Chapter 12
KAIA
Pasa una semana y Flynn cumple su palabra.
No le veo en absoluto.
Algunos días, la curiosidad por saber qué esperaba de aquel intercambio me arde en el pecho, y trato de buscarle ya que, a pesar de ser una cautiva, tengo una libertad relativa en la finca y su jardín.
Sin embargo, Flynn me esquiva, y solo alcanzo a verle de reojo en el jardín con su hija o saliendo de la finca junto a Frank.
He notado que Angie también desaparece siempre que Flynn se marcha.
Está claro que no se fía de dejarla a solas aquí conmigo.
Mi curiosidad insatisfecha acaba por convertirse en rabia, que a su vez me arrastra de vuelta a ese duelo asfixiante que me deja sollozando bajo las sábanas, lamentando la pérdida de todos a quienes quise.
Anya se cuela constantemente en mis sueños, convirtiendo recuerdos valiosos en pesadillas retorcidas mientras celebra su cumpleaños, haciendo estallar la casa cuando enciendo la vela, o volviendo un simple escondite en la dantesca escena de encontrar su cadáver mientras su fantasma me grita por no haberla salvado.
La echo de menos.
La echo tanto de menos que a veces siento que no puedo respirar, y me paso horas jadeando y llorando en el suelo.
Entre las oleadas de dolor por mi tía y mi hermano, intento canalizar mi rabia en algo útil.
Quedarme aquí llorando no va a cambiar mi situación, y cada día que Flynn sigue con vida es otro día que se sale con la suya.
Que mi tío hiciera saltar aquel almacén por los aires es, si acaso, una orden clara. Flynn debe morir.
Ignoro la silenciosa confusión sobre cómo esperaba el Tío Antov que yo sobreviviera a aquella explosión, razonando que probablemente supuso que Flynn jamás me traería, así que nunca esperó que yo estuviera allí.
Si Antov siente aunque solo sea una fracción del dolor que yo tengo por la Tía Kara, entonces todo cobra sentido.
Matar a Flynn es la única salida.
Solo tengo que hacerlo en silencio. No podría vivir con la culpa de traumatizar a la pobre Angie en el proceso, no después de haber descubierto que ahora mismo no habla, aunque nadie me explique el porqué.
Cualquier pregunta que hago a Frank, a Florence la doncella, o a cualquier otro criado o guardia que me mire se recibe con silencio o me despachan de inmediato cambiando de tema.
Estoy sola y me estoy volviendo loca.
No mucho después de darme una ducha para quitarme la última tanda de lágrimas, salgo con cuidado de mi habitación y me pongo a recorrer la mansión.
Últimamente, suelo caminar por los pasillos casi cada día para mantenerme activa y también para aprenderme el plano de la casa.
Todo va quedando grabado en mi mente para el futuro: hacia dónde lleva cada puerta, cuántos pasillos se cruzan entre sí, dónde están las salidas y qué habitaciones pueden servir para esconderse o escapar.
La biblioteca del tercer piso tiene una ventana que no cierra bien y, con un poco de cuerda bien colocada, podría convertirse en una vía de escape.
Lo mismo sucede con la salida de servicio junto a la cocina.
La humedad ha corroído una de las bisagras hasta tal punto que, con unas pocas patadas, esa puerta cerrada se convertiría en una trampilla abierta.
Camino y aprendo, aunque todavía no tengo un plan perfectamente definido. Salir de la casa no es el problema, el problema es dejar los terrenos que la rodean.
Hoy, mi recorrido me lleva al segundo piso, donde el sonido del agua corriendo llama mi atención.
Aquí está el dormitorio de Flynn, y la curiosidad, además de la sospecha de una oportunidad, me guía por el pasillo y me cuelo en su habitación tras desconectar las cámaras de seguridad que sé que vigilan las esquinas del techo.
No me equivoco, es su ducha.
La puerta del baño está entreabierta, y el vapor se desliza poco a poco por la base, derritiéndose en la gruesa y oscura moqueta que cubre la habitación.
Una cama enorme con dosel de madera oscura ocupa casi todo el espacio, con muebles igualmente oscuros recubriendo las paredes.
