Flynn #2
—El monstruo no soy yo, Kaia. Y hasta que tu tío acepte mis condiciones, vamos a pasar mucho tiempo juntos, así que será mejor que controles esa actitud tuya.
—¡Malnacido! —grita Kaia, forcejeando con todas sus fuerzas por alcanzarme a pesar de que Frank la sujeta—. ¡Te mataré!
—Me encantaría verlo.
Cae la noche y no estoy más cerca de descubrir la verdad.
Encerrado en mi despacho, llevo las últimas cinco horas repasando el móvil de Vic, los registros de GPS que rescatamos de su coche y de los vehículos conducidos por sus hombres, así como los registros de llamadas de todos los guardias que matamos dentro de la finca Yudkin.
A pesar de la ingente cantidad de datos recopilados de todas estas fuentes, ninguno ha arrojado la más mínima luz sobre mi dolor.
No hay llamadas a Antov, ni mensajes cifrados y ninguna de las rutas del GPS lleva a ningún sitio que no hayamos revisado ya.
Nadie ha visitado a Antov en la última semana, lo que significa que sabían que existía la posibilidad de que yo consiguiera acceder a estos datos y fuera a por ese cabrón.
Lanzando el móvil de Vic sobre mi escritorio, cierro los ojos y me llevo los dedos a las sienes, intentando aliviar la punzada que va creciendo en mi cabeza.
Una lluvia ligera repiquetea contra la ventana a mis espaldas y, de vez en cuando, la penumbra de mi despacho se ilumina al pasar los haces de luz de las linternas de patrulla, comprobando que sigo con vida.
Por fuera, desde luego.
Dentro, una tormenta arrasa mi pecho, trayendo oleadas de dolor físico con cada respiro. Cada día que pasa es otro día en el que no consigo reparar un error, un día más en el que no logro aliviar la agonía del duelo que se ha instalado en mi casa.
Daría lo que fuera por arreglar las cosas.
Abro los ojos justo cuando unos nudillos golpean suavemente la puerta del estudio y, tras mi gruñido, la puerta se abre y Kaia entra.
Sus largos rizos negros están recogidos en lo alto de la cabeza en una coleta floja, y lleva una bata negra escogida de la amplia selección de ropa que hice llevar a su habitación tras su intento de fuga anterior.
Esta vez no ha hecho falta encerrarla, ya que le dejé bien claro que soy dueño de toda la isla y que la única razón por la que llegó tan lejos fue mi propia curiosidad.
—Kaia.
Sus cejas se arquean levemente al oír mi voz y camina hacia mí despacio.
Por el vaivén suave de sus pechos generosos es evidente que no lleva ropa interior, y soy demasiado humano como para no fijarme.
—Quiero una copa —exige Kaia, deteniéndose a un par de metros de mi escritorio.
—Entonces busca la cocina.
—Una copa de verdad.
—¿Acaso tengo pinta de camarero?
Sus ojos enrojecidos se entrecierran, hinchados tras lo que seguro han sido horas llorando.—Mataste a mi familia y quemaste mi puta casa. Lo mínimo que puedes hacer es servirme una maldita copa bien fuerte.
Se me escapa una risa ligera y divertida, y tengo que reconocerle el mérito. Hoy ha recibido la peor noticia de su vida y aún le queda veneno en la lengua.
—Vale. —Me levanto del escritorio y me dirijo a la pared, donde un globo terráqueo se abre al pulsar un botón, mostrando varias botellas de alcohol en distintos niveles.—¿Alguna preferencia?
—Fuerte —responde—. Quiero que queme al tragar.
—¿Segura de que lo aguantas?
—No tienes ni idea de quién soy —responde seca—. No sabes de lo que soy capaz.
Hay verdad en sus palabras. Muy en el fondo, sé que tiene poco que ver con lo que pasó entre su familia y yo, y en parte por eso sigue viva.
Eso y que necesito usarla contra Antov.
Pero eso no significa que vaya a bajar la guardia, así que cuando le entrego el vaso de vodka solo, mi mirada se desliza lentamente hasta sus pies, recién vendados.
—Has visto a la enfermera.
—No me ha dado mucha opción —Kaia se lleva el vaso a los labios.
—Le destrozaste el trabajo de horas corriendo como una loca por el bosque, normal que estuviera cabreada.
—¿Por qué te importa?
Vuelvo a mi escritorio y me siento con mi propia copa.—No me importa.
—Chorradas. Destrozas a mi familia y, al mismo tiempo, me das tratamiento médico para esto —muestra el brazo cosido— y para los pies.
—Aquí tengo telas muy caras. Lo último que quiero es que la sangre de una Yudkin las manche.
Sus ojos se estrechan como cuchillas mientras se lleva el vaso a los labios y, con la cabeza hacia atrás, la vacía de un trago.
Observo el movimiento de su garganta, la tensión de su mandíbula, y luego me encuentro con su mirada cuando baja la cabeza con una mueca apenas perceptible.
—Otra.
—No. Con una copa en compañía del enemigo basta.
—¿Qué pasa, tienes miedo de que te gane bebiendo?
—Soy irlandés —respondo con sequedad.
—Y yo rusa. —Kaia se acerca a mi mesa y rodea el escritorio, sus caderas anchas balanceándose con cada paso.
Está tramando algo. No soy tan ingenuo como para no darme cuenta, pero la curiosidad puede más y decido darle la cuerda suficiente para ver qué pretende exactamente.
Después de todo, horas y horas revisando llamadas, mensajes y mapas de GPS me han dejado con la cabeza embotada. Un poco de emoción nunca mató a nadie.
Kaia no dice ni una palabra al inclinarse hacia adelante y abajo, lo justo para que la seda de su bata se desplace con el peso de su pecho y se abra lo suficiente para que yo tenga una vista completa del escote de sus suaves, generosos pechos mientras coge mi copa directamente de mi mano.
Entonces se endereza, apoyando la mano en el respaldo de mi silla, apartándola del escritorio mientras levanta la pierna.
Un destello de su muslo dorado y suave aparece ante mis ojos cuando echa la pierna sobre las mías y se instala sobre mi regazo, acomodando su calidez sobre mí.
Lleva mi copa a los labios y la bebe despacio, sin titubear ni apartar la mirada.
Algo cálido y primitivo se despierta en mi pecho.
Justo cuando me pregunto en qué demonios me estoy metiendo, Kaia baja la copa y se inclina hacia mí hasta que sus labios se funden con los míos.
Instintivamente, mis manos se deslizan a sus caderas para sujetarla en su sitio mientras su lengua se abre paso en mi boca, obligándome a separar los labios.
Entonces, el vodka que se ha bebido de mi copa resbala lentamente a mi boca.
Mi polla se estremece.