Chapter 22
KAIA
—Perfecto. Vigila el mercado. Verás a Kaia en primera fila en el escenario antes de que acabe el día. Solo pujas privadas.
Se me cae el estómago directamente al suelo junto con la taza de té que tengo entre las manos, esa ofrenda de paz que había traído dispuesta a sentarme y tener, por fin, una conversación de verdad con Flynn; la taza resbala por mis dedos.
¿Va a venderme?
¡No, no, no, no!
Hace mucho tiempo circulaban rumores de que los Gallagher estaban metidos en el negocio de la trata de piel, pero eso era cuando yo era niña.
Apenas quedan personas que negocien con ese tipo de negocios hoy en día, y aun así Flynn habla de ello como si fuera tan común como conseguir entradas para un partido de fútbol.
El furioso zumbido de la voz de mi tío no me reconforta como esperaba; de hecho, ni siquiera parece sorprendido de que Flynn baje a ese nivel, y desde luego no está alarmado al enterarse de que el circuito de la piel sigue funcionando.
No puedo pensar.
El corazón me late tan rápido en el pecho que cada golpe es dolorosamente fuerte, como si intentara reventar mi caja torácica para liberarse.
Me invade un mareo y lo único que puedo hacer es fijarme en mis manos para asegurarme de que la taza no se me caiga.
Lo último que necesito es que Flynn sepa que estoy justo fuera de la puerta.
Mi guarda armado permanece al final del pasillo, donde siempre se detiene cada vez que me acerco al despacho de Flynn, y no muestra ni una señal de que pueda oír lo que ocurre dentro.
Va a venderme.
¿Cómo he podido ser tan jodidamente tonta?
Un poco de contacto humano, unos momentos cálidos con su hija y un sexo de locura, y ya estaba dispuesta a olvidar quién es realmente, a convencerme de que lo que le ocurrió a mi familia era algo que iba más allá de mi comprensión.
Vine aquí preparada para aceptar que el perdón era posible porque Flynn no parece tan malo como dicen los rumores.
Me equivocaba muchísimo.
Tambaleándome sobre unas piernas temblorosas, vuelvo en silencio por el pasillo y le entrego el té a mi guardia.
—¿Flynn no lo quiere? —pregunta él, mirando la taza.
Solo puedo negar con la cabeza, no me fío de mi voz.
Soy tan jodidamente ingenua.
¿Cómo he podido dejarme cegar por una culpa mal dirigida y dejarme arrastrar por ese encanto irlandés de Flynn?
Es un monstruo, y en algún momento llegué a autoengañarme pensando que podía aceptar eso.
No sé ni cómo vuelvo a mi habitación, todo es una neblina, pero en cuanto la puerta se cierra me arrastro hasta la cama y me oculto bajo las almohadas y las sábanas, mientras la náusea me atenaza aún más el estómago.
Vendida.
Como si fuera un animal cualquiera.
Flynn ni siquiera ha pestañeado ante semejante provocación, y, de alguna manera, eso duele. Todo lo que he tratado de enterrar en lo más profundo sale a la superficie de golpe y no tengo más remedio que sofocar mis sollozos con una almohada.
Tuve a ese hombre en el suelo, muriendo a mis pies, y debería haberle dejado morir.
Lo habría hecho de no ser por Angie.
Angie.
Flynn tiene el descaro de fingir que le importa su hija y, con la misma facilidad, manda a la hija de otro a ser vendida al primer enfermo dispuesto a pagar, como si no fuésemos más que acciones en una gráfica.
No puedo permitir que eso pase.
Me niego.
Enterrada bajo las mantas, paso la noche sin pegar ojo, intentando trazar un plan desesperado y bastante endeble, pero es lo único que se me ocurre mientras mi cuerpo se retuerce con temblores de náusea y las lágrimas de impotencia me ahogan por dentro.
Angie es la clave, por mucho que me repugne admitirlo.
Parece que es lo único que le importa a Flynn, lo que significa que, si está conmigo, mi seguridad está garantizada.
Y si consigo alejarla de un monstruo como él, existe la posibilidad de que crezca y tenga una vida normal y segura, lejos de la mente enferma y retorcida de un hombre que trata a las personas como si fueran mercancía.
Mi plan se va formando justo a tiempo para que el sol asome por el horizonte, pero me obligo a permanecer en la cama unas horas más.
Los minutos se arrastran como si cada segundo durara el cuádruple y mi corazón sigue latiendo con fuerza.
Cuando llega media mañana, tengo el cuerpo empapado en sudor y he vomitado en el baño tres veces; nada de eso alivia el malestar que tengo en el estómago.
