70
Corro, lo hago con la ilusión de alguien que es libre de vivir a su manera.
Entro en el palacio y subo a mi torreón ansiosa por reencontrarme con Kaine Dynevor.
En cuanto lo hago, lo encuentro sentado al borde de un barranco cuyas vistas son el horizonte infinito y la oscuridad del mar bajo la tormenta eterna.
El Salto de la Noche, el mismo lugar en el que Estevian salvó a Cirigh cuando este pretendía suicidarse, el sitio en el que el tritón empezó su venganza contra Lánar.
—¿Qué hace un vampiro tan guapo en un lugar como este? —digo con la certeza de que sé cómo hacerme escuchar.
—¿Kath? Has vuelto… —Su rostro muestra una sonrisa, pero su ánimo me transmite lo contrario—. ¿Ha pasado algo?
—La corona de cuervos me ha dado su bendición —No quiero hacerle esperar, lleva haciéndolo demasiado tiempo.
—¿La corona de qué?
—Resulta que el Nido necesita una reina y Paquin siempre ha sido la indicada.
Le doy la mano para evitar que haga alguna locura. Cuando siento el roce de sus dedos mi mundo se detiene, en ese instante sé que estoy donde deseo estar. Paseamos levemente hasta uno de los bancos cercanos al barranco y le agarro con la idea de no volver a soltarle nunca.
—¿Y cómo sabíais que Yleth tenía que ser la reina de las brujas? —me pregunta ensimismado.
—Al principio pensé que debía serlo yo, que la pluma crepuscular me había escogido. Pensamos que la corona de cuervos me esperaría en mi torreón durante la tercera prueba. Pero cuando llegamos entendí que estaba equivocada.
—Espera, espera…, ¿en qué consistía esa prueba? —Kaine está ansioso por saber todos los detalles.
—Una locura, mis hermanas y yo debíamos luchar contra un reflejo distorsionado de nuestra magia. Monstruos que nos representaban a cada una de nosotras.
—Tuvo que ser emocionante, pero, ¿dónde estaba la corona? ¿tuviste una visión o algo así?
—No, me di cuenta que la pluma me escogió porque era yo la que debía traer a Yleth al Nido, por eso reaccionó frente a ella y no frente a ninguna más.
—No entiendo.
—¿Por qué no reaccionó cuando se la enseñé a Seylah?
Estaba tranquila, relajada, pero cuando me encontré con Yleth fue como si quisiera llamar la atención de su poder, como si la propia pluma necesitara de ella.
—Kaine me mira intrigado por lo que le estoy contando y yo continúo con mi narración—.
Las bestias primigenias me lo confirmaron después: una bruja con el poder de unirlas a todas.
Una bruja dispuesta a sacrificar el amor verdadero por proteger la magia. Una bruja, una madre, una reina.
—¿Yleth tiene sangre real?
—No, cielo. Ella consiguió unir a todo el Aquelarre del Cuervo en contra mía porque siempre fue una líder nata. Renunció al amor cuando la magia se lo puso delante. Ha cuidado de los huérfanos de la noche eterna dándoles una nueva oportunidad, como una madre…
—Ayudó al Tritón de Plaguen a alumbrar a la nueva generación de stokers —me interrumpe él reafirmando mi postura.
—Ha estado destinada a ser una reina todo este tiempo, solo necesitaba abandonar su inmortalidad para entenderlo.
—Me alegro de que todo haya salido bien, espero que seáis muy felices en esa nube en la que vivís. —La pena se apodera de él mientras sus ojos se niegan a dejar de mirarme—. Nunca te voy a olvidar, Kath.
—Hay algo más, mi amor.
—¿Podrás seguir visitándome?
—Algo mejor, pero requiere un precio.
—Lo pagaré, sea cual sea, si con eso podemos estar juntos… —Kaine abre sus brazos e intenta corregir lo que acaba de decir—. Ya me entiendes, juntos de verdad.
Es entonces cuando chasqueo los dedos y la pócima rosa aparece en mis manos. Él se queda eclipsado, después se echa a reír.
—Un truco demasiado sencillo, ¿no? Te he visto hacer cosas más espectaculares.
—Con esto podrás caminar bajo la luz del día, pero no como vampiro, sino con forma animal.
—La Poción Maldita. —dice recordando las palabras de Aine cuando la encontramos en su cabaña—. Espera, ¿me quieres transformar en tu gato doméstico? O, quizá algo más brujeril, ¿una serpiente?
