Flynn
Es atrevida, eso no se lo puedo negar. El intento muy real de Kaia de acabar con mi vida deja un escozor ardiente en mi cuello que hormiguea mientras avanzo por la mansión hacia el ala sur.
Tendré que informar a Frank de su intento y reforzar la seguridad un poco, pero es bueno ver que está dispuesta a pelear.
No hay nada más aburrido que un rehén dócil.
Mientras camino, me ajusto los pantalones e intento apartar a Kaia de mi mente, ya que no es más que una distracción.
Una distracción hermosa, con curvas y ardiente, pero una distracción al fin y al cabo.
¿Me intriga tanto porque es la enemiga o porque estuvo a segundos de cortarme el cuello?
Por alguna razón jodida, eso me puso más cachondo de lo que he estado en meses.
Está claro que algo en mi cabeza no funciona bien.
Al llegar al cuarto de la ropa blanca, una camisa limpia asoma del cesto como si estuviera esperándome, así que me la pongo sobre los hombros desnudos y estoy abrochándome los botones cuando la puerta se abre de golpe y me da en toda la frente.
—¡Joder!
—¿Pero qué—Flynn? Ay dios, lo siento muchísimo. ¿Qué haces escondido aquí? —Florence, mi doncella de mayor confianza, agita las manos sorprendida y luego me agarra del brazo, arrastrándome fuera del cuarto de la ropa blanca con una fuerza sorprendente—. Sabes que no me gusta que te pongas en medio.
—Solo buscaba una camisa limpia. —Me froto el bulto que empieza a crecerme en la frente—. Pensaba que todos estaban dormidos.
—Ya, bueno. Tengo mucho que hacer y estaba despierta con—¡Flynn! —Se interrumpe de golpe, Florence vuelve a plantarse delante de mí y esta vez me agarra del cuello de la camisa—. ¿Qué te ha pasado en el cuello?
—No es nada—
—No parece nada, la verdad. De verdad, ¿qué os pasa a los hombres de esta casa? ¿Es que os gusta sangrar por todas partes justo después de que termine de limpiar? ¿Eh? Ven conmigo.
A pesar de que Florence solo me saca un par de años, el fuego en su tono hace que apresure el paso tras ella mientras avanza por el largo pasillo, tenuemente iluminado, hacia el pequeño salón al fondo.
Ya dentro, me señala un asiento y se une a mí unos segundos después con un pequeño botiquín.
—De verdad —murmura por lo bajo—, si no es Frank cortándose la mano con esa dichosa moto suya, eres tú con esto... —Me lanza una mirada de soslayo antes de ponerse a rebuscar en el botiquín—. Y vas a necesitar otra camisa limpia, has manchado el cuello de sangre.
—Lo siento.
—¿Ah, sí? —Levanta la cabeza y me mira con los ojos entornados mientras el flequillo le cae sobre los ojos y me aplica una gasa fría y empapada en antiséptico en la garganta—. ¿Cómo te lo has hecho?
—Afeitando.
Si las miradas matasen, Florence me habría fulminado en ese mismo instante. —¿Intentabas afeitarte la piel? —espeta, y luego su tono se suaviza un poco—. Esto es un poco profundo.
—Vale, he mentido. He cabreado a alguien.
—¡Flynn! —Mientras limpia la herida, su pie sale disparado y me da en el tobillo—. Tienes que dejar de hacer esas cosas.
—Ha merecido la pena —le aseguro—. Créeme.
Tras limpiar mi cuello, cubre la herida con una tirita de colores brillantes y flores y suspira profundamente mientras estruja la basura en la palma de la mano—. Confío en ti, Flynn. Pero me prometiste que ibas a tener más cuidado.
La rabia que impregnaba sus palabras se desvanece y la sustituye algo distinto, una preocupación profunda que me aprieta el corazón hasta el estómago.
De repente, jugarme la vida danzando alrededor de Kaia ya no me parece tan divertido.
