perdida con una mochila al hombro y cara de turista que se ha alejado del sendero.
Entonces solo era un sitio bonito por donde pasaba el agua. Ahora era otra cosa.
Se agachó a la boca del paso y escuchó. Arriba, no muy lejos, dos voces.
—¿Cuántos llevamos? —Un hombre, joven, aburrido.
—Ni idea. —Otro, más viejo, con la respiración de quien sube una cuesta—. Yo he venido a cenar, no a contar.
—La cena es luego.
—Pues por eso te lo digo. Despachemos lo nuestro y bajamos, que el cordero no espera y mi mujer se pone insoportable si lo recalientan.
—¿Y si no encontramos a ninguno más?
—Siempre se encuentra. Tú dales tiempo. Se cansan, se paran, encienden la luz para ver dónde pisan, y ahí los tienes, marcaditos en mitad del monte como una vela en una tarta. La prisa la ponen ellos. Nosotros solo esperamos.
Una risa. El crujido de unas botas sobre la pinaza, alejándose hacia el otro lado de la loma. Buscaban por arriba, donde no estaba. Aún.
Se quedó en cuclillas a la boca del paso, a oscuras, escuchando alejarse a los dos hombres que pensaban en el cordero, y por primera vez en toda la noche dejó de contar árboles.
Se subió la manga izquierda. Atado al antebrazo, bajo la tela, llevaba un rollo de alambre fino, del de cerrar fincas, el que corta y no se ve.
Lo había metido cosido a la ropa el día que cruzó la verja por su propio pie, sonriendo, con un nombre que no era el suyo y una historia triste y creíble en la boca, mientras una mujer elegante la apuntaba en una lista y le deseaba mucha suerte.
Lo desenrolló sin prisa. Las manos sabían lo que hacían; lo habían hecho mil veces de cría, en otro monte, al lado de un hombre que ya no estaba y que le había enseñado dos cosas que esta gente, con todas sus escopetas y sus perros, no había aprendido nunca.
Que el monte no es de quien lo posee, sino de quien lo lee.
Y que una trampa bien puesta vale más que la mejor escopeta, porque la escopeta hay que sostenerla, y la trampa trabaja sola mientras tú descansas.
Tendió el alambre a través de la vereda, a la altura de un tobillo de hombre, y lo amarró a las dos peñas, tenso, invisible contra el suelo negro.
Probó la tensión con dos dedos. Aguantaría.
Luego cogió el farol, lo llevó unos diez metros monte arriba, pasado el cuello de rocas, y lo dejó encendido sobre una piedra plana, ardiendo solo en mitad de la oscuridad.
Una llama amarilla y temblorosa que se veía desde lejos y que decía, a cualquiera que la mirase, aquí hay una presa, aquí hay alguien cansado y asustado que se ha parado a descansar, ven a por ella.
Una vela en una tarta. Como había dicho el hombre.
Y se metió en lo oscuro, a un lado del paso, detrás de la peña, donde el viento seguía soplándole de cara.
Los demás corrían hacia el este, hacia la verja, hacia la luz, convencidos de que la luz era la salida. Ella había dejado la suya sola en una piedra para que viniera alguien a mirarla, y se había quedado a oscuras, que es donde mira el que caza y no el que es cazado.
Se sentó sobre los talones, con la espalda contra la roca fría y el otro extremo del alambre enrollado al puño, y se quedó muy quieta.
El frío le subía por las piernas. Lo dejó subir.
La paciencia era media cacería, y la otra media también era paciencia; lo de matar venía al final y duraba poco.
Le quedaba noche de sobra. Las dos horas de ventaja que le habían regalado al principio, creyéndola una presa, las había gastado en subir hasta este paso y montarles la bienvenida.
Dársela había sido el primer error de la noche. No iba a ser el último.
Y volvió a contar. Pero ya no contaba árboles.
Contaba pasos. Los de las botas que volvían loma abajo, que ya se oían otra vez, que se acercaban al cuello de rocas y a la lucecita inocente que ardía un poco más arriba.
No huía de ellos.
Llevaba toda la noche subiendo a su encuentro.