—No es eso, idiota… —Me coloco la mano en la frente y cojo aire para recurrir a la paciencia—. Déjame explicártelo, que te pones imposible.
—Perdona.
—Podrás convertirte en animal cuando quieras caminar bajo la luz del sol, el resto del tiempo podrás regresar a tu aspecto original.
Kaine me roba la pócima de las manos y se la bebe de un sorbo. No se lo piensa dos veces, no se plantea la simple idea de que algo salga mal. Al contrario, lo hace sin dudar, sea cual sea el precio que debe pagar, no le importa perderlo todo por estar a mi lado.
—¿Y ahora?
—No lo sé, solo venía a enseñártela, pensaba traer a las chicas para hacerlo en una especie de celebración.
—Yo…, no me siento bien… —Él se incorpora con las manos en el estómago—. Ven a buscarme, nos veremos en la parte más cercana al puerto.
—Espera…, déjame preguntar…
—Ven a buscarme, Kath.
Mi viaje astral a través del torreón se disipa cuando pierdo la concentración. Me apresuro a correr hacia la ventana y precipitarme al vacío a tiempo de invocar mis alas. Vuelo, lo hago lejos del Nido y aprovecho las corrientes de viento para llegar hasta la parte nocturna del Midna.
Tardo menos de lo que espero en toparme con la barrera que me impide entrar en el Continente de la Banshee.
Mantengo el vuelo mientras invoco una pequeña bandada de mariposas de fuego con la única esperanza de que Kaine me vea.
Si se ha transformado en animal desconozco si ha podido escogerlo, es por eso por lo que le busco por todos lados.
Miro hacia el mar esperando ver algún tipo de pez o tiburón que se parezca a él, observo el puerto aguardando el ladrido de algún perro fiel.
Justo cuando la angustia amenaza con destruirme, un ave vuela alrededor de mí. En el momento en el que veo a un cuervo de ojos rojos graznando felizmente, sé que Kaine está aquí.
Volamos, lo hacemos bailando en el cielo mientras nos alejamos de las tierras que nos han visto crecer.
Cogemos las corrientes de viento para luego abandonarlas y planear sobre las olas del mar.
Estamos a punto de cruzar la línea del Midna cuando el cuervo se detiene y me mira fijamente.
Entiendo que Kaine está preocupado, aterrado por que la poción no haya tenido el efecto que le he prometido.
Su padre le torturó tanto con los rayos del sol que ahora se están abriendo las cicatrices que creía cerradas.
—Venga, cariño, estarás bien —le digo extendiendo mi mano para que me siga.
El animal cierra los ojos y se aleja de la noche eterna, en el instante en el que la luz diurna roza su plumaje y no le hace ningún daño, empieza a graznar de nuevo.
Jugamos, lo hacemos sin miedo a lo que antes nos aterraba, juntos en una vida cuyo final es tan incierto como el curso de la batalla final.
Pasamos horas y horas en el cielo hasta llegar a una isla pequeña con los resquicios de una vieja hoguera, como si alguien hubiera acampado aquí hace mucho tiempo atrás.
Me siento en la arena y hago desaparecer las alas mientras el cuervo se posa en mi hombro.
Contemplamos el atardecer seguro de que es el mayor regalo que un vampiro puede tener.
Y cuando la noche estrellada nos recibe, Kaine regresa a su forma original.
—¡Lo hemos conseguido! —vitorea mientras se abalanza sobre mí para besarme sin descanso—. ¡Somos libres de los dominios de Ilythia!
Reímos, nos besamos y bailamos seguros de que nadie puede vernos. La intensidad de nuestro reencuentro es tan fuerte que perdemos la noción del tiempo a la misma velocidad con la que nos quitamos la ropa.
—Eres mi diosa, Kathleen Strauss —me dice con la adrenalina recorriendo su cuerpo y su excitación rozando mi piel—. Obras milagros como una divinidad.
—Gracias por no perder la esperanza de volver a encontrarme —le susurro segundos antes de besarle de nuevo.
Kaine me coge entre sus brazos mientras me devora sin piedad.
Su lengua choca con la mía guiada por el sonido de las olas que acalla el torrente de nuestro respirar.
No pierde el tiempo a la hora de colocarme sobre la arena de la playa, se arrodilla frente a mí y besa mis pechos, relame mis pezones y empapa mi cuerpo para llegar a mi cadera.
—Me da igual quién lleve la corona de brujas, mi reina siempre serás tú.
