Corre, si puedes Prólogo. El que llegó primero
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Corre, si puedes

Corre, si puedes

Por Valeria Noctis

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Prólogo. El que llegó primero

Prólogo

El que llegó primero

La luz estaba al final de los árboles, y Damián corría hacia ella con lo poco que le quedaba.

Las piernas habían dejado de ser suyas hacía rato.

Las movía porque sí, porque la otra opción era pararse, y pararse era lo único que tenía prohibido.

El farol le colgaba de la mano derecha, casi muerto, una brasa amarilla que se bamboleaba a cada zancada y que llevaba toda la noche pidiendo apagarse.

Él no la dejaba. Sin luz no contabas, le habían dicho. El que llega a oscuras no llega.

Y él iba a llegar.

Tenía el sabor del hierro en la garganta y el monte entero metido en los pulmones.

Cada vez que el pie golpeaba la tierra, algo le subía por la espinilla hasta la cadera, un dolor sordo que ya ni distinguía del resto.

Le daba igual. El dolor era cosa de mañana, y para tener un mañana solo había que seguir un poco más.

Por encima de las copas, el cielo había empezado a clarear.

Ese gris sucio que va antes del azul, el que avisa de que el sol ya viene aunque todavía no asome.

Damián lo miró como se mira una promesa.

Esa era la regla, la única que le habían explicado con palabras claras: llegar a la Verja del Alba antes de que saliera el sol, y serías libre.

Cruzas la verja y se acabó. Te vas a casa.

Pensó en casa. Le habían prometido dinero por una sola noche, y el dinero le importaba ahora una mierda al lado de una idea mucho más simple, mucho más vieja: abrir su propia puerta otra vez.

Una cocina pequeña con la luz dada. Un dibujo torcido pegado a la nevera con un imán.

Una voz que dijera su nombre sin que sonara a despedida.

Cosas de nada, las únicas que pesaban de verdad a estas horas.

Había empezado la noche con otros. Diez, doce, no los contó.

Los fue perdiendo en lo oscuro sin verlos caer, solo oyéndolos: un grito a la izquierda, una carrera que se torcía, un chapoteo en el arroyo que se cortaba de golpe.

Cada vez que un sonido se apagaba, él apretaba un poco más y trataba de no pensar en lo que significaba.

A media noche, cruzando un claro, una luz lo había barrido de lado y un perro se le había echado encima de la nada; lo esquivó por instinto, rodó, se levantó corriendo con la manga abierta y el brazo ardiendo, y no miró atrás.

Sobrevivir a aquello le había metido una idea peligrosa en la cabeza.

La idea de que él era distinto. De que él podía.

Un poco más adelante, al saltar un murete de piedra seca, casi pisó una luz.

Un farol caído en la hierba, todavía encendido, ardiendo solo para nadie.

De su dueño no quedaba ni rastro, ni un grito, ni una marca.

Solo aquella llamita amarilla temblando en el suelo, paciente, como si esperase a que volviera alguien que no iba a volver.

Damián apartó los ojos y siguió. A él no, se dijo. Él iba listo. Él era distinto.

Llevaba un rato corriendo a trozos, engañándose como se engaña uno cuando ya no puede más.

Solo hasta aquel pino, se decía, y al llegar al pino se decía solo hasta la roca, y en la roca solo hasta lo alto de la cuesta.

Funcionaba. El cuerpo obedecía a las mentiras pequeñas mucho mejor que a las verdades grandes.

Y la verdad grande, la única, era que llevaba horas huyendo de algo que no tenía ninguna prisa por alcanzarlo. Esa no había forma de correrla.

Ahora el premio estaba ahí delante, entre los troncos. Una claridad que crecía. Una boca de luz al final del camino.

La verja. Tenía que ser la verja. Detrás estaría el amanecer, y detrás del amanecer, la carretera, y al final de la carretera lo de siempre, lo aburrido, lo suyo. Apretó. Le quedaba esto. Lo dio todo en esto.

