CAPÍTULO CINCUENTA Y NUEVE
Madero señaló el coche de Ellen Scott en la entrada.
—¿Ves? Está en casa. Todo bien.
Aparcó enfrente de la casa.
—Bueno, ¿a qué esperas? Pásame mi comida.
Madero y Solis cenaron al aire libre en su coche patrulla. Durante veinte minutos, los dos hombres sorbieron y masticaron la combinación de cuatro ingredientes. Madero fue el primero en hacer una pausa.
—¿Crees que estamos cerca de atrapar al asesino? Espera —levantó una mano—, ¿asesino s ?
Solis se encogió de hombros como siempre hacía. Era un tic.
—Sin duda estamos progresando. Esta tía del FBI sabe lo que hace.
—Te hace ver lo mucho que podríamos mejorar en nuestro trabajo —dijo Madero antes de apurar el resto de su refresco.
—Habla por ti —replicó Solis.
Los detectives siguieron hablando de comida mexicana y española, lo que llevó a Solis a pasarse media hora explicándole a Madero en qué se diferenciaban los españoles de los mexicanos.
Luego pasaron a hablar de los Detroit Lions y de la temperatura exterior, hasta que Madero volvió a sacar el tema de la agente Kane.
—¿Te la tirarías?
—¿A Kane? Joder, sí. Está buena. Un poco bajita, pero seguro que es una fiera en la cama —dijo, riendo—. ¿Qué? ¿Tú no?
—Bah. Tiene una cara bonita y eso, pero es demasiado flaca para mí. A mí me gustan los culos grandes. Además, es borde.
Madero permaneció en silencio unos momentos.
—Probablemente dejaría que me la chupara.
—¿ Dejarías que ella? Como si tuvieras elección. No me imagino que rechazaras a nadie que quisiera tocarte la polla —dijo Solis, quitándole importancia con un gesto.
—Que te jodan.
Pasó otra hora mientras Solis y Madero hablaban de las mujeres con las que querían acostarse. Fue entonces cuando llamó la agente Kane.
—Es ella —dijo Solis, mirando el móvil—. Agente Kane, ¿qué puedo hacer por usted? Sí, estamos aparcados justo enfrente de su casa... No ha salido desde que llegamos... No, no lo hemos hecho... Podríamos... Vale, echaremos un vistazo.
—¿Qué quería?
—Viene de camino, pero quiere que comprobemos cómo está la señorita Scott.
Madero se movió en su asiento para salir del coche, pero Solis lo detuvo.
—Quédate aquí. Yo me encargo.
—Por mí, perfecto.
De camino a la puerta, Solis notó que las cortinas de las ventanas delanteras estaban echadas. El sol empezaba a ponerse y el interior de la casa parecía a oscuras. Le pareció extraño que no tuviera las luces encendidas. «Me pregunto si estará en la ducha».
Llamó a la puerta principal y esperó quince segundos antes de tocar el timbre de nuevo, varias veces. Se volvió hacia Madero y se encogió de hombros. Otra vez, Solis tocó el timbre.
—Señorita Scott, soy el detective Solis —dijo en voz alta—. Quiero comprobar cómo está, asegurarme de que se encuentra bien.
Solis comprobó el pomo de la puerta principal; no estaba echada la llave. Rápidamente hizo un gesto a Madero mientras desenfundaba su revólver reglamentario. Unos segundos después, Madero estaba a su lado.
—No responde —dijo Solis—. La puerta no está cerrada con llave.
Solis empujó lentamente la puerta mientras Madero pedía refuerzos por radio, por si acaso. No querían que se repitiera lo que había pasado en Belle Isle.
Los dos detectives entraron en el salón con las armas desenfundadas y apuntando al frente.
Solis hizo un gesto a Madero para que fuera a la izquierda mientras él iba a la derecha, hacia el comedor.
Todo estaba ordenado, ni un mantel individual fuera de lugar.
Solis continuó por otra puerta y entró en la cocina.
Colocó la mano sobre los fogones. «Quizá aún no ha comido».
No había platos en el fregadero ni vasos a medio llenar en las encimeras.
Le pareció raro que no hubiera picado algo al volver a casa.
Salió por otra puerta y entró en un pasillo. En el otro extremo apareció Madero.
—Despejado —susurró Madero.
Solis asintió y señaló hacia las escaleras. El cañón de su Smith & Wesson M&P 40 iba en cabeza. En la segunda planta, Madero comprobó el dormitorio de la derecha mientras Solis vigilaba el pasillo.
—Despejado —susurró Madero de nuevo.
Los dos avanzaron por el pasillo, pasando otras dos habitaciones y un baño. Todas las puertas estaban abiertas. Quedaba una puerta al final del pasillo: el dormitorio principal.
Los refuerzos aún no habían llegado, pero Solis no vio motivo para esperar.
Se inclinó y pegó la oreja a la puerta, escuchando un momento.
No oyó nada. Solis levantó tres dedos y esperó a que Madero asintiera antes de articular la cuenta atrás sin voz.
Agarró el pomo y, al llegar a tres, empujó la puerta.
Irrumpieron en la habitación con las armas en alto. Solis no podía creer lo que veía.
—¡Mierda! Está vacía.
Madero se acercó al baño.
—¿Dónde crees que se ha metido?
—Ni idea. Ni siquiera parece que haya estado aquí. Nada en la casa parece fuera de lugar.
Solis enfundó el arma y se acercó a la cómoda.
—Cuando la gente vuelve del trabajo, come o bebe algo. Va a su dormitorio, se quita la ropa o las joyas... No he visto nada de eso.
—Sí, es como si hubiera aparcado el coche y se hubiera largado. Me pregunto si habrá sótano.
Un momento después, los dos detectives bajaban las escaleras buscando la entrada.
—La encontré —dijo Solis en voz alta.
Madero se dirigió hacia su voz y lo vio de pie frente a una puerta abierta, mirando unos escalones.
Solis accionó el interruptor de la luz en lo alto de las escaleras y bajó.
—El sótano está reformado.
Madero lo siguió. Cuando Solis llegó abajo, giró a la derecha y se detuvo.
—¿Qué? —preguntó Madero—. ¿Tiene mal gusto?
Cuando llegó abajo, él también se detuvo en seco.