Siento la humedad de su lengua atravesando los límites de mi ser.
No puedo evitar gemir, no cuando el movimiento de su boca me empapa el alma.
Después utiliza sus dedos para estimular mi piel, no sé en qué momento cojo su cabeza y la presiono contra mi centro.
Necesito más, necesito tenerle más adentro.
Le tiro del cabello para que suba hasta mi boca y me bese con fuerza.
Soy yo la que guía su erección hasta mi cintura y le incita a atravesar mi cadera.
Kaine abre los ojos de par en par mientras estos centellean rojos y excitados.
Al principio se mueve despacio, tiene miedo de hacerle daño a mi nueva naturaleza mortal, pero después soy yo la que se sacude para aumentar el ritmo.
El vampiro me folla como nunca lo ha hecho, no me hace falta ser inmortal para sentir la intensidad de sus movimientos. Tengo tanto poder dentro que no puedo evitar que las mariposas de fuego y sombras revoloteen alrededor nuestro mientras nuestros jadeos nos conducen hasta el éxtasis más profundo.
—Eres espectacular, bruja. —dice él justo después de que explotemos en placer—. ¿Crees que podrías seguirme el ritmo?
—¿Con quién te crees que estás hablando? —le desafío mientras me coloco sobre él—. Soy más poderosa de lo que crees.
—Demuéstramelo.
El juego entre vampiro y bruja se acaba convirtiendo en un baile de placer.
Cabalgo a horcajadas sobre su erección mientras él gime descontrolado.
Kaine me agarra de los pechos mientras yo me apoyo en sus poderosos pectorales.
Follamos, lo hacemos una y otra vez mientras nuestras palabras son sustituidas por la canción que entonan nuestros gemidos, una melodía que solo las estrellas pueden escuchar.
A pesar de que no hablemos, tener a Kaine dentro de mí, en esta isla perdida en medio del mar, es la mayor promesa de unión que jamás vamos a tener. Nos amamos, lo hacemos a pesar de todo lo que hemos vivido.
—Nunca te volveré a olvidar —le digo a tiempo de que caminemos hacia el interior del mar para limpiarnos los restos de sudor.
—Puede que mi vida sea eterna, pero pienso pasar el resto de tus días a tu lado.
El agua salada se lleva los restos de la lujuria y la pasión. Nos abrazamos mientras contemplamos la noche más hermosa de nuestras vidas, la primera que pasamos juntos al otro lado del Midna. La primera de muchas.
—Hay algo más, ¿verdad? —me dice cuando nos tumbamos en la arena para relajarnos—. El precio que debo pagar, hay algo más.
Cojo aire sabiendo que no puedo rehuirle, que responderle es inevitable. Por eso cojo aire y empiezo a hablar.
—Debes vigilar a tu hermano, a Estevian Ilia. Cuidar de que no le pase nada malo. Pero es muy arriesgado, él no debe saber quién eres hasta que no llegue el momento oportuno.
—Necesitaré una buena justificación para su perdón o me matará con sus propias manos…
Kaine no está nervioso, ni siquiera aterrado, al contrario, está decidido a cumplir con su propósito para que podamos estar juntos para siempre.
—El Grimorio de los Muertos…, puede que sepas algo que él necesita aprender —improviso sabiendo que su padre jugó con una magia que no comprendía.
—Treznor no me dejaba tocar su libro, pero yo estaba a su lado en cada conjuro que estudió. Puede que haya algo que le sea de utilidad a Estevian.
—Hubo muchas muertes en la Guerra de las Estirpes, va a ser muy difícil que te perdone.
—Encontraré la manera de que al menos no me mate, por mi culpa él perdió a un ser querido.
—Darius Cárpasot —digo y automáticamente recuerdo la última visión que tuve—. Espera…, el duque estaba en la guerra final. ¿Hay alguna manera para traerle de vuelta?
—El Grimorio de los Muertos absorbe todas las almas que mueren cerca de él. Así es como Treznor invocó a los necrófagos.
—¡Eso es! Eso será tu llave para llegar hasta él —le doy un beso, estoy tan emocionada que no le doy importancia a la arena pegada a mi desnudez—. ¿Podrás hacerlo?
—Se lo debo, os lo debo a todos.
—Entonces mañana nos separaremos —sentencio en una estrategia clara.
—Y pronto nos volveremos a encontrar. —Kaine me besa con delicadeza, después me sonríe—. Te amo, Kathleen Strauss.
—Y yo a ti, Kaine Dynevor.
FIN