Los árboles se abrieron de golpe y el camino murió en una explanada.

Y allí estaba: alta, negra, de hierro retorcido, recortada contra un fondo de luz.

Pero la luz no caía del cielo. El cielo seguía siendo aquel gris cansado de las afueras del amanecer.

La claridad venía de este lado del portón.

De lámparas. De muchas lámparas, quietas, colgadas de ganchos o sostenidas en alto, formando un semicírculo ordenado delante de la verja.

Y entre las lámparas, gente.

Damián aflojó el paso sin querer. Eran siluetas, nada más, recortes oscuros contra su propia luz, sin caras.

Estaban de pie, cómodos, como quien espera en el andén un tren que no lleva retraso.

Nadie corría. Nadie lo apuntaba. Lo veían llegar con la paciencia educada de quien ha hecho esto otras veces y sabe exactamente cuánto va a durar.

—Este ha venido pronto —dijo una voz de mujer, tranquila, casi de anfitriona—. Si ni siquiera ha salido el sol.

—Pues que espere —contestó otra, de hombre, aburrida—. No vamos a saltarnos el protocolo por uno que corre rápido.

Una risa baja, corta. Alguien anotaba algo: se oyó el rasgar de un lápiz contra el papel.

Se paró del todo a unos metros, con el farol moribundo temblándole en la mano y el pecho subiendo y bajando como un fuelle roto.

No lo entendía. La verja era la salida. Le habían jurado que la verja era la salida.

Entonces qué hacían ellos plantados al otro lado de su esperanza, esperándolo con luz y con lápices, como un comité que recibe a un invitado de honor.

—¿Es...? —La palabra le salió en pedazos—. ¿Ya está? ¿He llegado?

—Has llegado, sí —dijo la mujer, amable—. Eres el primero de la noche. Enhorabuena de corazón.

Y durante un instante, uno solo, Damián se lo creyó. Se le aflojaron las rodillas de puro alivio, le ardieron los ojos, estuvo a punto de reírse como un crío. Había llegado. Había ganado. Iba a volver a casa.

—¿Apostamos? —dijo una voz más joven, divertida, de chaval que se aburre en misa.

—Ya aposté —respondió el hombre aburrido—. Aposté a que no llegaba ninguno. Llevo doce años ganando esa apuesta. No la voy a perder ahora por sentimentalismo.

—Qué poca fe —dijo el chaval.

—Fe la justa. Experiencia toda.

Damián dio un paso hacia ellos. Hacia la verja, hacia el hueco entre las lámparas, porque la cabeza todavía le repetía cruza, cruza y se acabó, como un rezo aprendido de pequeño. Y entonces la verja se abrió.

Crujió el hierro. Las dos hojas se separaron despacio hacia dentro, hacia él, y por el hueco no salió el amanecer.

Salieron los perros.

No los oyó ladrar. Eso fue lo peor, en el medio segundo que le quedó para entender algo: que venían callados.

Que cruzaban hacia él desde el otro lado de la verja, desde la oscuridad de detrás del portón, donde nunca hubo carretera ni amanecer ni casa, solo más monte negro esperando a que alguien fuera tan tonto, tan rápido, tan lleno de esperanza, como para correr una noche entera en línea recta hasta la única puerta del mundo donde lo estaban aguardando.

La luz que había perseguido entre los árboles no era ninguna salida. Eran ellos. Siempre habían sido ellos.

El farol se le cayó de la mano. Por fin se apagó.

—Otro —dijo la mujer, y volvió a oírse el lápiz—. Que conste en acta que ni este.

—Nadie llega lejos —dijo el hombre aburrido, y bostezó largo—. Es que no se puede. Lo llevan intentando desde que tengo memoria y todavía no lo ha entendido ninguno. —Una pausa, un chasquido de lengua, casi de pena—. En fin. ¿Cenamos?

La verja volvió a cerrarse sobre la explanada vacía. Arriba, indiferente a todo, el cielo terminó de clarear.