Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3)
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Kathleen Strauss
La magia fluye a través de mis brazos, alzados al cielo, mientras mis manos estiran sus dedos con tanta fuerza que siento que se van a entumecer.
No puedo perder la concentración, ni yo ni mis hermanas podemos flaquear en nuestra labor de reconstruir la ciudad de Makabria.
Las rocas y los ladrillos van flotando de un lado a otro formando el esqueleto de la torre principal del palacio.
La sociedad vampírica está dando su mayor esfuerzo para conseguir que las cosas vuelvan a la normalidad.
Todo ha cambiado desde que el duque Darius murió en la guerra contra la Corte de la Tormenta.
Una desgracia que cubrió las calles de mi hogar de silencio y luto, pero también reforzó la unión entre inmortales y humanos.
La desgracia de su muerte, mezclada con la farsa de la caída de lord Estevian, han formado la unión necesaria para que todos deseen reconstruir Makabria en símbolo de paz.
Ya no hay necrófagos en el Continente de la Banshee, y los pocos miembros de la Orden de los Condenados que quedan se han esfumado.
Quizá hayan cambiado de idea, o puede que estén confabulando, esperando la oportunidad para atacar de nuevo.
— Necesito regresar a la guarida. —comenta Edana aterrizando a mi lado—. Necesito beber sangre y descansar.
— Yo también, estar rodeada de tanta gente reafirma la idea de que soy antisocial —se queja Calista esquivando a la multitud de vampiros y humanos que trabajan como obreros.
Nuestras voces resuenan en el interior de nuestras mentes, uno de los privilegios de ser brujas y poder hablar sin que nadie nos escuche.
Me fijo en como mi hermana Edana cojea mientras camina hacia la salida de la ciudad cuya muralla aún está a medio reconstruir.
A pesar de que las tres seamos la nueva Tríada del Aquelarre del Cuervo, y que dispongamos de un poder inconmensurable, aún no nos hemos acostumbrado a él y no tenemos tiempo para hacerlo.
Por eso quizá el abuso de la magia nos agota tanto, eso y que llevamos semanas esforzándonos por acelerar el proceso de reconstrucción.
Puede que no haya guerras ni amenazas cerca, pero eso no significa que las brujas hayamos prescindido de la niebla , la túnica y el velo negros que evita que se descubra nuestra identidad.
Esa es la principal norma del Aquelarre del Cuervo, quizá existimos para la sociedad, en el pasado, pero ya no.
Para todos los clientes que tuve alguna vez en el Lluvia de Polen , yo soy una víctima más de cualquiera de los conflictos que Plaguen ha vivido en los últimos años.
Así es como la gente cree que la Kath, que una vez atesoró su fama en los barrios bajos, murió a manos de algún loco o puede que incluso en la crisis del frenesí.
Todo depende de lo que las personas quieran inventar.
Pero eso ya no importa, da igual quiénes fuéramos alguna vez, ahora somos vampiras totalmente diferentes, brujas del Aquelarre del Cuervo, mujeres con el cometido de proteger la corona de oro negro y rubíes.
Al cabo de varias horas llegamos a nuestra guarida.
En cuanto entro en mi habitación lo primero que hago es quitarme el velo y maldecir las arrugas que me han salido por todo el cuerpo.
El precio de nuestra última batalla, no hemos podido reposar el poder y eso ha conllevado a que los cuerpos de la nueva Tríada se vayan consumiendo.
—¿Está todo preparado, Cali? —pregunto mientras cambio la niebla por un vestido más cómodo.
— Llevo todo el día preparándolo, hermanas. —Y es Selyah la que responde a través de nuestros pensamientos. La niña prodigio, la ocultista, aún con el peligro Dynevor eliminado, sigue almacenando más magia de la que puede soportar—. Venid ya o empezaré sin vosotras.
Puede que ella siga aparentando tener ocho años de edad, pero Seylah ha madurado en el último mes.
La guerra cambia a todo el mundo, da igual si eres inmortal o no, y ella ha visto la devastación que pueden causar las malas acciones.
Agradezco haberla llevado a Makabria, de no haber sido así, quizá, no hubiera adquirido esta responsabilidad.
Me duelen las piernas, los brazos y la espalda.
El poder no solo se alimenta de nuestra piel provocando las arrugas propias de la vejez, sino que también está devorando la fuerza de nuestros huesos y músculos.
Debido a esto no es raro que la nueva Tríada recorramos los pasillos de la guarida con callados o bastones que nos ayuden a caminar.
— No lo soporto —me quejo cuando me encuentro con ellas.
— Así no ligarás nada ¿verdad? —bromea Calista que tiene la suerte de tener una tez de piel oscura y eso evita que las arrugas se noten tanto—. ¿Qué opinarán los del burdel?