No me doy cuenta de que el peso frío y familiar vuelve a instalarse en mis hombros hasta que noto que, durante el tiempo con Kaia, había desaparecido.
—Angie —digo en voz baja mientras una punzada aguda y opresiva me atraviesa el pecho y me recuerda mi culpa—. ¿Cómo está?
—Durmiendo —responde Florence, escueta—. Le costó dormirse esta noche, pero lo conseguí con leche caliente y medicina.
—¿Has drogado a mi hija?
Ella levanta la cabeza y me dedica una sonrisa cansada—. Sabes que ahora mismo es lo único que funciona.
—Lo sé. —Alargo la mano hacia Florence cuando empieza a recoger y le agarro suavemente la muñeca—. Gracias.
A pesar del brillo en sus ojos, asiente y vuelve la calidez a su voz—. Deberías ir a desearle buenas noches.
Desearle buenas noches a mi hija es lo más sencillo del mundo, pero mientras avanzo por el pasillo hacia su dormitorio, siento que las propias fibras de la moqueta se alzan para atrapar la suela de mis zapatos y retrasar mis pasos.
Bien podría estar enfrentándome a una habitación llena de matones armados de lo fuerte que me late el corazón al tocar el pomo y abrir la puerta con sumo cuidado.
Mi hija Angie, de siete años, duerme acurrucada en un nido de almohadas, con un brazo firmemente rodeando a su jirafa de peluche, como si nunca fuera a soltarla.
Ambos puñitos se encogen bajo su barbilla y su pelo oscuro y ondulado se desparrama sobre varias almohadas, mientras ella se enrosca sobre sí misma.
Eso me deja espacio de sobra para sentarme suavemente en el borde de su cama y contemplar cómo duerme.
Debería mirarla con amor y admiración, con orgullo y cariño, pero la única emoción que siento, como si fuera una piedra afilada clavándose en mi pecho, es la culpa.
Esto se lo he hecho yo.
Han quedado atrás las noches en las que dormía estirada boca arriba en medio de la cama, o cuando se dormía en la sala de juegos y había que llevarla a cuestas hasta aquí.
Ya no son esas noches en las que me despertaba de madrugada porque se había colado hasta mi habitación y se metía en la cama conmigo buscando calor.
Echo de menos todo aquello, y solo pensarlo ya es suficiente para hacer que me escuezan los ojos.
Le prometí que arreglaría nuestra familia, que solucionaría todo, pero aquí estoy, sin nada que ofrecerle salvo las incontables disculpas que apenas llega a comprender y el peso del dolor que nunca desaparecerá.
Lentamente, muy lentamente, alargo la mano hacia ella y la poso sobre lo que imagino que es su tobillo.
Ese instante de contacto alivia un poco el dolor en mi pecho, hasta que, incluso dormida, Angie me reconoce y se encoge aún más, quitando su tobillo de debajo de mi mano.
El peso del lo siento nunca será suficiente.
Me quedo en la habitación de Angie más de una hora simplemente observando cómo duerme y repasando en mi cabeza todas las formas en que mi ataque a la mansión Yudkin podría haber salido de otra manera.
Debería haber supuesto el final de todo, y sin embargo sigo atrapado, alargando el dolor de quienes me rodean.
Si Antov no accede a mis exigencias antes de que acabe el día, reduciré su imperio a cenizas hasta que no le quede más remedio.
El sueño llega después de un gran vaso de whisky escocés y cincuenta flexiones antes de acostarme, donde caigo en un pozo de agotamiento sin sueños y despierto con el mismo cansancio pegado al cuerpo.
Llevo semanas sin dormir bien.
Después de ducharme, voy camino del garaje cuando Florence aparece por el pasillo y me agarra del brazo.
—Angie está en el comedor.
Me detengo en seco en mitad del pasillo—. ¿Cómo?
—Ajá. Está desayunando allí.