Trágatelo, me regaño mientras mis dedos temblorosos resbalan contra el cinturón que intento abrocharme a la cintura. Tienes que hacerlo. Si no lo haces, estás muerta. Así que trágatelo. Trágatelo. Trágatelo.
Saber cuál es mi destino no facilita nada las cosas, pero después de morderme la mejilla hasta sangrar al meterme en el vestido, me obligo a endurecerme y a enterrar cada emoción en lo más profundo de mi alma, donde no puedo sentirlas.
Luego, carraspeo y llamo a mi guardia.
—¿David?
Nada.
—¡David! —grito más fuerte, acercándome a la puerta—. ¡David!
Se oye un gruñido y, de inmediato, me aparto de la puerta hacia el otro lado de la habitación.
—¿Qué? —ladra David a través de la puerta.
—¡Estoy atrapada! La cremallera del vestido se ha atascado y no puedo... no puedo bajarla. ¡Ni siquiera puedo quitármelo! Dios mío, me estoy agobiando, David, por favor—.
Vuelve a gruñir y después la manilla baja mientras entra en la habitación.
Echando la cabeza hacia un lado, cubro la espalda del vestido con el pelo y le observo por encima del hombro.
—¿Ves? Estoy toda retorcida y me está dando pánico. ¡Tienes que ayudarme a quitarme esta maldita cosa! —Por suerte, mi miedo real a acabar de esclava añade un toque extra de desesperación a mis palabras, y David se compadece de mí.
Él se acerca a mí mientras la puerta del dormitorio se cierra lentamente tras él y su rostro se contrae un poco.
—Ni siquiera puedo ver lo que has hecho porque tu pelo estorba —dice.
—¡Pues apártalo! —Me pongo de puntillas, inquieta—. ¡Dios, quiero arrancarme la piel! ¡Este vestido me aprieta demasiado!
—Eh, tampoco es para tanto. —David deja escapar una risa incómoda y alarga la mano hacia mi vestido—. Déjame solo... —Sus palabras se convierten en murmullos mientras intenta arrastrar la cremallera y apartar mi pelo.
Cuando lo hace, vuelvo a pasar la cabeza al otro hombro y le bloqueo la vista otra vez.
—Kaia, tu pelo está—.
—¡Ayúdame! —interrumpo con un gemido—. ¡Dios, siento que no puedo respirar! ¡Quítame de una vez esta maldita cosa!
—¡Déjame...! —David forcejea con la cremallera, yo retuerzo el cuerpo y muevo el pelo para que le resulte más difícil, mientras mis manos tiemblan y siento el corazón a punto de salirse del pecho.
—Deja de moverte —salta David—, ¡no puedo ver bien lo que está atascado!
—¡Sácame de este vestido!
—¡Kaia, tienes que parar—!
—¡Ayúdame, joder—! —Lanzando la pierna hacia atrás, bajo el talón con fuerza sobre el pie de David y después me dejo caer hacia atrás sobre él como si me hubiera tropezado.
Cuando tropieza, levanta los brazos y aprovecho la pequeña ventana que me da para arrebatarle la pistola de la cintura.
Mis dedos se cierran en torno a la fría empuñadura y la saco con un tirón de la funda, girando el cuerpo y empujando mi hombro contra el pecho de David.
Nada le impide caer al suelo con un gruñido y nuestras miradas se cruzan un instante.
El miedo a que me vendan como un trozo de carne, por suerte, mantiene a raya cualquier vacilación mientras cojo la almohada de la cama y la planto sobre el pecho de David, lanzándome encima de él.
El arma se dispara dos veces, el estallido queda amortiguado por la almohada y el cuerpo de David da un latigazo violento y después se queda quieto. Me quedo ahí, encima de él, con la pistola apretada entre los dos, esperando lo inevitable.
Quizá he fallado el disparo y David me atacará en cualquier momento.
O alguien más andaba patrullando cerca y ha oído los disparos ahogados.
Un minuto de silencio se alarga como una eternidad.
David no se mueve.
Nadie viene.
Poco a poco levanto la cabeza y me quedo cara a cara con David.
Su boca está abierta, la mandíbula floja, los ojos fijos y abiertos, en los que aún permanece el asombro que vi cuando me lancé sobre él.
Curiosamente, no siento culpa.
No hay ninguno de esos sentimientos fríos y nauseabundos que esperaba tener, dado lo horrible que me sentía cada vez que intentaba matar a Flynn.
Quizá no era el hecho de matar lo que me descolocaba, sino que mi objetivo fuese Flynn.
