Corktown (Thriller del FBI de Abby Kane 1) CAPÍTULO CINCUENTA Y CUATRO
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CAPÍTULO CINCUENTA Y CUATRO

Caminé por la fila de reservados de vinilo rojo hasta llegar al que Solis y Madero habían ocupado.

Una ejecutiva con traje de falda gris ceniza estaba sentada frente a ellos.

Llevaba el cabello rojo recogido, apartado del rostro pálido, lo que me permitía ver con claridad sus ojos entrecerrados y sus labios fruncidos.

No era la reacción que esperaba. Arrimé una silla y me senté frente al reservado.

—Solis. Madero —asentí.

Solis hizo las presentaciones.

—Esta es la agente Kane. Es del FBI y está aquí para ayudar.

Extendí la mano.

—Un placer conocerla, señora...

Descruzó los brazos.

—Ellen Scott, pero puede llamarme Ellen.

Solis empezó a ponerme al día.

—La señora Scott se identificó como RR durante nuestra entrevista de hace dos horas. Es la directora de marketing...

—Relaciones públicas —corrigió rápidamente—. Dirijo el departamento de relaciones públicas de la empresa.

—También sabe que un asesino ha estado atacando a ejecutivos del sector automovilístico —continuó Solis—. Dado lo que le pasó a Becker, pensamos que era importante trasladar a la señora Scott a un lugar seguro. Estamos a la espera de que nos confirmen dónde será.

—Agente Kane —dijo Ellen—, ¿es cierto que soy la siguiente?

—Tenemos motivos para creer que está en peligro. Pero debe saber que el FBI, junto con el Departamento de Policía de Detroit, hará todo lo posible por mantenerla a salvo. No vamos a permitir que le ocurra nada.

—¿En serio? Pienso en los demás y en cómo no lograron mantenerlos a salvo y, bueno...

¿A qué viene esa actitud? Estamos aquí para ayudar.

—Ellen, sé que es un momento difícil para usted, pero necesito hacerle algunas preguntas.

—Bien —volvió a cruzarse de brazos.

—Cuénteme lo que sabe sobre los Redline Rogues.

Ellen habló con franqueza.

—Dennis Walters era el líder, un tipo muy dinámico en aquella época.

Iba camino de llegar a lo más alto, y todos estábamos fascinados con él.

Era el modelo a seguir para triunfar. Así que, naturalmente, yo y otras personas con ideas afines nos sentimos atraídas por él; probablemente por eso el grupo funcionó tan bien.

—¿Dennis fundó el grupo y luego reclutó a la gente?

—Eso no lo tengo claro —dijo Ellen mientras se miraba las uñas—. Yo era la más joven y la última en unirme. El grupo llevaba ya casi un año funcionando cuando me reclutaron.

—¿Por qué dejaron de reclutar después de usted?

—Dennis quería que el grupo siguiera siendo pequeño, para poder pasar desapercibidos y llevar adelante nuestra agenda. Además, éramos los mejores.

Seguro que eso creían.

—Háblenos de esa agenda.

—Llegar lejos por cualquier medio. Ese era el objetivo.

—Parece que llegó a lo más alto —dijo Solis.

Ellen no se dignó a mirar a ninguno de los dos detectives; prefería dirigirse solo a mí.

—Todos conseguimos lo que queríamos.

Me volví hacia Solis.

—¿Qué hay de los otros RR?

Antes de que pudiera responder, Ellen tomó la palabra.

—El detective Solis ya me preguntó sobre eso, pero como le dije , solo éramos cinco , no seis.

Hmm. Hardin había acertado con el resto de la información. ¿Por qué se había equivocado en esto?

—¿Está segura? —pregunté—. Quiero decir, usted fue la última en unirse al grupo. Quizá había otros de los que no tenía conocimiento, o incluso algún miembro en la sombra.

—Lo dudo mucho —dijo Ellen, con la nariz ligeramente levantada—. Nos repartíamos el trabajo de forma equitativa. Además, cada uno aportaba sus propias habilidades.

—Lo entiendo, pero ¿cree que sería posible?

Ellen reflexionó un momento.

—Supongo que sí, pero no entiendo por qué nos habrían ocultado a esa persona.

—O a usted —añadí—. Hábleme de la participación del grupo en los cierres de plantas en Flint.

—No hay mucho que contar. En aquella época, la empresa recompensaba a los empleados que proponían iniciativas de ahorro de costes. Dennis quería aprovecharlo. Pasábamos los fines de semana en su casa dándole vueltas a las ideas, a veces diez o doce horas al día.

—¿Ahí fue donde surgió la idea de cerrar plantas?

Ellen miró a todos los presentes antes de hablar.

—Sí. Cerrar plantas le ahorraría millones a GM. Nos permitiría destinar el dinero ahorrado a proyectos que nos beneficiaran.

—¿Habla en serio? —dijo Solis—. ¿Alguna vez pensaron en la gente que perdería su empleo, por no hablar de la pesadilla de relaciones públicas para la empresa?

—Sí y no. En cualquier caso, pensábamos que si conseguíamos el apoyo interno adecuado, podríamos lograrlo.

—Si una planta tenía un rendimiento deficiente, ¿no sería lo lógico cerrarla? —pregunté.

—Sí.

—Entonces, ¿qué tenía de brillante esta idea de ahorro de costes si era práctica habitual cerrar las plantas que no funcionaban bien?

Ellen vaciló un momento y luego me miró a los ojos.

—Ninguna de las plantas que cerramos tenía un rendimiento deficiente. Falsificamos la información.