Una silla junto a la ventana está cubierta con una manta de ositos, y la mesa que tiene delante está repleta de lápices de colores, hojas impresas y libros infantiles apilados peligrosamente en una esquina.
Todo aquello desentona en una estancia por lo demás tan refinada.
¿Es esta mi oportunidad? Está en la ducha, así que está distraído.
Dada nuestra diferencia de altura y fuerza, el factor sorpresa solo puede jugar a mi favor, pero tendré que ser rápida.
Algo afilado y letal pondría fin a su vida y, estando él en la ducha, tendría tiempo de sobra para huir antes de que nadie venga a buscarle.
Pero no tengo arma.
Examino la habitación rápidamente, revisando el montón de libros y lápices de colores buscando algo lo bastante afilado como para matar.
Salvo un lápiz recién afilado, no hay nada más.
Mi búsqueda veloz me lleva otra vez hasta su tocador, donde un par de pequeñas tijeras descansan junto al espejo, justo al lado de un relicario plateado.
El relicario de plata de Flynn.
Con lo que le gusta juguetear con ese objeto, me sorprende que se lo haya quitado.
Una de las caras del relicario tiene el relieve de una flor gastado por la constante caricia del pulgar de Flynn, y una de las pequeñas bisagras muestra el mismo desgaste.
La curiosidad me puede y, antes de darme cuenta, ya he cambiado las tijeras por el relicario y lo sostengo en la palma de la mano.
Al darle la vuelta, un solo nombre está grabado en la parte de atrás con una caligrafía en espiral.
Evangeline.
Se me arquea levemente la ceja. ¿Es eso a lo que se refiere el diminutivo de Angie?
Joder.
Flynn no tiene ningún sentido para mí.
Este monstruo de hombre lleva un relicario con el nombre de su hija.
Me insulta y, aun así, se lanza sobre mí para protegerme, me amenaza y, sin embargo, en el mismo instante puede ser tan tierno en esos breves momentos robados que he presenciado con su hija.
Mi pulgar resbala hacia el cierre y aprieto suavemente, el corazón me da un vuelco al ceder el metal bajo mi presión.
De repente, una mano húmeda surge y me arrebata el relicario tan rápido que la cadena de plata casi me quema los dedos.
—¡Ay! —Retiro las manos de golpe y me agarro los dedos, luego levanto la vista y me quedo congelada.
Flynn está delante de mí absolutamente y completamente desnudo. El pelo le sobresale en todas direcciones, reluciente por el agua que aún se aferra a los mechones.
Las gotas resbalan por su mandíbula y bajan por el cuello, sobre el arañazo que le hice la semana pasada y que ahora está cicatrizando y, pese a mis esfuerzos, no puedo evitar mirar hacia abajo.
Su torso brilla bajo la luz, húmedo por el calor de la ducha, y unas gotas de agua siguen el relieve de sus abdominales, bajando hasta ese apetecible y marcado V en sus caderas.
Su polla gruesa reposa entre sus muslos fuertes y la boca se me queda seca.
Levanto la mirada de nuevo y me preparo para cualquier tipo de insulto por mirarle, pero Flynn no me está mirando, sino que examina el relicario como si temiera que le hubiera hecho algo.
—No te metas donde no te llaman —espeta Flynn, alzando la cabeza en cuanto se queda tranquilo.
—Quizá deberías dejar de tenerme aquí retenida, entonces —le suelto yo con brusquedad.
Frunce el ceño mientras se coloca el relicario de nuevo al cuello y este brilla en mi dirección, burlándose de lo cerca que he estado de ver lo que guarda dentro.
—¿Por qué estás aquí?
—Estoy aburrida —replico. —Y me estaba planteando matarte en la ducha.
—¿Aburrida? —Cruza los brazos sobre su ancho pecho, dejando que otra cascada de gotas resbale por su cuerpo esculpido—. Tengo el remedio perfecto para eso. En vez de babearte mirándome, puedes mamármela.
Un calor inesperado se me arremolina en el vientre a una velocidad alarmante, pero aun así aprieto la mandíbula y le fulmino con la mirada.—Ni de coña, no quiero esa cosa asquerosa cerca de mí.