—Pero no ha comido ahí desde... —
—Lo sé —asiente Florence rápidamente—. Ve.
No necesito que me lo repitan.
Olvidando todos mis planes matutinos sobre reunir al equipo para preparar cómo sacar a Antov de su escondite, me encamino al comedor, que da al jardín y desde donde se tiene casi una vista de pájaro del estanque.
Dentro, Angie ocupa su sitio de siempre, con las piernas colgando y balanceándose de un lado a otro, aún abrazada a su jirafa bajo un brazo y sujetando una rebanada de pan con mantequilla con el otro.
—¿Angie? —Me acerco despacio y el corazón me da un vuelco al ver que se vuelve para mirarme—. Buenos días.
Sus enormes ojos azules siguen fijos en mí mientras mastica.
No dice nada, pero me tiende la jirafa cuando me siento a su lado.
A mis espaldas, un sirviente va y viene junto al carrito de la comida y me acerca una taza de café mientras yo aliso algunas arrugas en la jirafa.
—Buenos días, señor Jirafa. ¿Qué va a desayunar hoy, eh?
Angie desliza su plato hacia mí, donde tres arándanos azules reposan en una fila perfecta.
—¿Arándanos?
Ella asiente y el lazo amarillo de su pelo salta con el movimiento.
—Me encantan los arándanos. Tienes suerte, señor Jirafa. Si no estuvieras aquí, me los comería yo todos, uno a uno. Pero alguien —digo mirando a Angie de reojo— me dijo una vez que sin tus arándanos te pones muy gruñón y no queremos eso, ¿verdad?
Angie sigue observándome, sus ojos bien abiertos y su boca sin la sonrisa que tanto anhelo volver a ver ahí.
Da otro mordisco a la tostada y sus ojos se entornan un poco cuando coloco la jirafa sobre la mesa, cuidadosamente, junto a los arándanos.
—Solo café para mí esta mañana —digo, llenando el silencio entre nosotros con conversación.
Me dijeron que era lo mejor. Hablar y comportarme con normalidad, sin resaltar el silencio de Angie, debería animarla a participar.
Pero no da ninguna señal de querer hacerlo, y enseguida vuelve su atención a la tostada.
Mi niña antes rebosaba de vida. Los pasillos resonaban con su risa y el golpeteo de sus pasos al correr, y más de una vez encontraba a un guardia completamente agotado por intentar seguirle el ritmo.
Ahora se sienta en silencio, balanceando las piernas bajo una pesada nube de tristeza que se refleja en su mirada.
—Frank me ha contado que quiere volver a pintar.
Le dije que debería venir a hablar contigo, porque después de que pintaste todas las paredes del pasillo junto al invernadero, creo que eres la única en esta familia con el talento artístico suficiente para guiarle.
—Una suave sonrisa se dibuja en mis labios. —Tiene el talento de un sapo.
Angie no responde, pero me observa con sus ojos grandes y vacíos mientras come en silencio.
Hasta que su mirada se detiene en la tirita que aún cubre mi cuello y frunce el ceño.
—Estoy bien —digo enseguida, tocando la tirita con el dorso de los nudillos y subiendo después hasta la barbilla—. Ha sido culpa mía. Ya sabes que papá siempre se corta al afeitarse.
Angie deja la tostada sobre la mesa y agarra su jirafa, la lleva a su regazo y me contempla sin decir palabra.
A veces, la intensidad de su mirada me da la sensación de que intenta decirme cientos de cosas que no logro descifrar.
Eso solo alimenta la culpa que me oprime bajo las costillas, y me fuerzo a sonreír.
—¿Flynn? —La voz de Frank llega desde el umbral, y Angie se gira hacia él antes que yo, apretando más fuerte su jirafa. Sigo su línea de visión y me encuentro con sus ojos.
—¿Qué?
Él ladea la cabeza hacia el pasillo sin perder la sonrisa tranquila.—Buenos días, Angie.