Da igual.
No hay tiempo.
—Levántate —susurro, aún atrapada por la mirada muerta de David—. Levántate, Kaia.
Arrastrándome para ponerme en pie, una oleada de náusea me sube por el estómago, pero estoy tan tensa que no puedo centrarme en ello y la reprimo mientras me despojo del vestido de un tirón y cojo una camiseta y unos pantalones de yoga del montón de ropa.
Después de calzarme las zapatillas, vuelvo a coger la pistola y echo a correr.
Lo más probable es que las cámaras capturen mi huida bastante rápido, así que tengo que dar con Angie lo antes posible.
Bajo dos tramos de escaleras, cruzo las cocinas y entro en el ala oeste, corriendo todo lo rápido que puedo.
Al llegar a la sala de juegos, casi me tropiezo al entrar por la prisa y escondo la pistola tras la espalda rápidamente.
—¡Florence! —Ella está sentada junto a la ventana con Angie en el suelo a sus pies, absorta en un libro, pero ambas alzan la vista al verme entrar.
Florence frunce levemente el ceño con preocupación, mientras Angie me dedica una enorme sonrisa, y por un momento, dudo.
Florence siempre ha sido amable conmigo. No puedo dispararle. Simplemente, no puedo.
Pero tampoco puedo llevarme a Angie mientras ella sigue aquí.
—¿Estás bien? —pregunta Florence, con la voz repleta de preocupación.
—No, lo siento, ¡he venido tan rápido como he podido!
—¿Qué ocurre? —Se levanta de su asiento y se interpone delante de Angie.
—Flynn te está buscando. Está súper cabreado.
No creo haberle visto nunca tan enfadado, y no quería cotillear, pero le he oído decir un montón de cosas horribles, así que he venido corriendo porque siempre has sido tan buena conmigo y quería avisarte.
—La mentira sale disparada de mis labios junto con varios jadeos hasta que termino apoyada en el marco de la puerta, jadeando.
—Ay, no —murmura Florence, llevándose una mano al vientre—. ¿Es por lo de la medicación de Angie, que llegué tarde?
Asiento rápidamente—. He oído algo sobre la medicación.
—Pero era la última dosis y ella ya no... ¿puedes vigilarla? —Florence se acerca apresurada y me agarra del brazo mientras yo giro el cuerpo para seguir ocultando la pistola—. Voy a aclarar esto. Pero Angie necesita terminar su lectura.
—Sí, claro —sonrío ampliamente mientras por dentro me derrumbo. En un mundo perfecto, también me llevaría a Florence conmigo, pero por muy dulce que parezca, no puedo asegurar que sea tan inocente como aparenta.
—Ahora vuelvo, Angie —anuncia Florence antes de salir precipitadamente de la habitación.
Espero unos cuantos segundos larguísimos, y después entro en la sala sin dejar de esconder la pistola—. ¿Qué estás leyendo?
Angie cierra su libro y me enseña una portada adornada con una bruja blanca y un león.
—Oh, parece divertidísimo. Aunque hace un día precioso fuera y hay mucho sol. ¿Por qué no salimos a leer al jardín? —Le tiendo la mano con una sonrisa—. Quiero encontrar algo muy soleado para pintar.
Angie no tarda en decidir que leer fuera será mucho más divertido.
Se pone en pie, sujeta el libro bajo un brazo y se queda un instante dudando sobre cómo coger el libro y la jirafa a la vez.
Al final, aprieta el libro más fuerte contra la axila y agarra su jirafa, y luego me toma de la mano con una sonrisa radiante.
Por mucho que me haga dudar, me repito una y otra vez que la estoy salvando.
Crecer en un mundo como este es horrible para cualquiera, pero más aún para Angie, que ya ha resultado herida y tiene un padre que está a una sola bronca terrible de venderla.
Tengo que hacerlo.
De la mano, salimos al exterior y Angie tararea suavemente mientras seguimos el sendero de piedra por el jardín.
El sol me calienta la piel, y el sudor ansioso que se aferra a mi frente se enfría, y pronto la valla aparece ante nosotras.
Justo entonces, una alarma tremendamente estridente estalla en el interior de la finca y Angie se sobresalta de tal manera que casi salta del susto.
—Lo siento, cariño —resoplo mientras caigo de rodillas y le quito la jirafa y el libro de las manos—. Esto va a ser aterrador, pero estoy intentando salvarte, ¿vale?
Angie me frunce el ceño, pero aparto el nudo extraño que me oprime el pecho, la cojo en brazos y salgo corriendo.