—Pues lárgate a la mierda. —Flynn empieza a acercarse a mí, y es como si las paredes se cerraran en torno a nosotros haciéndole parecer aún más grande.
Doy un paso atrás, y otro, y otro más, hasta colocarme en el pasillo y encontrarme a Flynn en el umbral. No rompe el contacto visual ni un segundo hasta que pone la mano en la puerta, y en sus ojos chispea la rabia.—No toques nada que no sea tuyo.
La puerta se cierra de un portazo en mis narices.
¿Pero qué coño ha sido eso?
Me he quedado en shock.
¿De verdad le ha molestado más que tocase ese maldito relicario que que admita que estaba buscando la manera de matarle?
Repaso la veta de la madera, memorizando el dibujo mientras intento entender qué demonios acaba de pasar, pero solo obtengo más preguntas que respuestas.
Por la forma en la que actúa, parece que realmente quisiera que le matara.
No es que ponga demasiado empeño en protegerse, pero tiene que ser pura arrogancia.
No me ve como una amenaza real y seguramente le da igual cómo me sienta o la fuerza de mi determinación.
Me ha fastidiado un plan usando su polla.
Si es como cualquier otro hombre que conozco, eso no hará más que darle una falsa seguridad.
Para él, solo soy una broma.
Cuando consigo salir al jardín, la confusión se ha disipado, reemplazada por una ira ardiente que crece bajo el sol del atardecer.
No sé qué hacer. Anya no está aquí para hablar las cosas. No tengo móvil, no puedo escribirle a mi hermano porque ya no está.
El odio de Flynn hacia mi familia es profundo, pero mi tiempo aquí no me ha acercado ni un poco a una razón de peso.
Para él no somos más que un juego, el siguiente obstáculo que eliminar del camino.
Pero si eso es cierto, ¿qué esperaba obtener él del trato conmigo?
¿Dinero?
¿Drogas?
¿Terreno?
Tiene que ser una de esas tres. Está claro que a Flynn nada más le importa una mierda.
A pesar de ese regusto amargo que me arde en la mente, pasear por el jardín me da un leve calor de paz.
Todos los guardias de patrulla están, por ahora, demasiado lejos para molestarme. Bajo el sol, puedo entornar los ojos y fingir que camino por los jardines de mi propia casa.
Anya está dentro, ocupándose de la comida, Vic en el garaje liado con ese coche al que quiere más que a su vida, y yo avanzo hacia los dos árboles grandes al final del jardín donde están enterrados mis padres.
Es una fantasía bonita, una que me calma el corazón y me devuelve la tranquilidad mientras recorro el sendero de piedra que atraviesa el jardín.
Pero como todo en mi vida, la fantasía no dura.
Al pasar junto a una celosía de madera y un parterre de flores, me detengo en seco.
El final del jardín de Flynn no tiene dos grandes árboles como lápidas.
Hay una larga extensión de césped que conduce a un patio de piedra y a un cenador metálico cubierto de hermosas enredaderas y vidrieras de colores.
El dolor regresa como una nube que me ahoga el pecho y hago una mueca, frotándome el esternón con la palma.
No está Anya. Ni Vic. No hay árboles, ni una cama conocida bajo la que esconderme.
Dándome la vuelta, fulmino con la mirada la propiedad de Flynn y le doy vueltas a qué demonios se supone que debo hacer.
Toda la preparación, los consejos y las promesas de todos estos años no me han servido de nada para sortear algo así. Y desde luego tampoco para un hombre que me ve como una broma en vez de una amenaza.
Mientras el peso de la derrota se me instala en los hombros, bajo la mirada al sendero y al revoltijo de malas hierbas y plantas entrelazadas a mi izquierda.
Como mi propio corazón.
Un momento...
Una pequeña planta verde, con delicadas campanillas blancas que se mecían suavemente al viento, crece junto a la base del seto.
Verlas hace que el corazón me dé un vuelco y, de repente, una nueva idea empieza a tomar forma en mi mente.
Flynn no va a seguir tomándome por un chiste mucho más tiempo.