Ella no responde, pero sí levanta una mano diminuta y saluda con un gesto.
—Vuelvo enseguida, cariño.—Me levanto, me inclino y beso la coronilla de su cabeza.
Al incorporarme, de pronto me alza la jirafa hacia mí y la mantiene así hasta que le doy un beso en su cabeza peluda, entonces vuelve a centrarse en su tostada.
Ya en el pasillo, la mayor parte de mi atención sigue puesta en ella.—¿Qué pasa?
—¿Cómo está? —pregunta Frank en voz baja, casi un susurro profundo.—¿Algún cambio?
—No.—La lengua se me pega al paladar mientras una oleada de náusea cálida me recorre el estómago.—Los médicos y los psiquiatras dicen que llevará el tiempo que tenga que llevar, pero yo...—Las palabras se me atragantan.—Da igual. ¿Qué es tan urgente?
—Antov.—Frank se apoya una mano en la cintura mientras habla.—Por fin ha respondido. Supongo que la llamada con Kaia le ha hecho ver las cosas de otra manera porque quiere reunirse.
Se me alzan las cejas.—¿Ha dicho cuándo?
—Sí, también ha enviado una dirección. Si nos damos prisa—
—¡Flynn!—Mi nombre retumba en el aire como un disparo, lanzado por Kaia, que avanza por el pasillo hacia mí, con el pelo alborotado y un destello furioso en los ojos.
Buscando el pomo detrás de mí, no consigo encontrarlo antes de que Kaia se lance hacia mí y me clave dos dedos llenos de rabia en el pecho.—Kaia, esto—
—¿Lo de anoche fue algún tipo de broma para ti? ¿De verdad crees que tu maldito rabo es tan impresionante como para que te perdone? ¿Que todo lo que has hecho a mí y a mi familia, y a cualquier otra familia que se ha cruzado en tu camino, lo olvide así, sin más?
A mi lado, las cejas de Frank se disparan hacia su inexistente línea del pelo.
—Porque ya estoy despierta, ¿lo entiendes?
Cualquier droga que metiste en mi sistema ya no está y ahora veo las cosas claras, porque anoche tuviste tu oportunidad de matarme y deberías haberla aprovechado.
No voy a parar, ¿me oyes? Olvídate de dormir tranquilo, olvídate de confiar en cada bocado de tu comida o de saborear un vaso de agua.
Me subestimas porque piensas que secuestrar a alguien significa que ya no es una amenaza, pero yo te conozco, Gallagher.
Si hay algo de cierto en los rumores sobre ti y tu familia, entonces deberías saber que todos los rumores sobre los Yudkin son verdad, y eso de decirme que apunte mejor la próxima vez que intente matarte.
.. No necesito tus consejos, ¿vale? Ya logré que bajaras la guardia una vez y puedo hacerlo de nuevo, así que no te creas ni por un segundo que solo porque me has follado voy a olvidarme de cómo se mata, porque te voy a matar, ¿me entiendes?
Cuando menos te lo esperes, te mataré tan lentamente como mereces, y cualquiera que te rodee también morirá—!
La furia de Kaia se corta de golpe cuando sus palabras se deshacen en un sollozo y sus ojos se abren como platos.
La razón se hace evidente un segundo después, cuando una manita se agarra a mi pantalón y tira de él.
Angie me mira con los ojos muy abiertos, arrastrando la jirafa por el cuello y vuelve a tirar de mi pantalón.
Nada en el mundo podría evitar que me agache y la recoja en mis brazos.
En cuanto lo hago, hunde su carita en mi cuello y se queda ahí, abrazándose a mí con la mano libre mientras la jirafa cuelga de su férreo agarre.
Cuando ya la tengo bien encajada sobre la cadera, me giro hacia Kaia y le devuelvo la mirada de horror con una medio sonrisa.
—¿Decías algo?