— Yo seguiré ligando, no importa mi físico.
— Sí, sí…, tendríamos que hacer un concurso de la tercera edad para ver tus cualidades sociales —se jacta Edana mientras encabeza la marcha de las tres ancianas escondidas en las catacumbas de Plaguen.
— Tú calla, ahora que la stoker se ha marchado a su castillo de hielo no tienes con quién pagar la frustración ¿no?
— Eres una zorra, Kath.
— Pero siempre seré vuestra zorra favorita, ¿verdad?
Seylah nos espera en la estancia preparada para el ritual que estamos a punto de iniciar.
No soy la única que abre los ojos de par en par al ver la dedicación que la bruja le ha puesto a todo esto.
No solo ha preparado los tres ataúdes rúnicos para nuestra recuperación, si no que ha pintado toda la habitación con lunas y estrellas para hacerla mucho más acogedora.
—¿Has mezclado bien la sangre del antiguo con los mechones de cabello de nuestras antepasadas? —Cali no pierde la oportunidad de buscar una razón para regañar a la niña.
—Sí, hermana. Y he añadido pétalos de flor para que huela mejor. Vais a pasar varios días dormidas y no quiero que los olores fuertes rompan vuestra concentración.
—¿Los has pintado con nuestros nombres? —Edana se queda perpleja al ver uno de los ataúdes decorado con lechuzas y copos de nieve.
Yo me acerco al mío, Seylah lo ha dejado precioso. Hay pétalos de flor por todos lados y zorros correteando de un lado a otro. El tercero, en cambio, tiene gaviotas y olas de mar en colores tan llamativos que transmiten alegría.
—Como siempre dicen que pareces un zorro, pensé que te podría gustar. —comenta la niña cuando me ve acariciando el decorado de mi ataúd rúnico—. ¿Te gusta?
—Es precioso, cielo.
—Creo que me he equivocado contigo, Seylah —Cali se acerca a la niña y le da un abrazo. Un gesto inesperado ya que nuestra hermana es mucho más frívola que la bruja de hielo.
—Quiero que todo salga bien, sois la única familia que me queda.
—Pienso ir a la playa en cuanto esto termine —digo recostándome en mi ataúd.
—Si, por favor. Me muero por perderte de vista —comenta Edana mientras ambas me imitan.
—Nos vemos en unos días, Seylah. —se despide Cali a tiempo de que la niña haga levitar las tapaderas de los ataúdes—. Y por favor, si el reino entra en guerra, despiértanos.
—Sí, hermana. No os preocupéis.
Y de pronto se hace la oscuridad, una en la que no existe la preocupación o el miedo, solo el descanso.
Las runas del interior empiezan a resplandecer moradas mientras el agua mezclada con los ingredientes del ritual se calienta adquiriendo una temperatura agradable.
Cierro los ojos y dejo que el hechizo se lleve a cabo, necesito recuperarme, volver a ser yo.
El proceso es muy sencillo y Seylah ha seguido los pasos a la perfección.
El agua es un gran conductor de la magia y los mechones de cabello de las anteriores brujas madres tienen la energía suficiente como para poder recobrar nuestra apariencia natural.
Las runas de los ataúdes absorben el tiempo que nuestros cuerpos han obtenido de manera forzada.
Por eso es por lo que tenemos que permanecer encerradas al menos tres días.
Se puede acelerar el proceso desde el otro lado, pero eso es algo que no le hemos dicho a la niña, no queremos ponerla en peligro.
Tal y como suele ocurrir cada vez que cierro los ojos, esta vez también viajo mentalmente.
No es el recuerdo propio de una meditación, es algo más, la advertencia de que las cosas están a punto de cambiar.
Eso o puede que solo sea un sueño, no lo tengo claro porque las inmortales no solemos soñar, ni siquiera dormir.
Estoy en la ciudad a la que se mudó mi hermano.
Reconozco la catedral que sobresale por encima del resto de las casas, las dos torres cuyas puntas señalan directamente al cielo de la noche eterna del Midna.
La atalaya más pequeña es la más antigua, con grabados que se han perdido con el paso de las eras.
Solo conserva la pequeña rana sobre la calavera en su fachada principal, un símbolo que los aventureros buscan en señal de fortuna.
Pero en cambio, la más alta, mantiene al reptil de piedra abrazado a su figura.
Sin duda es por esta atalaya por la que la ciudad se llama Torre Salamandra.
Estoy frente a la catedral contemplando sus torres cuando me percato de que un cuervo me observa desde la fachada, un animal con los ojos rojos y la mirada fija.
Por más que intente esconderme él siempre está allí, me grazna con fuerza, no, intenta hablar mi idioma, pero no puede. Al menos hasta que pronuncia mi nombre:
—Kathleen.